Encuéntrame en Bombay Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Estaba fresco para ser verano y además, llovía; una llovizna tenue cubría los jardines de High Elms —el césped, las hojas, los canteros en flor— con una película tan fina que Luke sentía que la respiraba.

“Casi no parece lluvia, ¿verdad?”.

Arnold le había dicho eso una vez. Se acordaba.

Estaban en el viejo huerto del Quinto Hospital Militar.

Sonrió con tristeza al pensar en su médico y en ese rincón del predio del hospital que había llegado a amar: las manzanas en el suelo, el arroyo apenas perceptible que le resultaba tan tranquilizador (suponía que debía recordarle su jardín junto al río en Richmond), todos esos arbustos llenos de frutos.

Y los cañones. Su sonrisa se desvaneció al recordar cómo él y Arnold habían escuchado el siniestro fragor que llegaba desde el Somme; un bombardeo tan intenso que había resonado a través del canal de la Mancha.

Aún podía oír el estruendo. No era un ruido que se pudiera olvidar. También recordó que ese día había intentado comparar la lluvia con otra cosa. Con qué exactamente, nunca había podido saberlo, como solía ocurrirle entonces.

Como aún le ocurría.

Pero ahora podía adivinar cuál habría sido esa comparación. Echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo infinito mientras sentía la lluvia en las mejillas, los labios, y pensaba en la India, las lluvias allí y lo diferente que habían sido ese verano antes de la guerra.

Ese verano increíble en el que se había casado con ella.

El último verano que había vivido en Bombay.

Tenía sus cartas con él en el jardín, debajo de la chaqueta: todas las cartas que le había escrito desde que había llegado a ese lugar.

Las enfermeras se encargaban de protegerlas (por expreso pedido suyo) cuando recaía en uno de sus períodos malos, esos días perdidos; los episodios en los que sus propias palabras carecían de significado y temía acabar destruyendo las páginas que había escrito en sus intentos desesperados por comprender.

No podía hacer eso, no después de haber quemado sus diarios con Arnold tantos años atrás.

Su mente maltrecha volvía a fallarle y tenía miedo de que, muy pronto, esas cartas fueran lo único que le quedara de los recuerdos que tanto le aterraba perder.

El grito de un niño lo sobresaltó y lo trajo de vuelta al presente.

Se giró hacia el lugar de donde había llegado el sonido junto a las hortensias.

No era el único que se había atrevido a desafiar el clima esa tarde.

Otra de las residentes de High Elms había salido a caminar, solo que ella iba acompañada de su familia: el niño pequeño con la pelota que había gritado, sus hermanos y hermanas; tantos hijos, nietos y bisnietos.

La señora se llamaba Miriam.

Había tenido una vida muy dura. Le había contado a Luke muchas muchas veces que había escapado de Viena justo antes de la Anschluss, abandonando a casi toda su familia judía allí.

Lloraba cada vez que hablaba de ellos: las hermanas y los hermanos perdidos, sus padres y abuelos, los niños que jamás habían crecido.

Luke solía tomarle la mano mientras ella recordaba; la escuchaba y trataba de no hablar…

sobre todo porque ninguna palabra era suficiente.

Pero hoy… hoy Miriam sonreía y él sonrió también, a pesar de todo lo que había estado recordando, porque verla sonreír era una maravilla.

Miriam cumplía ochenta años ese día. “Una jovencita”, había dicho él esa mañana cuando la había felicitado y le había entregado su regalo: las galletas austríacas que le había pedido a Emma que comprara en la vieja panadería local.

Iban a celebrar una fiesta esa tarde, con el zumo de siempre y los petardos que no estallaban. Emma había dicho que vendría.

La dulce Emma.

El niño golpeó la pelota hacia arriba con fuerza y luego la atrapó con el lateral del pie. Luke observó cómo se le iluminaba el rostro enrojecido y miraba a su alrededor para ver si sus padres habían presenciado su hazaña. Sintió que su propio pecho se contraía de dolor ante los recuerdos.

Miriam rio con el chico y le pidió, con su acento leve, que lo hiciera otra vez. Iba del brazo con su hija mayor, que le sujetaba la mano con la suya. Luke notó lo feliz que se veía, tan contenta.

Tomó aire con dificultad y, casi sin querer, pensó en Maddy otra vez.

¿Se vería así ahora si estuviera allí caminando con Iris?

Respiró hondo para tratar de imaginar la escena. Borró de su mente el ruido del jardín, de la lluvia, las risas y la gente, porque las necesitaba allí con él.

Pero no aparecieron.

O, al menos, no como él quería imaginarlas.

En su lugar las recordó tal como las había visto desde la cubierta del barco minutos antes de abandonar la India por última vez.

De pie en el atestado muelle de Bombay, Maddy aferraba la mano de Iris mientras la pequeña lo saludaba con la otra; las miradas azules y brillantes de ambas clavadas en él.

Levantó la mano para saludarlas aquí, en el jardín. La imagen era tan vívida. Advirtió que Maddy movía los labios, leyó las palabras que le decía y sintió que se le cerraba la garganta hasta casi sofocarlo, igual que entonces.

Se tambaleó hasta un banco cercano porque necesitaba sentarse. Tanteó hasta encontrarlo. No podía mirar.

Los recuerdos inundaron su mente y sus ojos cansados y todavía ardientes se llenaron de lágrimas, y ya no pudo ver nada en absoluto.