Endulzando al Vaquero Orco (Novias de los Orcos de Lonesome Creek 6) 3. Allie #2
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3. Allie #2

Durante otra hora, la sesión continuó con personas dando forma a proyectos cada vez más ambiciosos.

Al final, aquella pequeña decidida logró algo que, si entrecerrabas los ojos, podía llamarse unicornio.

El perro del chico parecía más una masa con orejas, pero estaba orgulloso de él.

La mayoría de los adultos consiguieron cuencos o tazas bastante decentes.

Cuando todos terminaron y las piezas fueron colocadas con cuidado en las estanterías de secado, el grupo se lavó en el fregadero, colgó los delantales prestados y comenzó a marcharse.

Agradecieron efusivamente tanto a Hail como a mí, y algunos preguntaron por clases privadas, ya que estarían en Lonesome Creek la próxima semana.

—Hacen un gran equipo —me dijo una mujer mayor con una sonrisa—. ¿Llevan mucho tiempo trabajando juntos?

—No —respondí, lo cual técnicamente era cierto—. Hail es un excelente profesor.

Cuando el último turista se fue, me encontré sola en el granero con Hail y Tressa. El silencio se sentía distinto al de ayer. Más cómodo.

—Gracias —dijo Hail en voz baja—. No sé qué habría hecho sin tu ayuda.

—Era un grupo grande. Mucho más grande que el de ayer.

—Demasiado grande. —Se frotó la nuca, pasando los colmillos por el labio superior—. Debería haber limitado el número, pero la gente seguía inscribiéndose y no qu...que...quería rechazar a nadie.

—Estuviste genial con ellos. Una vez que tuviste algo de apoyo, pudiste manejar la clase.

—Se me da mejor la arcilla que la gente —dijo—. Siempre ha sido así.

Recogió las herramientas de las distintas mesas de trabajo, con sus grandes manos moviéndose con una delicadeza sorprendente.

Había algo hipnótico en la manera en que sus dedos fuertes manipulaban instrumentos tan frágiles.

Cuando se llevó la mano para apartarse un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja, observé los músculos definidos de sus antebrazos, salpicados de arcilla que, de algún modo, los hacía más atractivos en lugar de menos.

No era solo su presencia física lo que me atraía, aunque sin duda era parte de ello. Era el contraste entre su gran tamaño y la ternura con la que trataba todo a su alrededor: la cerámica, Tressa, incluso el espacio entre nosotros.

Cuando alzó la vista y me sorprendió mirándolo, una sonrisa le levantó una comisura de los labios, haciendo que la piel alrededor de sus ojos se arrugara. Tuve que apartar la mirada antes de que notara el calor que sentía subir a mis mejillas.

Aquel era claramente su elemento, rodeado de las herramientas y materiales que amaba.

—¿Dijiste que lo que hicieron estará listo mañana por la tarde? —pregunté.

—El horno tiene que calentarse despacio y luego enfriarse más o menos al mismo ritmo. No se puede apurar o todo se a...a...agrieta. —Me miró de reojo—. ¿Vas a…? Quiero decir, ¿planeas volver mañana para ayudar con eso?

Había algo esperanzado en su voz que facilitó mi decisión.

—Si quieres que lo haga.

—Sí quiero. —Las palabras salieron rápidas, y luego pareció darse cuenta de cómo sonaba—. O sea, por la ayuda. Con los cli...clientes. Se te da bien.

Tressa se acercó a mí, presionando su cuerpo cálido contra mis piernas como había hecho con Hail el día anterior. Me agaché para rascarle detrás de las orejas, y ella se inclinó hacia mi mano como si nos conociéramos desde hacía años.

—¿Ves? Le caes bien —dijo Hail.

—A mí también me gusta —sonreí a la loba—. Es preciosa.

—La encontré cuando era cachorra. Su… manada la había abandonado, creo que por su color. —Su voz se suavizó—. Pero yo creo que es perfecta.

La forma en que lo dijo, con una devoción tan sencilla, hizo que mi corazón diera un vuelco. Allí había un hombre que veía belleza donde otros encontraban defectos. Que rescataba cosas abandonadas y les daba un hogar.

—Hail… —me mordí la lengua. Estaba a punto de preguntarle si de verdad hablaba en serio sobre querer mi ayuda, aunque algo en su expresión me decía que sí.

Inclinó la cabeza hacia mí desde donde limpiaba una de las mesas.

—¿Qué?

—Nada. Te veré mañana temprano. ¿Está bien a las cuatro?

—Oh, a las cinco estará bien. —Su sonrisa era más bonita que un amanecer—. Gracias otra vez.

—De nada.

Al salir del granero, subí a la pasarela de madera y me detuve, de pronto consciente de lo visible que me había vuelto hoy. Un montón de turistas me habían visto. Algunos habían aprendido mi nombre, o al menos parte de él. Aquellas personas podrían describirme a cualquiera que hiciera preguntas.

El estómago se me contrajo mientras recorría con la mirada la calle concurrida.

¿Estaba siendo estúpida? Sentirme cómoda en este lugar, hacerme conocida como la ayudante de Hail, echar aunque fuera las raíces más superficiales iba en contra de cada instinto de supervivencia que había desarrollado.

El camino más seguro siempre era la invisibilidad.

En cambio, me había puesto en el centro del escenario, en una sala llena de desconocidos con cámaras en los bolsillos.

Me obligué a seguir caminando, a respirar con normalidad a pesar del miedo que reptaba por mi espalda.

Tal vez, tan lejos de Nueva York, realmente estaba a salvo.

Tal vez a nadie se le ocurriría buscarme en un pueblo turístico lleno de orcos.

O tal vez estaba cometiendo el mismo error de antes, creyendo que podía tener una vida normal cuando no había nada normal en mi situación.

Subí a la pasarela de madera y me abrí paso entre los turistas que miraban los escaparates de la tienda de ultramarinos o comían frente al restaurante en mesitas encantadoras.

Ayer le había pedido a Hail que me llamara Allie en lugar de Allison, y hoy me había presentado a los turistas como su asistente.

Esto era lo que podía ser aquí. No Allison Wilson, cuyo padre pudo haber sido un criminal y cuyo pasado estaba lleno de secretos peligrosos.

Solo Allie, una mujer que ayudaba con las clases de cerámica y lograba que los perros de arcilla de la gente quedaran mejor.