Capítulo treinta y cinco #2
—Bueno —contestó Guy y se movió con nerviosismo en la silla—, no me gustaría llegar a ese extremo…
—Claro que no —replicó Henry mientras tomaba un habano—, pero no se lo digas, por el amor de Dios.
No hace falta llegar a la instancia judicial.
Solo tienes que hablar con ella y asegurarte de que entienda las consecuencias de seguir adelante con toda esta tontería.
No me parece el tipo de mujer que pensaría en sus deseos antes que en sus hijos.
Como te dije antes, también podrías reclamar la custodia de Iris.
Guy miró su vaso de whisky , anonadado por haber llegado a esa situación. Habían sido todos tan felices hacía tan poco tiempo. Había sentido tanta felicidad…
—No pongas esa cara de preocupado —lo regañó Henry—. Ni Maddy ni los niños se irán a ninguna parte. Tu familia no corre peligro, amigo mío.
Guy asintió ahora con una cierta tranquilidad a pesar del malestar que todavía sentía. Las palabras de Henry, pronunciadas con tanta autoridad en ese despacho con las paredes recubiertas de libros de derecho, sonaban bastante lógicas, casi razonables.
La sensación lo acompañó durante el trayecto de regreso a su casa.
Cuando detuvo el coche y vio con una mezcla de alivio y aprensión la ventana iluminada de la habitación de Maddy, señal de que no solo estaba allí sino también de que seguía despierta a pesar de que ya eran más de las once, decidió que era un buen momento para tener esa conversación que le había recomendado Henry.
Al fin y al cabo ella no le había dejado otra alternativa.
Era su marido. Maddy había elegido casarse con él, había confiado a Iris a su cuidado y llevaba a su hijo en el vientre.
( Era su hijo, estaba seguro. Por completo seguro.
Definitivamente seguro. Absolutamente… seguro).
Casi podía oír los latidos suaves de su corazoncito.
Ya lo había imaginado en sus brazos por primera vez.
No podía ni iba a permitir que Maddy le arrebatara eso.
Y, sin embargo, mientras subía las escaleras con lentitud y se detenía frente a la habitación con la mano levantada para llamar a la puerta, y pensaba, pensaba de verdad en mirarla a los ojos y decirle todo lo que Henry le había aconsejado, lo asaltó la duda.
De repente, recordó la nota que su criado personal le había dejado en el Sea Lounge al principio de ese asunto tan penoso, antes del almuerzo de cumpleaños de Iris.
Se la había enviado Alice, quien había urgido al criado que se apresurara a llevársela (“En el calor del mediodía, sahib ”, había protestado luego el criado), ansiosa, por lo visto, de que Guy recibiera su reprimenda antes de que llegaran los demás.
No había sido el comienzo más auspicioso de ese almuerzo insoportable.
No le contaré nada a Madeline. No hace falta que te diga que jamás te perdonaría por tratar de usar a Iris en su contra.
Me está costando no hacerlo. Pero entiendo por qué lo hiciste.
Yo también tengo miedo, Guy. Pero le prometí a Iris que no lo harás nunca más y que no hay ninguna posibilidad de que no vuelva a vernos.
Le dije que, pase lo que pase, sus padres se van a asegurar de que ella sea feliz y que jamás esté triste.
No vuelvas a ponerla triste, Guy. Si la amas como sé que la amas, busca una manera más honesta de convencer a mi hija de que eres digno de su amor.
Por favor, no te conviertas en un hombre de menor valía que la que tienes.
Se lo había dicho otra vez, más tarde ese mismo día cuando lo había encontrado en el hospital, lista para explicarle lo injusto que estaba siendo al tratar de interponerse entre Iris y Luke.
—¿De veras quieres que alguien los acompañe todo el tiempo, Guy? —lo había increpado, haciéndolo sentir como una bestia—. ¿Acaso has olvidado lo que sufrió Luke? ¿Todo lo que se perdió? ¿No te das cuenta de que te vas a quedar solo?
Entonces Alice todavía quería que Maddy lo eligiera a él. Guy había estado seguro de eso. “Yo también tengo miedo” . Por eso le había hecho caso en cuanto a no supervisar los encuentros entre Luke e Iris, al menos.
Sin embargo, a pesar de sus intentos sutiles por mantener a Iris de su lado —con sus recomendaciones de que hiciera lo posible por ser amable con Luke aunque le tuviera miedo y sus promesas de cuidarla siempre, “¿qué haría si no pudiera hacerlo?”—, la niña había comenzado a sucumbir al encanto de su padre.
Se volvió y miró con cansancio en dirección al dormitorio de Iris.
Se la imaginó dormida, de costado, moviendo los labios entre sueños, los rizos oscuros pegados a sus mejillas rosadas.
Bajó la cabeza al recordar la forma cautelosa en que había empezado a mirarlo últimamente.
Su desconfianza. Esa pequeña adorable, que solía correr ansiosa hacia sus brazos, había comenzado a dudar de él, temerosa de lo que él podría intentar decirle.
El sonido de una tos proveniente de la habitación de Maddy lo hizo girar otra vez. Se acordó de que había vomitado antes y sintió una punzada de preocupación cuando la oyó correr hacia el baño. Quería ir a acompañarla, sostenerle los hombros. Estar con ella.
Era lo único que quería.
Vaciló un segundo más, con la vista clavada en la puerta. Dio un paso adelante y apoyó la mano y la frente en la madera tibia y húmeda.
Habían perdido el rumbo, los dos, muy rápido. No habían compartido suficientes momentos felices. No les había alcanzado el tiempo.
Cerró los ojos y su mente se llenó de todo lo que debía decirle.
Jamás lograría obligarse a hacerlo. Lo sabía. Así que no lo intentó.
Se giró despacio y fue a su habitación, donde, en cambio, escribió todo en una carta.