Encuéntrame en Bombay Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

Maddy estaba despierta cuando Guy deslizó el sobre por debajo de la puerta que conectaba los dormitorios de ambos.

Había estado despierta toda la noche oyéndolo caminar, suspirar y escribir en su habitación.

Casi había cedido a la tentación de levantarse e ir a hablar con él.

“Por favor, ¿podríamos conversar al menos?”.

Pero se había sentido mal, agotada por las emociones de ese día, y no había podido hacer nada más que quedarse en la cama, con la mano apoyada en el estómago mientras repasaba los cientos de posibilidades de lo que podría pasar en el futuro.

Había estado inquieta por su madre también. Había sido muy injusta con ella cuando había vuelto del apartamento de Luke y la había encontrado en la habitación de Iris, mirándola dormir con una expresión de pérdida profunda en el rostro.

Luke había insistido en llevarla de regreso a la casa después de que ella vomitara otra vez en su apartamento: no quería que fuera sola a ninguna parte.

Ya en Malabar Hills, mientras Maddy empezaba a contarle lo afligida que había visto a su madre, se había dado cuenta (por la falta de asombro con la que Luke había fruncido el ceño sin dejar de mirar el camino) de que él parecía saber de qué se trataba todo el asunto.

Hizo una pausa, recordó las palabras de su madre, “solo quería decirte que hoy vi a Diana” y, por fin, sintió que todas las piezas del rompecabezas encajaban en su lugar.

Había girado en el asiento del auto, aturdida por todo lo que de repente cobraba sentido: la pelea tan prolongada entre sus padres, la forma extraña en que Alice había agradecido algo a Luke cuando lo vio por primera vez, el trabajo nuevo de Alf, la insistencia de Luke en que Maddy no enfrentara a Diana…

Se había llevado la mano a la cabeza, casi mareada, al tiempo que se preguntaba cómo había tardado tanto en darse cuenta de todo y luchaba por descifrar… qué sentía.

—¿Por qué diablos no me dijiste nada? —preguntó a Luke.

—Quería dejar que ella lo hiciera —había explicado él y había detenido el coche en la densa oscuridad del borde de la carretera.

Había repetido todo lo que Arnold le había explicado en un intento por evitar que el enojo la embargara por completo.

Le había recordado cuánto había padecido Alice al verla sufrir durante tanto tiempo, convencida ella también de que él había muerto.

Mientras hablaba, sin dejar de mirarla con ternura en la penumbra del interior del coche, Maddy había comenzado a evocar la imagen de su madre en ese entonces, después de la llegada de aquel telegrama devastador: su expresión atormentada cada una de las miles de veces en que la abrazaba para tratar de consolarla. “Tú eres mi Iris”.

—Ella quería hacerlo —había continuado Luke—. He hablado mucho con ella; ya no sé cuántas veces durante nuestras salidas. Tiene terror de volver a perderte Maddy.

Maddy se había reclinado hacia atrás en el asiento, incapaz de pensar en esa posibilidad tampoco. De pronto, las palabras que le había dicho a su padre en la playa resonaron en su mente.

“Sea lo que sea, ¿realmente tiene sentido seguir sufriendo así?”.

Había escuchado la respuesta de su padre, “tal vez no”, antes de cerrar los ojos, consciente de que, en el fondo, por supuesto que no tenía sentido.

Había tenido toda la intención de ser amable con su madre cuando la viera. A pesar de su dolor y de la honda tristeza por todo el tiempo perdido, había querido asegurarle que ya estaba, que todo había terminado.

Ni por un segundo había pensado en decirle lo que le dijo. Pero la forma espantosa en que Alice miraba a Iris, la idea de más dolor inútil, hizo que las palabras escaparan de su boca casi sin darse cuenta.

—¿De verdad quieres reparar el daño que has hecho? —había soltado—. Demuéstranos que lo lamentas en serio.

—Sí —había respondido Alice mientras se ponía de pie—, sí. Dime qué quieres que haga.

—Vuelve con nosotros a Inglaterra —había contestado Maddy—.

Si no te subes a un barco con nosotros jamás lograrás hacerlo.

No tienes que perder a nadie. Papá está desesperado por jubilarse y vivir allí; sé que a ti también te gustaría.

Será el último viaje que tendrás que hacer. Ven con nosotros y te perdonaré.

Había visto cómo se agrandaban los ojos de Luke. Parecían preguntarle: “¿Hablas en serio?”.

Alice la había mirado horrorizada.

Había sido injusto y Maddy lo sabía.

Sin embargo, cuando se levantó de la cama, reprimió otra oleada de náuseas y cruzó la habitación para recoger la carta de Guy, no sintió ningún remordimiento.

No se echaría atrás.

De todos modos, se olvidó de todo cuando abrió el sobre y vio lo que había adentro.

Leyó y asimiló lo que Guy había escrito: que los padres jamás debían anteponer sus deseos al bienestar de sus hijos, cuánto lamentaba lo ocurrido, lo sentía mucho, mucho…

Le temblaban las manos. Dio vuelta el papel para leer todo otra vez.

Solías sonreír cuando me veías. Tengo que conservar la esperanza de que algún día volverás a hacerlo, de que ambos volveremos a hacerlo.

Tenía la mirada fija en la carta y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Por favor, no me obligues a hablar de esto. Ahora no. No puedo.

Con el papel aferrado en los dedos, levantó la vista en dirección a la puerta de la habitación de Guy.

Por favor, no me obligues a hablar de esto.

No pensaba darle alternativa.

Tomó el picaporte y abrió la puerta sin pensarlo dos veces.

No le sorprendió verlo al otro lado del dormitorio, todavía con el uniforme que, por lo visto, había tenido puesto toda la noche.

Apoyado contra la pared, parecía como si la hubiera estado escuchando leer su carta, reproduciendo cada una de las palabras e imaginándolas resonar en la mente de Maddy.

—¿Lo dices de verdad? —preguntó con el papel en la mano y la voz trémula.

—Me encantaría que la situación fuera diferente —contestó él con el mismo temblor en la voz— pero sí, lo digo en serio.

Maddy sintió que se le nublaban los ojos. Bajó la vista una vez más y sus lágrimas cayeron sobre las peticiones que él había hecho.

Que le permitieran despedirse de Iris a su manera.

“Quiero asegurarme de que no se sienta culpable. Necesito que no esté nunca tan triste ni tan preocupada como para dejar de querer verme”.

Que se marcharan pronto, lo antes posible.

“Estaría muy agradecido si todo esto se terminara lo más pronto posible”.

Que siempre pudiera estar presente en la vida de Iris y que le dijeran al bebé que tal vez fuera hijo suyo.

“Jamás volveré a casarme, Maddy. Ya lo tengo claro. Me has dado la única familia que quiero tener y no puedo renunciar del todo a estos niños que siento tan míos”.

Maddy levantó la cabeza y volvió a mirarlo a los ojos… esos ojos amables y tiernos.

—Gracias, Guy —pronunció con la voz cargada de emoción y también deseo, desde lo más profundo de su corazón, de que todo hubiera sido distinto.

Partieron de la India dos días después, a bordo de un abarrotado transatlántico de la P Edie también.

Maddy y Luke les habían enviado un telegrama cuando compraron los billetes.

Habían llevado a Iris a la oficina del telégrafo con ellos; querían tenerla cerca, saber que estaba segura y cerciorarse de que la niña se sintiera querida y lo más feliz posible en medio del ajetreo de una partida tan apresurada.

Luke había alzado a Iris sobre el mostrador de la oficina para ayudarla a espiar a través de la mampara metálica cómo el empleado tecleaba el mensaje.

“EN CAMINO STOP ”. Maddy había sonreído al ver la mirada sorprendida de Iris y su asombro porque esas palabras llegaran a Inglaterra en cuestión de minutos.

Había coincidido en que sí, era casi como magia, aliviada —como todos— por el entusiasmo de su hija, tanto que no quiso arruinar el momento dejando entrever lo mal que se sentía en esa sala calurosa.

Después de eso, casi no habían parado en el afán por preparar todo para la partida y despedirse de todos.

Habían hecho una última visita agridulce a la escuela, con tartas y el tiempo suficiente para que Maddy e Iris se perdieran, una y otra vez, en los abrazos efusivos de los niños.

En medio del frenesí del equipaje, habían logrado escaparse una hora para ir caminando, distendidos, a los Jardines Colgantes y, en otra ocasión, para dar un paseo por la playa.

Della y Jeff les habían organizado una cena de despedida la noche anterior y habían permitido que los niños, incluido el trío del jardinero, se quedaran despiertos hasta tarde sin querer interrumpir sus carreras, sus risas y sus juegos en el césped iluminado por la luna ni dar por terminada la velada antes de lo necesario.

—No sé si voy a poder soportarlo —había declarado Della con lágrimas en los ojos mientras apoyaba la copa de vino en la mesa—. ¿Hay alguna posibilidad de convenceros de que os quedéis?

—Esta vez no —había respondido Maddy y la había tomado de la mano—. Siento que ya me perdí muchos viajes.

—Tienes muy mala cara —había comentado Della.

—Es verdad, Maddy querida —había convenido Peter—. Toma, aquí tienes otra lima para chupar.

Había sido difícil, muy difícil dejarlos a todos, aunque se había hecho más llevadero con la promesa de que volverían de visita en invierno, cuando hiciera más fresco, y Guy iría a visitarlos.

Habría otras comidas, otros momentos para que los niños jugaran.

No sería la última vez que Iris vería a sus amigos ni a su aya (que ya se había mudado a la casa de Della y Jeff, lista para intentar alentar tendencias más positivas en Emily), el querido cocinero, Suya, Ahmed o el resto de la gente que amaba.

Y no tuvo que despedirse de su abuela.

Maddy se había ocupado de eso.

Mientras esperaba en la cubierta sofocante de estribor, Luke miró por encima del hombro hacia el camarote donde ya se encontraba Alice.

Richard había hablado con el capitán, un viejo amigo suyo (como tantos otros), que la había escoltado a bordo esa mañana a través de su propia entrada privada, antes que el resto de los pasajeros.

Todos la habían ayudado —Maddy, Iris, Peter, Della, las niñas, todos— y Richard la había acompañado en todo momento.

Viajaba con ellos aunque se quedaría poco tiempo, ya que debía regresar a resolver la cuestión de su retiro.

“No puedo hacerlo sin ti”, le había dicho Alice.

Maddy e Iris habían tenido que irse, solo por una hora —Maddy llevaba una bolsa de galletas de jengibre que el cocinero insistía en que le calmarían las náuseas (Luke esperaba que así fuera)— para despedirse de Guy con helados en el Sea Lounge como él había pedido.

Pero ya habían regresado y las dos avanzaban de prisa y tomadas de la mano a través de los porteadores y los maleteros vociferantes, abriéndose paso entre los cientos de británicos y lugareños apiñados en el muelle frenético.

Luke se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la barandilla tibia y salada del barco y las observó.

Había temido que Iris estuviera triste después de dejar a Guy, había tenido miedo de que llorara o de que hiciera una escena.

Pero, para su alivio, la pequeña reía mientras corría junto a Maddy para llegar a la pasarela de embarque.

Su hijita, la del pie sepia, reía mientras corría hacia él.

—¡Llegaron! —gritó y los ojos azules de ambas se volvieron hacia él.

Iris lo saludó con la mano.

Luke le devolvió el saludo.

—¡Aquí estamos! ¡Nos vamos a casa! —exclamó Maddy y, cuando las palabras llegaron a oídos de Luke, la realidad lo sobrecogió y sintió que se le cerraba la garganta de alegría, de pura felicidad.

Una dicha tan enorme que apenas podía respirar.