Capítulo treinta y cinco
Maddy le dijo a Guy que quizás no era el padre, se lo dijo ahí mismo, en el sendero de entrada.
No dudó. Fue lo más difícil que había tenido que hacer en la vida y, a la vez, lo más fácil, porque si bien le partía el alma arrebatarle la felicidad con tanta rapidez y crueldad, la sonrisa de Guy la aterrorizó de forma tal que no podía permitir que durara un segundo más.
—Esto no es tan sencillo como quieres creer —precisó y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas otra vez cuando, a través de la penumbra, vio que la alegría desaparecía del rostro de él.
Guy sabía muy bien lo que ella le estaba diciendo. Su expresión abatida era prueba evidente.
—Por supuesto que es sencillo —replicó de todos modos e incluso extendió la mano para tomar la de ella.
Maddy no lo culpaba por intentar seguir con la farsa. (¿Acaso ella no había hecho lo mismo?). No albergaba resentimiento ni tampoco seguía enojada con él, como lo había estado durante todo el mes. Lo único que sentía era una honda compasión por la vulnerabilidad de su mirada suplicante.
Aun así no le dio la mano. Se contuvo y apretó el puño, consciente de que no debía tratar de ser amable. Esta vez no.
No había ya lugar para la esperanza.
En cambio dio un paso atrás y, al hacerlo, su madre se acercó y le tocó el brazo. Maddy respiró con dificultad, algo fortalecida por el gesto, por la increíble certeza de que Alice no la culpaba, no estaba horrorizada. Simplemente estaba allí. De su lado .
—Me pediste un mes —se obligó a recordar a Guy—. Ha llegado el momento de darlo por terminado. Te prometo que no te dejaremos al margen. Tendrás un lugar en la vida de esta criatura…
—¿Un lugar? —repitió él, mirándola con fijeza y con expresión endurecida—. ¿Un lugar ?
—Guy, es muy posible que no seas…
—No —la interrumpió, como había hecho tantas veces—. No quiero escucharlo.
—Tienes que hacerlo —replicó ella, alzando la voz con una desesperación creciente que la impulsaba a ser más sincera que nunca—. Quiero estar con Luke —reveló—. Amo a Luke. Es el padre de Iris y lo más probable es que también sea el padre de este bebé…
—¡Basta! —exclamó Guy y se giró para que ella no pudiera verle el rostro (o tal vez, para no ver el de ella)—. Ya es suficiente.
Antes de que Maddy cayera en la cuenta de lo que estaba sucediendo, Guy ya se alejaba en dirección a su coche.
—¿Adónde vas? —le gritó.
Él no respondió. Sin despedirse de Alice partió a gran velocidad; las ruedas del coche levantaron nubes de polvo sobre la hierba oscura.
Quizás había ido a enfrentar a Luke pensó Maddy de pronto. La posibilidad la aterrorizó aún más. Todavía no había hablado con Luke. No quería que se enterara por Guy…
—Vete —la urgió su madre, como si le leyera la mente—. Me quedaré a cuidar a Iris.
—No le digas nada.
— Por supuesto que no le voy a decir nada. Vete.
No hizo falta que se lo repitiera una tercera vez. Maddy se marchó en su propio coche, tan absorta en ver a Luke cuanto antes que no se detuvo a pensar en los ojos enrojecidos de su madre hasta que hubo dejado atrás la casa.
Su madre también había llorado.
Y Maddy ni siquiera le había preguntado si estaba bien ni por qué había estado tan alterada . “Solo quería decirte que hoy vi a Diana…”.
Apretó el volante y se preguntó de qué demonios estaría hablando Alice; se maldijo para sus adentros por no tener la menor idea. Pero ahora no podía regresar. Aceleró a través de la selva oscura y se prometió hablar con su madre cuando volviera.
Solo podía preocuparse por un tema a la vez.
Guy no estaba en casa de Luke.
Apenas llegó a tiempo para ver a Luke, que estaba a punto de salir para ir a tomar algo con Peter, todavía eufórico por la tarde que había pasado con Iris en la playa y la idea de todo lo que, por fin, podía ver desplegarse ante ellos: los años y años que empezaba a creer que, de verdad, podrían llegar a compartir los tres.
De regreso de la playa, Iris había dejado que la llevara sobre sus hombros.
Había llevado a su hija sobre sus hombros.
Sonrió con solo pensarlo mientras se subía el cuello de la chaqueta; recordó la manera risueña en que ella le había apoyado las manitas saladas en las mejillas y el cabello. Todavía sonreía cuando abrió la puerta a Maddy.
Y entonces vio la expresión en su rostro.
—¿Qué sucede? —preguntó con un temor frío que le corría por las venas—. ¿Qué ha pasado?
—De todo —respondió ella y le contó lo ocurrido mientras Luke la ayudaba a entrar. Tenía los ojos hinchados fijos en los de él y hablaba sin parar, como si temiera quedarse sin palabras si se detenía.
No la interrumpió. Escuchó todo lo que ella dijo —sobre el bebé que ansiaba con desesperación que fuera suyo (“Sí”, pensó Luke aturdido, “yo también lo deseo”), sobre la reacción de Guy y su propio temor de que no les concediera la anulación— y no logró articular palabra.
La abrazó, más por instinto que por voluntad, porque apenas sabía lo que hacía.
Todo era demasiado y demasiado repentino, como si ocurriera fuera de su órbita de control.
Solo cuando ella comenzó a pedirle disculpas, a decirle que lamentaba mucho lo que había hecho, algo dentro de Luke despertó y lo trajo de vuelta a ella y a sus cabales.
No quería que se sintiera culpable, no por eso.
¿Qué culpa tenía ella?
—Intenté rechazarlo antes de la fiesta —explicó—. No quería, te lo juro…
—Maddy —pronunció, cuando por fin recuperó el habla—, ¿acaso crees que eso me hace feliz? —Observó la expresión desencajada de ella y sacudió la cabeza, horrorizado ante la posibilidad de que así fuera—. No me hace feliz. —Pensar en ella… tolerando… esa situación. La mera idea lo destrozaba.
En ese momento quería matar a Guy. La ira que ya de por sí le despertaba el marido de su mujer estalló con toda su intensidad. Guy debía haber percibido la reticencia de ella. Seguro que la había sentido.
Y aun así había seguido adelante. Se lo había exigido.
—¿Dónde está ahora? —soltó.
—No sé —respondió ella—. Creí que había venido aquí.
—Ojalá lo hubiera hecho. —Durante ese mes, había estado a punto de enfrentarse a él. Había perdido la cuenta de las veces que apenas había logrado contener el impulso de ir al hospital para preguntarle quién demonios se creía que era para someterlos a todos a semejante padecimiento.
“Lo necesitamos”, había insistido Maddy. “Ya va a entrar en razón” .
“Lo hará”, habían asegurado Peter y Richard una y otra vez.
Pero ahora, ahora…
—Lo lamento mucho. —La voz de Maddie se filtró a través de su rabia.
—¿Por qué sigues diciendo eso? —preguntó él, con más suavidad esta vez.
—Debí habértelo contado.
—Sí —admitió, porque era innegable—, deberías haberlo hecho.
—Y el bebé…
—Recibirá todo nuestro amor —replicó sin dudarlo, convencido, al pronunciar esas palabras, de que también era un hecho innegable.
—¿De veras? —aventuró ella sonriendo, aunque con cierta cautela, por primera vez desde que había llegado.
—De veras —afirmó Luke con una certeza total en el pecho. No se lo cuestionaba. No era una opción. Por supuesto que esperaba que el niño fuera suyo, pero sabía que lo sería de todas formas, en todos los sentidos que importaban.
¿Cómo podría no serlo si era hijo de ella?
—Pero está Guy —dijo Maddy.
—Ya lo sé —replicó él, porque (a pesar de su ira profunda) no podía permanecer indiferente al dolor que le causarían.
Veía cuánto amaba Guy a Iris: la forma en que la había abrazado en su fiesta de cumpleaños había bastado para demostrárselo.
Sabía que parte de la conducta de Guy tenía que ver con su miedo a perder a Iris y a Maddy.
Luke no la justificaba, no había excusa posible, pero tendría que ser inhumano para no entenderla.
Y ahora también le quitarían a ese bebé.
—No vamos a desaparecer —añadió—. Iris querrá verlo, escribirle. —Hacía tiempo que había aprendido a aceptar eso—. Tendremos que venir a visitar a tu madre…
—No lo sé —interpuso ella con aire distraído—. Tengo toda la intención de convencerla de que se suba a un barco.
—Ya veremos.
Maddy suspiró hondo y se reclinó contra él. Luke le apoyó la mejilla en la frente y también se apoyó en ella.
—¿Va a salir todo bien? —inquirió ella.
—Tiene que salir bien.
—Guy es una buena persona. Quiero creer que hará lo correcto.
Luke también quería creerlo.
—Pero nos las arreglaremos —continuó ella—, incluso si se niega a la anulación. Tenemos un hogar, una familia. Tu trabajo te espera… —Se interrumpió y levantó la vista.
Luke vio la pregunta en sus ojos.
—No voy a quedarme sin trabajo —sostuvo, con la esperanza de estar en lo cierto—. No viviremos en la pobreza. No todo el mundo nos condenará.
Ella asintió despacio.
Muchos lo harían, por supuesto. Ambos lo sabían.
—Pero estaremos juntos —declaró ella—. Nos iremos de aquí.
—Nos iremos —repitió él—. Nadie podrá impedirlo.
—Puedes impedirlo —precisó el abogado de Guy, un antiguo conocido de la escuela llamado Henry Parsons, con quien, si bien no eran amigos íntimos, tenía la confianza suficiente como para ir a verlo a su casa, incluso tan tarde.
Le había resultado muy útil el mes anterior cuando Luke acababa de llegar, ya que le había asegurado a Guy que no solo su matrimonio con Maddy era válido, sino que él era el único de los dos que podía ponerle fin mediante la anulación o el divorcio.
—Es así de simple: ella no puede llevarte a juicio —había explicado Henry—, a menos que le des motivos para sugerir que has violado a otra mujer o cometido incesto.
—Bueno, jamás haría ninguna de las dos cosas —había respondido Guy espantado.
Henry se había reído, como si hubiera sido una broma buenísima.
Ahora estaba igual de tranquilo: bebía su whisky a grandes sorbos mientras repetía a Guy que no tenía nada de qué preocuparse, nada , porque los tribunales por supuesto reconocerían su derecho como padre de esa criatura. Él, y nadie más que él, era el único esposo de Maddy.
—Podemos conseguir una orden para obligarla a quedarse en la India mientras esté encinta — sugirió—. Como padre eres el tutor legal del niño. De hecho, puedes tener la custodia en cuanto nazca.