5. Allie #2
Cargamos el resto de las piezas, incluido el perro-pegote del niño y varios cuencos tambaleantes que probablemente nunca retendrían agua, pero que representaban el intento de alguien por crear belleza con sus manos. Hail selló el horno e inició el ciclo de cocción, explicando cada paso.
—El horno tardará unas doce horas en completar el ciclo co...co...completo —dijo mientras la máquina cobraba vida con un zumbido—. Calentamiento le...le...lento, mantener la temperatura y luego enfriar aún más despacio.
—¿Qué pasa si lo apresuras?
—Desastre. —Sonrió—. Lo aprendí por las malas cuando empecé. Perdí una carga entera del horno. Fui impaciente.
—Todos aprendemos por las malas, ¿no?
—Estaba emocionado por ver mi primer p...p...pote de verdad. —Sacudió la cabeza, su sonrisa tornándose nostálgica—. Abrí el horno cuando todavía estaba ca...ca...caliente. Se agrietó. Mi padre no estaba na...na...nada contento por la arcilla desperdiciada.
—¿Fue él quien te enseñó cerámica?
La expresión de Hail cambió.
—No. Me enseñé solo, en su mayoría. Mi padre pensaba que la cerámica era… frívola. No lo bastante práctica para los orcos. La arcilla es para… construir. No para arte.
Sospeché que la última parte provenía directamente de su padre, no de Hail. No dijo más, y yo no insistí. Muchos tienen relaciones complicadas con sus padres.
—¿Y ahora qué? —pregunté, dando un paso atrás.
—Ahora trabajamos en otras cosas mientras es...es...esperamos.
Me condujo a su espacio personal, donde varias piezas en distintas etapas de elaboración aguardaban atención. Lo observé acomodarse ante el torno con una bola fresca de arcilla, todo su cuerpo relajándose mientras la centraba con los pulgares.
La transformación era notable. Toda la energía nerviosa que lo hacía tartamudear y moverse inquieto desaparecía cuando tocaba la arcilla. Sus movimientos se volvían fluidos y seguros, como si hablara un idioma que solo él y la tierra entendían.
—¿Puedes enseñarme cómo haces eso del esmalte? —pregunté cuando terminó una pieza y la apartó con cuidado para que reposara—. El efecto de cobre del que me hablaste ayer.
Su rostro se iluminó.
—¿Quieres aprender?
—Sí.
Durante la siguiente hora, Hail me guió por sus técnicas, con sus manos orientando las mías mientras mezclábamos colores y probábamos efectos en azulejos de muestra. Era un maestro natural cuando olvidaba estar nervioso, paciente y alentador incluso cuando cometía errores de principiante.
—El carbonato de cobre es...es...es complicado —dijo mientras removía un lote de esmalte que parecía agua lodosa—. Demasiado oxígeno en la cocción y se vuelve rojo. No suficiente y ob...ti...ti...tienes ese hermoso tono verde azulado.
—¿Cómo controlas el oxígeno?
—Con distintas técnicas de cocción. Los hornos eléc...tri...tri...tricos dan un efecto, los de gas otro. Últimamente he estado experimentando con cocción en reducción. —Sacó una taza que cambiaba de verde intenso a azul brillante al girarla bajo la luz—. Esta salió mejor de lo que esperaba.
Me quedé hipnotizada por sus manos, fuertes y suaves al mismo tiempo. Podía extraer belleza de materiales ordinarios con una destreza que me dejaba sin aliento. Me descubrí observando sus dedos dar forma a curvas fluidas, su concentración absoluta haciéndolo aún más atractivo.
—Le estás tomando el tru…co —dijo cuando logré crear una muestra de esmalte que no parecía un desastre total.
—Tengo un buen maestro.
Bajó la cabeza, pero alcancé a ver su sonrisa complacida.
Después trabajamos uno al lado del otro, él creando un nuevo jarrón mientras yo practicaba técnicas básicas con restos de arcilla. Tressa dormitaba en su rincón, levantando la cabeza de vez en cuando para vigilarnos antes de acomodarse de nuevo.
—Cuéntame sobre el pueblo —dije mientras intentaba centrar la arcilla en un torno de práctica. Estaba tan emocionada de intentarlo—. ¿Cuánto tiempo llevan tú y tus hermanos aquí?
—Unos ocho meses. —Las manos de Hail no se detuvieron, alzando las paredes de su jarrón con presión suave y uniforme—. Compramos todo el valle y cons...tru...tru...struimos Lonesome Creek desde cero.
—Es increíble. ¿Por qué aquí?
—Dungar, mi hermano mayor, tuvo esta idea de que los orcos se integraran en la sociedad de la superficie.
Pensaba que el turismo… po...po...podría ser una forma de hacerlo gradualmente y de que la ge.
..ge...gente se acostumbrara a nosotros —dijo Hail, con orgullo y afecto en la voz—.
Además, la luz natural aquí arriba es increíble para la cerámica.
Nunca podía conseguir colores como estos en el reino or. ..orco.
—¿Cómo es allí? —Había leído que a los humanos no se les permitía viajar allí a menos que fueran parejas verdaderas de los orcos, y eso tenía sentido. No estaban interesados en introducir asentamientos humanos, turismo ni en cambiar su forma de vida actual.
Él moldeó con cuidado el borde de su jarrón antes de responder.
—Es hermoso a su manera, pero me encanta el ci...cielo. La forma en que la lu...luz cambia durante el día.
Podía oír ese amor en su voz, verlo en la forma en que había colocado su espacio de trabajo para aprovechar el sol del mediodía.
Después de que trabajáramos en silencio durante un rato, Hail salió un momento y regresó con una pequeña flor silvestre púrpura.
—Pensé que podría gustarte —dijo tímidamente, extendiéndomela.
El gesto sencillo me golpeó directamente en el pecho.
—Es hermosa —dije, colocándomela detrás de la oreja—. Gracias.
La mirada suave en sus ojos hizo que mi corazón se agitara.
—Crece silvestre cerca del pasto de los sorhox. Pensé… pensé que podría gustarte.
Sentí que la cara me ardía. Nadie había hecho algo así por mí antes.
—Eso es muy amable de tu parte, Hail. Te lo agradezco.
Volvió a su cerámica, pero lo sorprendí mirándome de reojo varias veces durante la mañana. Cada vez que nuestras miradas se encontraban, sonreía y apartaba la vista, como si no pudiera creer del todo que yo estuviera allí trabajando a su lado.
Me sentía más segura aquí, en este taller de cerámica, que en cualquier otro lugar en meses.
Valiosa de una forma que casi había olvidado que era posible.
El trabajo era satisfactorio, la compañía mejor de lo que me había atrevido a esperar y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba mirando constantemente por encima del hombro.
Quizá podría construir algo aquí. Daría casi cualquier cosa por poder dejar de huir de una vez y volver a vivir.
Mi teléfono empezó a sonar dentro de mi bolso, el sonido cortaba el aire tranquilo como un cuchillo.
Me quedé paralizada, con las manos inmóviles sobre la arcilla que estaba moldeando. Tragué saliva y miré el bolso como si contuviera una bomba. ¿Por qué no lo había dejado apagado? No era como si estuviera esperando que alguien llamara.
—¿Vas a contestar? —Hail miró del teléfono a mí, mientras que seguía sonando.
—No —solté bruscamente, y luego suavicé el tono—. No es importante.
El timbre se detuvo, pero el daño ya estaba hecho. La felicidad que había empezado a sentir se evaporó, reemplazada por el nudo familiar de miedo en el estómago.
Hail me observó con preocupación, claramente queriendo hacer preguntas que yo no podía responder.
Todavía no. Quizá nunca.
Volvimos al trabajo, pero mi buen ánimo había desaparecido. Sentía los ojos arder con lágrimas. Me negué a dejarlas caer.
Hail seguía frunciendo el ceño en mi dirección. Le agradecí que no hiciera preguntas que yo no me atrevía a responder.
Y odié pensar que quizá había traído mis problemas a este bonito pueblo conmigo.
Finalmente aparté la ansiedad y me concentré en lo que estaba haciendo. Había algo reconfortante en trabajar con la arcilla, en mezclar ingredientes para crear el esmalte perfecto.
Hasta que el teléfono empezó a sonar otra vez.