Capítulo treinta y tres #3
Había sospechado lo que le pasaba a su cuerpo.
Ya lo había vivido una vez; eran sensaciones muy familiares.
Se sentía mucho más cansada que de costumbre; se quedaba dormida de inmediato después de cenar y dormía muy profundo.
El último tiempo había tenido ese gusto extraño en la boca y había tenido que ir al baño más a menudo.
Además, su regla llevaba dos semanas de retraso.
(Al contrario de lo que le había dicho a Guy, su regla era siempre muy puntual).
Incluso a pesar de todo eso, no había estado segura.
O no se había permitido estar segura. Había intentado, con bastante obstinación, no pensar siquiera en la posibilidad de tener otro hijo.
Habría estado feliz de hacerlo si Guy no hubiera insistido en ese encuentro apresurado y nada agradable antes de la fiesta de cumpleaños de Iris.
Si hubiera tenido tiempo de usar el capuchón en ese momento, habría estado encantada con la expectativa de albergar esa vida en su interior.
No habría dudado en contar a Luke que Iris tendría un hermanito o una hermanita.
Habría disfrutado de oírlo contener el aliento con euforia y ver cómo se le transformaba el rostro con la sorpresa y la alegría…
ser testigo de esa felicidad que se le había negado cuando solo había podido enviarle un telegrama para darle la noticia de Iris.
Pero no había tenido tiempo de colocarse el capuchón.
De modo que, aunque había estado con Luke muchas veces desde entonces —encuentros maravillosos e increíbles en los que habría querido creer que una vida elegiría comenzar—, no había certeza de que ese bebé fuera de él.
No sabía qué hacer al respecto. Le había parecido que fingir que podría no ser cierto era lo único que podía hacer .
Hasta que ya no pudo seguir fingiendo.
Su madre estaba con ella cuando ocurrió, esa vigésima novena noche.
Llegó justo cuando caía la noche y las sombras comenzaban a envolver la selva y la casa ya oscura de Guy.
Maddy se dirigía a la planta alta para preparar a Iris para irse a dormir cuando oyó el golpe en la puerta del frente.
Con cautela, ya un poco mareada, fue a abrir; ni siquiera se sintió con fuerzas para preguntarse por qué su madre se encontraba allí, en las sombras, con las manos apretadas y el rostro tenso, como si prefiriera estar en cualquier otro lugar.
—¿Dónde está Iris? —preguntó Alice.
—Arriba —respondió Maddy y notó que tenía la boca seca.
—¿Y Guy?
—No ha llegado todavía. —Se apoyó contra la puerta. En la cocina estaban cocinando arroz para la cena y el olor llegaba hasta allí.
El arroz le había caído mal en el embarazo de Iris.
—Necesito decirte algo —soltó Alice.
—¿No quieres pasar? —preguntó Maddy mientras se llevaba la mano al estómago revuelto.
—No hace falta. Solo quería decirte que hoy vi a Diana…
—¿Diana? —repitió Maddy, confundida.
—¿La has visto?
Maddy apenas notó la tensión en la voz de su madre, así como el enrojecimiento extraño en su tez clara. Sin embargo, no podía pensar en eso. El olor del arroz la ahogaba; sintió que el sudor le cubría la frente, el pecho…
—¿Maddy? —la urgió Alice.
—No —contestó Maddy—. La verdad es que no tengo ganas de ver a Diana.
—Dijo que quizás pasaría a visitarte —continuó Alice y, ante el espanto de Maddy, estalló en sollozos—. Tengo que decírtelo… —Las lágrimas no se detenían—. Según tu padre ya no vale la pena… pero me parece que tenía razón antes. Debería haberlo hecho hace mucho tiempo…
Maddy no tenía idea de qué hablaba. Una parte de su mente pensó que podría tener que ver con el motivo del distanciamiento entre sus padres, pero no se detuvo a averiguarlo. A pesar de la angustia que le causaba el llanto de su madre, no podía contener las náuseas ni un segundo más.
Esquivó a Alice y cruzó el porche a los tumbos hasta el jardín delantero, donde vomitó en los rosales que el criado personal de Guy cultivaba con tanto orgullo.
Durante unos instantes se olvidó de todo excepto del asco de su propia bilis, las convulsiones que le sacudían el estómago y las lágrimas que le corrían por las mejillas (siempre lloraba cuando vomitaba).
No advirtió que las manos de su madre la tomaron de los hombros, ni el vehículo que cruzó los portones, ni la puerta del auto que se cerró de un golpe, ni los pasos que avanzaron con rapidez por el sendero de tierra.
Cuando las convulsiones cedieron vio que Guy estaba a su lado además de su madre.
Ambos también habían estado presentes cuando se había dado cuenta de que estaba embarazada de Iris.
Con una mano temblorosa sobre la boca, recordó la facilidad con la que Guy había adivinado lo que pasaba en ese momento.
No tenía ninguna duda de que lo adivinaría esta vez también.
Y ahora que lo pensaba, había estado observándola durante días: sus bostezos, el hecho de que se iba a dormir temprano y sus visitas frecuentes al baño.
Todo lo que ella había intentado ignorar.
No se atrevía a mirarlo. Tragó el último resto de bilis que le quedaba en la boca y trató de asimilar la irreversibilidad de lo que había permitido que ocurriera, pero no lo logró y entonces (sabía que tendría que hacerlo tarde o temprano) se obligó a darse la vuelta.
Guy estaba de pie a unos pasos de ella, todavía con el uniforme del hospital. Sus ojos, esos ojos buenos y amables, estaban clavados en ella: agotados, preocupados y, a la vez, llenos de esperanza.
Y sonrientes.
Guy sonreía.
Una sonrisa que Maddy jamás olvidaría.
Una sonrisa que decía: “Jamás permitiré que te vayas ahora” .
Una sonrisa que decía: “Puede pasar de todo en un mes” .