Encuéntrame en Bombay Capítulo treinta y tres
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Capítulo treinta y tres

Guy obtuvo el tiempo que quería. Veintinueve días en total.

Durante ese lapso, Maddy y Luke no pudieron verse todos los días.

Sin siquiera insinuar que podría estar haciéndolo a propósito, Guy se las ingenió para obstaculizar cualquier intento de Maddy de salir por su cuenta.

Liberado gracias al personal de Poona que había llegado para colaborar en el hospital, volvía de trabajar cada vez más temprano, siempre con un ramo de flores en la mano, siempre listo para leer más cuentos a Iris y disfrutar de una “bonita y larga cena” con Maddy.

A veces aparecía sin previo aviso en la escuela (donde Maddy ya había anunciado su partida para que tuvieran tiempo suficiente para reemplazarla) o en casa de Della (si Maddy había mencionado que podría llevar a Iris allí) “solo para saludar”.

Los movimientos de Guy eran tan imprevisibles que Maddy no se animaba a tomarse un rickshaw para ir al apartamento de Luke tan a menudo como le exigía su deseo.

Pero Guy no podía estar presente todo el tiempo.

Todavía tenía cirugías que realizar, ya que la rutina constante de apendicitis, esplenitis y heridas producidas en los campos de entrenamiento militar y en las canchas de polo mantenía el ajetreo del hospital.

Además, debía cumplir con la ocasional guardia nocturna.

Maddy no desperdició ninguna oportunidad.

Aprovechaba cada minuto, cada segundo que podía pasar con Luke.

Él solía esperarla en los escalones de entrada, a menudo con el cabello húmedo porque había ido a nadar y con la piel cada vez más oscura por el intenso sol de verano.

Maddy solo pensaba en el momento en que él la veía aparecer al final del callejón y se ponía de pie, sonriente (esa sonrisa), con los brazos abiertos y listos para abrazarla fuerte y advertirle que esta vez no la soltaría.

—No lo hagas —respondía—. Por favor, no me sueltes.

Por la noche, sentada a la mesa con Guy mientras picoteaba la comida, fantaseaba que estaba otra vez en la cama de Luke, con la cabeza apoyada en el hueco de su cuello y los dedos de él que subían y bajaban por su espalda… ambos sudorosos, sin aliento, juntos .

También se preocupaba mucho por él. Veía las cicatrices en su pecho, la espalda y el cuello y nunca olvidaba lo que él había sufrido.

En ocasiones, cuando estaban conversando, Luke se detenía en la mitad de una oración y fruncía el ceño por esos dolores repentinos que había admitido que lo acosaban desde su regreso al calor y el caos de la India.

Maddy esperaba, le apretaba la mano y observaba su sufrimiento sin respirar hasta que el dolor cedía.

Entonces, lo besaba, llena de frustración por lo poco que podía hacer para ayudarlo.

Jamás se permitía quedarse dormida cuando estaban juntos; a pesar de lo cansada que estuviera (y estaba tan tan agotada), siempre estaba pendiente de la hora.

A veces Luke se dormía y ella se quedaba a su lado, con la cabeza en la almohada y la mirada fija en sus párpados titilantes.

Imaginaba sus sueños y se estremecía cuando él lo hacía en respuesta al estallido lejano de un tubo de escape o de fuegos artificiales, con la horrible certeza de que estaba otra vez en las trincheras, donde ella no podía seguirlo…

las trincheras que había recordado hacía poco tiempo.

—Es como si acabara de salir de allí —le confesó a principios de la primera semana que pasaron juntos—. Siento como que todavía está ocurriendo. No puedo creer que haya terminado, sobre todo estando aquí. Pienso mucho en Richmond, el río, esa paz…

—Regresaremos antes del verano —aseguró ella y odió la inutilidad de sus propias palabras en ese presente interminable que compartían—. Ojalá pudiéramos irnos mañana.

—Me pregunto qué opinaría Iris de eso —deslizó él.

Maddy no tuvo respuesta.

En esos primeros días, Iris seguía siendo una preocupación sobre la que les costaba hablar.

El primer encuentro fue tenso, como Maddy siempre supuso que sería. El hecho de que Guy se ocupara de contárselo a Iris antes de que Maddy bajara a desayunar esa mañana no ayudó en nada.

—¿Por qué lo hiciste? —le reprochó después de dejar a Iris en la mesa y seguirlo hasta el coche. Ni siquiera intentó ocultar su enojo—. ¿Viste la cara que puso? Va a estar ansiosa toda la mañana…

—No me pareció bien que lo soltaras así como así, Maddy.

—No pensaba hacerlo —retrucó—. Iba a hablar con ella después de la escuela…

—Bueno, ahora ya no hace falta —replicó Guy, casi como si les hubiera hecho un favor a todos.

Iris le aseguró que no estaba preocupada mientras caminaban hacia la escuela.

—Voy a hacer todo lo posible para que me agrade —recalcó, lo cual parecía un comentario muy extraño viniendo de una niña.

Maddy frunció el ceño.

—¿Guy te dijo que dijeras eso?

Iris sacudió la cabeza y volvió a hacerlo cuando Maddy repitió la pregunta.

Sin embargo estuvo muy callada de nuevo durante las clases de la mañana. Y, más tarde, se aferró a la mano de Maddy en el trayecto a la casa de sus abuelos, nerviosa sin duda.

Maddy también estaba nerviosa. Sentía la boca seca mientras intentaba distraer a Iris señalándole los pájaros entre las hojas, el mono que las miraba desde una rama alta.

Tenía las manos húmedas dentro de los guantes.

Todos estaban nerviosos, por supuesto, conscientes de lo importante que era que el encuentro saliera bien.

Alice parecía especialmente incómoda. A pesar de que había insistido tanto en que su presencia ayudaría a facilitar las cosas, se mostró tan distante con Luke como siempre.

Se ruborizó cuando lo vio llegar y susurró algo parecido a “gracias” cuando él la saludó con un beso (otra cosa extraña que uno no esperaba oír decir a alguien).

Permaneció muy callada mientras tomaban el té en el porche sofocante; tironeaba del cuello de su vestido color crema y miraba a todas partes menos a Luke y a Maddy, hasta que incluso Iris, sentada en el regazo de su madre con su nuevo maletín de doctora apretado entre sus manitas regordetas, se sintió obligada a preguntarle si se encontraba bien.

—Solo tengo calor —respondió Alice.

Todos tenían calor.

Ni siquiera Peter, que se había tomado el día por sugerencia de Richard para prestar su apoyo, logró atenuar el ambiente cargado.

Trató de mantener una conversación fluida —le contó a Iris que su papá era un experto jugador de polo (¿acaso no lo sabía?), le preguntó a Maddy cómo le había ido en la escuela y comentó que era todo un lujo no trabajar un lunes, obligándose a reír cuando Luke sonrió y respondió que el tiempo libre no debería ser un lujo— pero se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo, como todos, para no mirar a Iris con ansiedad, preguntándose cuándo empezaría a soltarse.

Luke, al menos, se dio cuenta de que no debía forzarla. No le quitaba la vista de encima. Maddy observó cómo la miraba maravillado mientras la niña, con la cabeza baja, examinaba cada una de las piezas del instrumental médico en miniatura, y tuvo la certeza de que nunca jamás olvidaría ese momento.

—No podía dejar de pensar en su pequeño pie color sepia en esa fotografía que me mandaste —reveló él más tarde.

Le preguntó algunas cosas a Iris: sobre sus amigas (“Suya y Lucy”, susurró la pequeña), qué le gustaba hacer en la escuela (“Pintar”, contestó, con los ojos clavados en el maletín de médico) y durante los fines de semana (“No sé”, murmuró) y casi casi consiguió hacerla sonreír cuando le preguntó si Suya le había enseñado cómo asustar a los pavos reales.

—Te lo enseñó, ¿verdad? Me lo imaginé. ¡Pobres pavos reales!

Cuando él y Peter estaban a punto de marcharse, Luke hizo lo que Maddy estaba segura de que había querido hacer desde el momento en que había visto a su hija: se puso de pie y se acercó para acuclillarse junto a ambas.

—Iris, ¿me equivoco o estás un poco cohibida?

La niña guardó silencio, pero alzó la vista despacio de su juguete y su cuerpo tibio se puso tenso en la falda de su madre. Era un claro “sí”.

—No te preocupes —añadió Luke—. No me conoces todavía. Puedes ser todo lo tímida que quieras.

Otro silencio.

Luke le sonrió. Maddy no podía creer que lograra hacerlo.

—¿Te gustan los caballos, Iris? —preguntó a continuación—. ¿Por eso Peter te contó que juego al polo?

Esta vez Iris asintió y sus rizos transpirados acompañaron el movimiento de su cabeza.

—¿Qué te parece si mañana vamos al acantonamiento? Conozco a unos oficiales de caballería allí y podríamos arreglar para que te den una clase de equitación.

La sugerencia alegró a Maddy. Era una buena idea.

Confiaba en que sería un día más llevadero.

En especial cuando Della comentó que ella y Lucy se sumarían, lo cual, con suerte, serviría para aliviar la tensión de todos .

Maddy y Della permanecieron al borde del redondel de arena mientras observaban cómo Luke y un par de tenientes ayudaban a las niñas a montar y las llevaban de la rienda bajo el sol abrasador, animándolas a avanzar al trote despacio.

Lucy reía cuando andaban más rápido y gritaba a Della y Maddy para saber si estaban mirando.

—Sí, os estamos mirando —afirmó Maddy—. No nos lo perderíamos por nada.

Deseó con toda su alma que Iris gritara de alegría también. Sin embargo, aunque sonreía y en un par de ocasiones rio por un segundo (lo cual era una verdadera maravilla), no gritó en ningún momento. Ni una vez.

—Ya veo a qué te refieres —señaló Della con los ojos entrecerrados debajo del ala del sombrero—. No es la misma Iris de siempre.

—No logro entender qué le ocurre —replicó Maddy, pensando en la locuacidad exuberante y la simpatía habitual de su hija—. Es como si hubiera mirado un segundo hacia otro lado y ahora hubiera otra niña en su lugar.

—Se debe estar tomando su tiempo para asimilar todo.

—Pero cuando Guy regresó a la India, fue instantáneo. Estaba lista para adorarlo desde un principio.