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Epílogo

Carta de Luke para Maddy

“ Hoy recuerdo qué año es. Sé que he vivido aquí dos años, en esta residencia que queda a menos de dos kilómetros de nuestra antigua casa junto al río; la casa que al final se nos quedó tan pequeña que a veces hablábamos de mudarnos, aunque sabíamos que jamás lo haríamos.

Fue decisión mía venir a vivir aquí después de que te fuiste. No podía permitir que ninguno de nuestros hijos me llevara a vivir con ellos, por mucho que insistieran. Vienen mucho a visitarme… mucho más de lo que mi memoria caprichosa les reconoce… y eso es lo único que quiero pedirles.

Les duele mucho cuando me olvido.

Estos días estoy olvidando demasiado. El tiempo que vivimos juntos se me escurre; de hecho, creo que ya he escrito la misma cantidad de cartas para revivir los miles de recuerdos que creamos después de encontrarnos como las que escribí cuando tenía pánico de no encontrarte nunca.

Estas cartas, las cartas de nuestra vida, son las que conservo. Están apiladas a mi lado. Algunas son solo notas escritas con prisa y otras son mucho más largas. Todo lo que vivimos está aquí.

Nuestra boda, esa primera Navidad helada cuando volvimos de Bombay en la pequeña capilla iluminada por las velas al final de la calle.

Estabas tan embarazada y tan decidida a no volver a estarlo.

Te reíste cuando llegaste al altar y te dije que te veías hermosa.

“Está usted muy bonita”, te dije, “debe creerme, señorita Bright”.

Owen nació apenas una semana después y nos desconcertó a todos al parecerse solo a ti y exigir que lo amáramos, como siempre supimos que lo haríamos desde el momento en que abrió sus ojos azul oscuro.

Menos de dos años más tarde llegaron los mellizos, Ben y Will, y nos tuvieron despiertos casi todo el verano, tanto que Iris preguntó si los podíamos devolver. Ella había querido una hermana, claro. Luego, en la primavera de 1926 nació Jacob y acabó con su última esperanza.

Sin embargo no le guardó rencor. ¿Quién podía guardarle rencor a semejante niño?

Iris lo adoraba, todos los adorábamos; puedo verlo ahora mismo riendo en el jardín, tratando de seguir el ritmo a los demás, “esperad, esperad”, con los brazos y las piernas en continuo movimiento, siempre corriendo detrás de una pelota.

Esos años cuando eran pequeños fueron maravillosos.

Los veranos calurosos cuando los cinco pasaban el día en el jardín, entrando y saliendo del río.

Nuestras caminatas por el parque, los fuegos artificiales en medio del frío despiadado (lo que daría por observarlos una vez más, contigo en mis brazos), los cumpleaños y las navidades con tus padres y los míos, Edie, Guy, Peter y Della —a quienes visitamos una única vez en la India antes de que ellos regresaran también a Inglaterra— y Emma, por supuesto.

Emma, que vino a nuestra boda con Ernest y Arnold; luego al bautismo de Owen, después otra vez porque estaba cerca y así hasta que le ofrecieron trabajo en el hospital de la zona y le dijiste que mejor lo aceptara y fuera la madrina de Will.

A partir de entonces jamás faltó a un cumpleaños o una celebración navideña.

No obstante, todo pasó tan rápido. Nos sorprendió que los días, que a veces parecían interminables, desaparecieran para convertirse en años que volaban en un abrir y cerrar de ojos.

Una mañana llevábamos a Iris a su escuela nueva para su primer día de clase y, a la mañana siguiente, la llevábamos a Somerville para que comenzara la universidad, tensa en su nuevo abrigo de lana con capucha que habías insistido que necesitaría, decidida a no mostrar lo nerviosa que se sentía.

Y tan enojada con sus hermanos por hacer tanto ruido cuando todos la acompañamos a ese cuarto diminuto donde no nos animábamos a dejarla sola.

Más enojada todavía cuando Jacob, que apenas tenía ocho años, salió corriendo al patio a buscar la pelota que se le había escapado y volvió con los ojos con miedo y diversión porque el bedel le había gritado.

—Odio haberlo retado —me confesó Iris el otro día.

—¿Cómo ibas a saber lo que ocurriría? —la tranquilicé—. Y él te adoraba.

Jamás pensamos que alguno llegaría a vestir uniforme. A todos nos aterraba la posibilidad de otra guerra, pero ocurrió y no pudimos evitarla. Nadie pudo.

Iris fue la primera en partir como integrante del cuerpo auxiliar femenino de la RAF a El Cairo.

Las chicas de Della fueron con ella. Ir a despedirlas fue uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir pero regresaron.

Iris volvió casada y tan feliz con nuestra primera nieta, Megan (quien ahora está a punto de ser madre a su vez), que ya tenía un mes.

Owen, decidido a convertirse en el cirujano que es hoy (para alegría de Guy y de mi madre), se alistó en el Cuerpo Médico y también pudo mantenerse a salvo en el Mediterráneo y en el Pacífico.

De manera igualmente milagrosa los mellizos, nuestros pilotos, también lograron volver ilesos, aunque nos hicieron pasar cientos de noches en vela.

Solo Jacob, que acababa de cumplir dieciocho años en el momento del desembarco de Normandía, no regresó jamás aunque no hemos dejado de esperarlo.

Han pasado más de treinta años y no puedo escribir esas palabras sin que se me rompa el corazón.

Me dijiste que lo buscarías. Cuando partiste —y me dejaste a pesar de haber prometido que no me abandonarías nunca— creo que encontraste paz en ese pensamiento.

Espero que estéis juntos, pero todavía no puedo dejar de desear que estuvieras aquí. Tu enfermedad fue tan rápida que no tuve tiempo para darme cuenta de todo lo que me faltaba decirte: un montón de cosas que quería que supieras… y todas se referían a lo mucho que me diste.

Estas cartas, supongo, también me han dado la posibilidad de decírtelas.

Tengo que dejar de escribir ahora porque estoy cansado. El lápiz me pesa mucho y necesito dormir.

Quiero dormir.

Cuando duermo, sueño y mis sueños son todo lo que me queda de ese otro mundo.

El mundo donde vivía contigo.