Poco después
Nasica irrumpió en su casa como si no hubiera suelo bajo sus pies, siempre con el bastón en su mano ensangrentada, dominado todavía por una mirada enloquecida. Los esclavos, que sabían cómo se las gastaba su amo, se apartaron a su paso como perrillos apaleados.
Abrió la puerta de su cubículo con brusquedad, cerrándola a su espalda con igual virulencia. Y allí, quieto y solo, se quedó mirando el bastón, saboreando su heroicidad, flotando en su propia gloria.
Ya nada había que temer. El déspota vagaba como una larva en su propósito de apoderarse por la fuerza de la República. Sus sediciosas leyes serían abolidas. La autoridad del Senado quedaba repuesta, con la violencia, sí, pero no había otra opción. Era feliz. Acababa de liberar a Roma del mayor peligro de los últimos siglos, superior incluso al del cartaginés Aníbal, porque no había putrefacción mayor que la interna, la que crece dentro de un cuerpo como una enorme tumoración y lo consume hasta que es tarde.
Imaginando ya la ovación del Senado y la honra de ser considerado el tercer fundador de Roma, explosionó en un júbilo de carcajadas, desaforado, como las aguas de un torrente que han roto un dique y corren libres al recuperar su cauce.
La dicha, sin embargo, era efímera. Para su disgusto tuvo que cesar abruptamente su placentero carcajeo. Unos estridentes chillidos surcaban el éter y penetraban en su cubículo y en sus delicados oídos.
Conocía bien aquellos gritos.
Eran adustos y femeninos.
Eran de su madre.
Lleno de hastío, con sus labios fruncidos hacia fuera a modo de pico de pato —como también en él era natural cuando algo le desagradaba, lo que sucedía a menudo—, se dirigió hasta el atrio. Allí, su oronda madre, Cornelia maior, la primera de las hijas de Escipión Africano, dando alaridos como una plañidera histérica, era sujetada por dos esclavas para que no cayera al suelo.
—¡Oh, madre, por todos los dioses, deja de llorar como una mujer y compórtate como una matrona romana! ¡Era necesaria! ¡Su muerte era necesaria! ¡Basta de lloriqueos! —la increpó iracundo.
Cornelia, que apenas podía respirar y gritaba como si hubiera muerto uno de sus propios hijos, tuvo arrestos de elevar unos ojos enrojecidos y llenos de rabia.
—Entonces, es verdad, tú lo has matado.
—Por supuesto que sí —rio Nasica, ofendido por la duda—. Yo no he dado el golpe final, pero como si lo hubiera hecho. Yo he salvado a Roma. Yo he salvado a la República. Él merecía la muerte.
Su madre soltó un intensísimo y agudo alarido, tanto que Nasica tuvo que taparse los pabellones auditivos.
—¡Madre! —la reprendió con el rostro contraído.
Pero ella no cesaba en su quejido, aunque reventara los tímpanos del hijo que había parido hacía ya cuarenta y siete años.
—¿Qué has hecho? ¡Por todos los dioses! ¿Qué has hecho? ¡Has matado a Tiberio! ¡Has matado a tu primo! —chilló, devastada, cuando pudo hablar, tratando de zafarse de las esclavas.
Nasica emitió un gruñido animal. A su madre solo le importaba que Tiberio fuera familia. Lo demás le importaba un bledo.
—He salvado a Roma —dijo aun así con increíble paciencia.
—¡Has matado a Tiberio!
—He matado a un tirano, a un enemigo de Roma.
—¡Era tu primo!
—Era un traidor.
—¿Un traidor? ¿Te has vuelto loco? ¡Lo sabía! ¡Sabía que tus impulsos te dominarían! ¡Lo sabía! ¡Se lo dije siempre a tu padre! ¡Le dije que te perderían tus impulsos! ¡Era el hijo de mi hermana pequeña, sangre de mi sangre! ¿Qué has hecho, hijo, qué has hecho? ¡Nunca más podré mirarla a la cara!
A Nasica se le acabó el aguante.
—¡Y qué más da que fuese mi primo, tu sobrino o el mismísimo Júpiter! ¡Se ha proclamado rey! ¡Ha querido adueñarse de la República! ¡Se ha reído del Senado! ¡Merecía morir y solo yo he tenido la valentía de hacerlo! ¡Solo yo! ¿Y así me lo premia mi propia madre? ¿Así?
—¿Y tú viste cómo se proclamaba rey? ¿Lo viste con tus propios ojos? ¿Lo oíste con tus propios oídos? —se recompuso ella.
—No.
—¿Y quién lo dijo entonces? ¿Quién lo vio o escuchó?
—El tribuno de la plebe Publio Satureyo.
—¿Satureyo? ¿Ese imbécil? ¡Odiaba a Tiberio! ¡Mentiría para poder vender a su madre!
—Ese hombre merece la más alta dignidad… —Nasica no pudo continuar, interrumpido por las carcajadas de su madre, verdaderamente crueles o sarcásticas, según se viera—. ¡Madre! —protestó descompuesto.
Cornelia apagó sus risotadas poco a poco, pasando a un ronroneo atiborrado de amarga desesperación.
—Te han engañado, hijo, te han engañado… —siseó—. Y lo peor de todo es que tu primo Tiberio, mi sobrino, no ha sido el único que ha encontrado la muerte en el Capitolio. No, no ha sido el único…
—¿Qué quieres decir?
Cornelia elevó una mirada devastadora.
—Tú mismo me has dado muerte, hijo. Tú me has matado.
—¡Madre!
—Y no soy la única, porque tú también has muerto.
Nasica se tambaleó y dio varios pasos atrás con el rostro demudado hasta chocar con la pared. No entendía nada.
—¿Qué sabrás tú de todo esto? —gimió acorralado.
—Soy la hija mayor del hombre más grande que Roma ha parido en siglos. Lo sé todo y soy tu madre.
—¡Tiberio se ha llevado la mano a la cabeza! ¡Ha pedido que le trajeran una diadema real! ¡Ha querido imponer su voluntad en contra del Senado! —reiteró más pálido que la muerte, como si acabase de ver a todas las larvas de los difuntos de su familia corretear por el atrio.
Cornelia, en cambio, ahuyentados los lloriqueos, irguió su cuerpo redondo. Nunca había tenido el carácter de su padre, ni el de su hermana pequeña, Cornelia minor, madre de los Graco, pero ahora, en la mayor adversidad, rozando los setenta años, sentía que toda la gens Cornelia Escipión apoyaba la mano en su hombro.
—¿No me has pedido que dejara de llorar como mujer y que me comportara como una matrona? —inquirió engrandecida—. Pues como mujer y madre que soy, pero también como orgullosa matrona, yo te digo aquí y ahora que tu infinita estupidez te ha conducido a la muerte. A convertirte tú mismo en enemigo de Roma. Porque nadie te lo va a perdonar, hijo, nadie en absoluto. Ese es el precio que has pagado. Lo digo como mujer, madre y matrona —concluyó con aterradora severidad, y luego giró en redondo, se sacudió a las esclavas y se marchó agitando su trasero de lado a lado.
Nasica permaneció inmóvil, con gesto de desvarío. Poco a poco fue elevando la mano que todavía sujetaba la maza. Y la ira más visceral regresó, aquella que le había dominado en el Capitolio, lanzando violentamente la porra contra la pared al tiempo que tronaba de terror, cólera y frustración.