El miedo
Esa misma noche
La noche en Roma pertenecía a la basura de la sociedad. Cuando la luz se extinguía quedaba sumergida en una oscuridad insondable, en el vacío más profundo, en una ciudad invertida que reemplazaba la virtud por el vicio, la frugalidad por los banquetes secretos y obscenos, las asambleas públicas por las sectas mistéricas, al ciudadano legionario por pervertidos, mujeres disolutas, raptores, borrachos y puteros de lo más ínfimo y detestable.
Tal era la noche de la ciudad que dominaba el mundo.
Pero aquella noche era aún más tenebrosa.
Estaba muerta, vacía, con puertas atrancadas, arrasada por el miedo como si los mismísimos dioses hubieran decidido ahogar con su halo todo signo de vida, todo salvo el de los hombres más poderosos del orbe, los padres conscriptos con dignidad consular y censoria, apenas un puñado de senadores.
Escoltados cada uno de ellos por un ejército de matones que les abrían camino con antorchas, convocados de urgencia por el cónsul Escévola en su domus palatina, surcaban en la noche las sombras del intrincado callejero. A vista de pájaro, haces anaranjados de luces agitadas se movían rápida y silenciosamente en la oscuridad, dibujando rectas y ángulos, todas confluyendo en la casa de Escévola.
Los nervios afloraban en los rostros de los senadores recibidos por los siervos del cónsul. Lo que acababa de suceder era inimaginable. Nadie los había preparado para un hecho de aquella envergadura. Nadie tenía la experiencia para afrontarlo. Llenos de incertidumbre y miedo, apiñados como pollos sin cabeza, cruzaban sus miradas sin poder articular palabra. Era una catástrofe.
El último en llegar a la domus de Escévola fue el imponente Metelo Macedónico. A diferencia de los demás, creyéndose todavía al frente de sus legiones en las guerras de Macedonia e Hispania, había surcado las calles con pocos esclavos, arremetiendo la noche con su típica rudeza, siempre con su narigón, sus espesas cejas y su pecho de toro. A cada paso destrozaba el suelo bajo sus pies, consumiéndose en el deseo de estrangular a sus colegas senatoriales. Estaba furioso. La matanza del Capitolio era un enloquecimiento inconcebible.
Metelo irrumpió en la casa de Escévola hecho un basilisco, apartando a mamporros a los esclavos que salían a su paso.
—¿Dónde están? ¿Dónde están todos? —gritó con fuego saliéndosele por la boca.
—En la biblioteca. Si el señor me sigue… —titubeó un siervo.
—¡Llévame ante todos! ¡Ahora! —regurgitó Metelo al tiempo que le soltaba un violento empujón para que moviera el culo.
El esclavo le condujo por la casa hasta alcanzar la biblioteca.
—Aquí, señor —dijo, y dio un paso atrás para evitar que Metelo le pasara por encima.
Metelo entró como el Minotauro, topándose con un grupo de apenas treinta senadores, todos ellos apelotonados unos con los otros como el indefenso rebaño de ovejas que se agrupa temblando al escuchar el aullido de los lobos. Parecía increíble que en aquella sala hubiera Cornelios, Servilio Cepiones, Valerios, Calpurnios, Hostilios, Livios, Popilios o Fabios. Todos tenían caras de oveja idiota y asustada.
—¿Dónde está? ¿Dónde está ese imbécil? —aulló, desalojando en su avance a los padres de la patria—. ¿Dónde está Nasica? —preguntó con el firme propósito de agarrarlo por el pescuezo.
Sus colegas, por mucho que lucieran las más altas magistraturas, fueron empujándose para huir de su acometida, bajando las miradas, rehuyendo el contacto, hasta que Metelo se dio de bruces con un senador pelirrojo y de llamativos ojos saltones de huevo.
Era Quinto Pompeyo. Odiaba a aquel mequetrefe.
—¡Dónde está, que lo mato aquí mismo! —le abroncó Metelo sin contemplaciones—. ¡De lo que se trababa era de evitar la votación y disolver la asamblea plebeya para que Tiberio no fuera reelegido tribuno de la plebe! ¡Nada más! ¿Qué locura es esta? ¿Dónde está que lo mato? ¡Lo mato! —reiteró desquiciado.
Pompeyo puso cara de tipo sin escrúpulos, lo que hacía con gran maestría.
—Era necesario salvar la República —espetó con indiferencia, reacción más que suficiente para que Metelo hinchara su pecho y vomitara de nuevo su fornida cólera.
—¿Salvar la República? —mugió a modo de iracunda mofa—. ¡Eres tan idiota como tu amigo Nasica! ¡Habéis matado a un tribuno de la plebe, imbécil, a un sacrosanto tribuno de la plebe en una asamblea popular! —rugió de tal manera que bien podía venirse la casa abajo.
—Yo no he matado a nadie —repuso Pompeyo con soberbia.
—¡Mentiroso! —rugió Metelo—. ¡Ya lo fuiste en Hispania con aquel simulacro de vergonzoso pacto con los numantinos y lo sigues siendo todavía! ¡Mentiroso boca viciosa!
—Yo no lo he hecho —dijo Pompeyo como en una risita.
—Ah, ¿no? ¿Y quién lo ha hecho entonces? ¿Mi abuelita? ¡Mereces que te lancemos también desde la roca Tarpeya! —vociferó, y ya se abalanzaba contra Pompeyo cual elefante númida cuando el cónsul Escévola se interpuso en su camino.
—Metelo, calma —se limitó a decir con su plúmbea y tranquila autoridad, sujetándolo del brazo.
Metelo, que respetaba a aquel magnífico y sereno jurisconsulto más que a nadie, detuvo su embestida, rotando su cuello hasta encararlo.
—¿Dónde está Nasica? —susurró, letal, y advirtió—: Si quería salvar la República, solo ha conseguido llenar nuestras manos de sangre. Todos nosotros estamos malditos. ¡Todos! ¿Lo entendéis? Todos maldecidos. ¡Se ha violentado la sacralidad del tribunado! ¡La sacralidad del defensor del pueblo! —se vino arriba de nuevo, girando ahora sobre sí mismo para dirigirse al rebaño que le parecía aquella pandilla de aristócratas—. ¡Se ha dado muerte a un joven noble muy querido por el pueblo! ¡Era nieto de Escipión Africano! ¡Imbéciles!
—Era un enemigo de Roma. Se lo merecía —apuntilló Pompeyo, provocando que todos los presentes contuvieran el aliento y echaran un paso atrás, abriendo un vacío alrededor de Metelo, Escévola y Pompeyo.
De los tres, el que abrió la boca fue Metelo.
—Nunca comprendí que alcanzaras el consulado, pero lo que sí comprendo es que eres un tonto del culo con lengua de víbora. Como vuelvas a decir eso, yo mismo te arrancaré tus ojos de huevo —susurró de un modo que dejaba ver a la claras que iba muy en serio.
—Nadie va a matar a nadie —salió al paso nuevamente Escévola.
Metelo bufó como un toro y fijó su vista en el cónsul, que todavía lo agarraba por el brazo.
—Suéltame. —Y así lo hizo Escévola, muy despacio, como temiendo que al hacerlo Metelo los devorara a todos—. Sigo sin saber dónde está Nasica. Dónde está —exigió Metelo.
—No habría sido prudente invitarlo a esta reunión.
Metelo se mesó desesperado los cabellos y se puso a andar por la sala como un león enjaulado. ¿Qué podía hacerse? ¿Qué era lo más adecuado?, se preguntó con el corazón botando en su pecho de igual modo que lo hacía en batalla. O se actuaba con urgencia o las consecuencias serían devastadoras.
Detuvo de golpe sus pasos. Buscó entre los senadores. Allí no estaba, ¡no estaba Escipión Emiliano! ¿Por qué? ¿Por qué no había regresado ya de Numantia? ¿Qué hacía todavía a los pies de una pequeña aldea celtíbera en lugar de estar en Roma?
Metelo sacudió la cabeza y reanudó su nervioso deambular. Por mucho que Emiliano fuese su enemigo político, lo echaba repentinamente en falta. Emiliano era engreído, orgulloso hasta la extenuación e interesado, pero también enérgico, extraordinario militar, decidido, influyente para todos, y además estaba casado con Sempronia, la hermana de Tiberio. Con estos entramados familiares tal vez podría haber evitado el desastre. Sí, seguro que lo habría hecho, y de no hacerlo sabría qué hacer aquella noche, porque Emiliano de un modo u otro siempre encontraba la forma de abrirse camino.
Pero no estaba allí. Y una idea acababa de anidar en su mente. Era muy arriesgada, sí, pero no había otra alternativa.
Metelo frenó en seco y elevó la vista.
—Tenemos que hablar con Claudio, esta misma noche. Tenemos que hacerlo o Roma será destrozada por el odio entre unos senadores y otros, entre el Senado y el pueblo, entre nobleza y plebe, entre gracanos y nasicas. Hablemos con Claudio y pongamos cordura —insistió como en un ruego al tiempo que se elevaba un murmullo entre los presentes, casi todos ellos acérrimos adversarios políticos del gran Apio Claudio Pulcro.
—¿Te has vuelto loco? —graznó Pompeyo—. ¡Claudio nos despedazará en cuanto pongamos un pie en su atrio!
—Claudio es el princeps senatus. Y solo él puede detener el odio de los seguidores de Tiberio —repuso Metelo, inflexible.
—¡Claudio nos detesta! —insistió Pompeyo.
—Te detestará a ti, y bien merecido que lo tienes —replicó Metelo con un enorme rictus de desprecio.
—¡Es el suegro de Tiberio! —recordó Pompeyo—. ¡Nos culpará de todo! ¡No saldremos vivos de su casa! —aulló en estado de pánico.
Metelo abrió la boca para fagocitarlo, y lo habría hecho de no terciar nuevamente Escévola.
—Todos a la casa de Claudio, ahora mismo —exigió expeditivo.
—Pero…
—A la casa de Claudio —repitió para acallar a Pompeyo. Estaba plenamente de acuerdo con Metelo. O se hablaba con el gran Claudio esa misma noche o Roma se abriría en canal—. ¡Vamos! —se arengó, y echó a andar. Él también necesitaba convencerse, pues era imposible predecir qué fuera a ocurrir en la domus de Apio Claudio Pulcro, antiguo cónsul y censor, triunfador sobre los salasos, patricio insuperable, el primero de la lista senatorial y… suegro de Tiberio.