Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3)
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En el templo de Fides (Capitolio), 11 de julio
—No tengo nada que decir ni que hacer —reiteró el cónsul Escévola con machacona obstinación.
Los senadores, arremolinados en el templo capitolino de Fides, regurgitaron un sonido ronco, incapaces de asumir la desquiciante pasividad del cónsul ante la extrema gravedad de los hechos que se estaban sucediendo delante de sus mismísimas narices en la adjunta plaza del Capitolio, allí donde se celebraba la asamblea popular para la elección de los nuevos tribunos de la plebe; allí donde un candidato corrompido por la tiranía no solo pretendía ser elegido por la fuerza, sino que, echándose la mano a la cabeza, acababa de pedir a la vista de todos que le trajeran una diadema para ser coronado… ¡rey de Roma!
—No emplearé ninguna fuerza —negó una vez más Escévola, indiferente a los fuegos del Senado—, ni quitaré la vida a ningún ciudadano romano sin un juicio previo. Es la ley —añadió con su habitual precisión jurídica, algo que por muy obvio que fuera no podía calmar la furia de los padres conscriptos, porque aquello que estaba aconteciendo les era inhumanamente insoportable. Urgía restituir el orden establecido y el mos maiorum. La autoridad del Senado debía restablecerse frente a la sedición de un solo hombre que agitaba las masas. Y todo ello tenía que hacerse de inmediato y de la mano de un senador fuerte y decidido por cuyas venas corriera inflexiblemente la grandeza de las viejas virtudes republicanas.
Por fortuna, contaban entre sus filas con el varón consular que reunía tales cualidades, aquel de intimidante tez pálida, ojos azules fulgurantes y ardientes cabellos dorados; aquel de sangre patricia y nieto de Escipión Africano; aquel de majestuosa toga praetexta; el que abría puentes entre los dioses y los hombres o, lo que era lo mismo, el pontífice máximo de Roma. Ese hombre era de los suyos y no estaba dispuesto a que la República se derrumbara por la ambición de un revolucionario. Frente a la violencia solo cabía la violencia.
Escipión Nasica se puso en pie.
—Pues los que quieran salvar a Roma y a nuestras leyes, que me sigan —dijo con rostro desencajado, según su irascibilidad natural, dicho lo cual asió su silla, la elevó por encima de la cabeza y la estrelló violentamente contra el suelo enlosado.
Las patas, partidas, salieron despedidas como culebrillas al tiempo que todos ahogaban la respiración, completamente hipnotizados por aquel arrebato de salvación.
Nasica se agachó, aferró una de las patas y se echó el borde de la toga sobre la cabeza, al modo de los sacrificios.
—Los que quieran salvar a Roma, que me sigan —repitió en estado de trance, y con grandes pasos abandonó el templo e irrumpió con brutal vehemencia en la abarrotada plaza del Capitolio, donde, a los pies del gigantesco templo de Júpiter, el populacho afín al tirano cantaba victoria.
No miró atrás, pero supo que al menos un centenar de senadores lo seguían. La pléyade de los hijos de la loba, con él mismo como suprema cabeza religiosa, iba a salvar a Roma del poder monárquico, como antaño lo había hecho Lucio Junio Bruto frente al último de los reyes de Roma, Tarquinio el Soberbio, o Cayo Servilio Ahala frente a Espurio Melio. Él sería el tercero en tamaña gesta. Bullía de irritación, pero también de colosal orgullo.
Secundado por su particular legión de senadores, descendió la escalinata del templo de Fides, blandió la fornida maza con ojos de locura y se abalanzó contra el populacho rebelde como si él mismo fuera a inmolarse, lanzando mandobles, partiendo cabezas, rompiendo mandíbulas y, en suma, descargando su ira y la justicia del Senado.
—¡Miserables! ¡Miserables! —rugía sin cesar entre bastonazo y bastonazo con los dientes tan apretados que bien podía triturar sus molares, efecto colateral que, sin duda, merecía la pena, porque los ciudadanos, lejos de enfrentársele, tan aterrorizados como sorprendidos, comenzaron a darle la espalda, echando a correr en todas direcciones, empujándose unos a otros hasta provocar la estampida y, consecuentemente, el caos, las caídas, los gritos, los aplastamientos y la muerte, nada de lo cual iba a apiadarle lo más mínimo.
—¡Desalojadlos! ¡Que sepan que esto es Roma y nosotros el Senado! —aulló con la maza dirigida hacia delante para que continuara la purga mientras él seguía avanzando, colérico, rematando a los que se tambaleaban tras haber recibido los primeros bastonazos en un sinfín de violencia extrema.
No tardó en verlo, al joven aspirante a reyezuelo, a su primo Tiberio Sempronio Graco, cerca de las estatuas de los reyes, a los pies de la escalinata del templo de Júpiter, tumbado de bruces, pugnando indignamente por liberarse de un revoltijo de piernas y brazos.
—¡Ahí está! —salivó, lanzando un chillido gutural.
La legión senatorial detuvo el ataque y buscó a su presa. Cuando la encontró, viró en bloque y cargó contra el déspota, justo en el momento en el que lograba liberarse y echaba a correr.
—¡Cogedlo! ¡Que no escape! —rugió Nasica, pero con la calma suficiente para rogar a los dioses que le honraran con la consumación del sacrificio.
Y le escucharon.
El tirano se trastabilló con dos cadáveres.
Cayó aparatosamente de bruces.
Se puso en pie y emprendió nuevamente la huida.
Alguien lo cogió de la toga.
Tropezó de nuevo.
Sus propios seguidores, en el pánico, lo pisotearon.
Se irguió una vez más, pero solo para derrumbarse igualmente.
Los hombres de Nasica ya estaban allí.
Se revolvió como una lagartija, en vano.
Una porra le golpeó en la frente.
El impacto lo aturdió y lo devolvió al suelo. Elevó, aun así, las manos para protegerse de los golpes. Recibió uno tras otro. Rodeado de una manada de bestias, resistía a duras penas. Hecho un ovillo evitaba que le partieran la cabeza. Solo una vez desprotegió su rostro en busca de ayuda, instante fugaz pero suficiente para que un garrotazo destrozara su cráneo al tiempo que su cabeza chocaba contra las baldosas del Capitolio y se partía con estridencia.
El poderoso chasquido dejó paralizados a los autores de la masacre. Asfixiados por la enajenación, con los ojos puestos en el cadáver, dieron un paso atrás, después otro más, abriendo el espacio suficiente para que emergiera de entre ellos el único hombre que mantenía una mirada firme.
Nasica miró a su primo Tiberio. El cuerpo yacía en un charco de sangre, desfigurado, tan poco digno como lo habían sido sus acciones para con el Senado, aquellas por las que merecía la muerte.
—¿Qué hacemos con los cadáveres? —oyó que le preguntaban.
Nasica permaneció con la toga cubriéndole la cabeza, ahora tenebrosamente impávido. Aquel cadáver no era el único en aquella plaza. Al menos habría trescientos más.
—Que nadie les dé sepultura. Que nadie pueda honrar sus cuerpos ni que los incineren. Tiradlos al Tíber —exigió.
—¿Tirarlos al Tíber? — se estremeció uno de sus acompañantes.
—Sí —confirmó Nasica, inmisericorde.
—¿A todos?
—A todos, y a Tiberio el primero. Que nadie vele su cuerpo. Que nadie pueda inflamar al populacho a la vista de sus restos. Tiradlo al Tíber y que se lo traguen las aguas —sentenció, dicho lo cual, abstraído del mundo, incapaz de advertir que los senadores se escabullían temerosos por todas partes, giró sobre sí mismo y enfiló sus pasos hacia su domus palatina en una Roma desierta y de puertas y postigos cerrados, cual triunfador con el rostro pintado de un rojo que no era cinabrio, sino sangre romana.