Capítulo treinta y dos #2
Apartó con fastidio el helado que ni siquiera había probado.
No podía evitarlo: la idea de la mentira la incomodaba, no le gustaba nada.
Y aunque Guy se estuviera comportando tan mal, seguía siendo Guy .
No le hacía falta mirarlo para saberlo. Ni para recordar lo mucho que él la había amado todos esos años.
Y cuánto había luchado para hacerla feliz.
—Querida Maddy —susurró Peter, quien, desde luego, entendía todo.
Él siempre había admirado a Guy.
Observó el mar enceguecedor y a los pescadores en sus botes de colores y pensó en las palabras que Luke había dicho más temprano. “No soporto que tengamos que ocultarnos”. Ella tampoco.
Pero Guy llevaba las de ganar y había pedido un mes.
¿Acaso tenían alguna posibilidad de negárselo?
—Ninguna por lo visto —admitió Luke cuando, mucho más tarde ese mismo día, después de que Guy regresara al hospital e Iris se fuera a casa de Della, Maddy por fin pudo llegar al apartamento.
No podía quedarse mucho. Guy había dicho que llegaría a tiempo para la cena y el sol ya estaba cayendo en el horizonte.
Podía ver a través de las ventanas traseras cómo inundaba de color la superficie plateada del mar Arábigo: esa vista que recordaba con tanto cariño.
Luke no había encendido ninguna lámpara; las paredes blancas y los pisos de mosaico se oscurecían segundo a segundo bajo los últimos rayos del crepúsculo.
No quería irse. Apoyó la cabeza en el pecho de Luke y, una vez más, la idea de dejarlo le resultó inconcebible.
—Quiero ir al hospital y decirle lo que pienso de él —dijo Luke.
—No puedes —respondió ella, tal como le había respondido a su padre antes, después de que hubieron dejado a Iris en casa de Della y ella les hubiera contado a él y a su madre lo que Guy había dicho.
—Lo haré entrar en razón —había mascullado Richard con las manos apretadas en el volante.
—¿Crees que no lo intenté? —había replicado Maddy.
—Lo necesitamos —explicó ella ahora—. De lo contrario pasaremos años entre peleas y escándalos. Y aun así podría negarse a dar por terminado el matrimonio. Iris sería siempre esa niña…
—Lo sé —la interrumpió y Maddy vio el reflejo de su propia ira en la mirada oscura de él—. Y lo peor es que él también lo sabe.
—Es solo un mes —le recordó, tanto a sí misma como a él—. Tan solo un mes.
—Puede pasar de todo en un mes.
—No en este mes —insistió ella—. Superaremos este mes, volveremos a Inglaterra casados, como lo hemos estado siempre. Y tendrás tiempo para conocer a Iris aquí, antes de llevarla a ninguna parte.
Alice había ayudado a Maddy a ver ese lado positivo de la situación.
Si bien, a diferencia de Richard, se había cuidado mucho de culpar a Guy (como era de esperar) y había insistido, con suavidad y mesura, en que a Maddy le convendría no apresurarse a tomar ninguna “decisión”, Alice no había dicho nada en contra de Luke.
No había tratado ni una vez de hacer que Maddy se sintiera culpable por hablar sobre volver a Inglaterra con él, a pesar del terror espantoso que Maddy sabía que debía generarle la idea de que se marcharan.
Y no había ocultado su asombro cuando Guy había sugerido que debía supervisar los encuentros entre Luke e Iris allí en la India.
—No me imagino cómo me hubiera sentido si Edie me hubiera hecho lo mismo —había comentado.
—Jamás lo hubiera hecho —había murmurado Richard.
—No —había concedido Alice en voz más baja aún; todavía había una distancia inexplicable entre los dos—. Pero —había continuado, dirigiéndose a Maddy— debes recordar que estamos hablando de un cambio enorme en la vida de Iris. No es algo que deba hacerse apresuradamente.
Acto seguido, Alice había planteado la posibilidad de que los encuentros entre Luke e Iris tuvieran lugar en su casa. “Un sitio neutral”.
—Hablaré con Guy al respecto —se había ofrecido, con un suspiro que dejaba entrever que la perspectiva no le agradaba—. Estoy segura de que entenderá que es lo mejor para Iris. Y tal vez lo tranquilice saber que yo voy a estar presente.
Richard la había mirado de soslayo, tan sorprendido como Maddy ante su aparente imparcialidad. Al igual que Maddy, había dado por hecho que Alice tomaría partido por Guy.
La neutralidad de Alice había conmovido a Maddy.
—Ven a casa mañana —sugirió a Luke ahora—. Pasa a visitar a Iris después de la escuela.
—¿Estás segura de que está lista? —preguntó él.
—Aunque lo estuviera creo que no me daría cuenta —confesó con toda franqueza—. Pero ha preguntado por ti y quiere saber dónde estás.
—Me aterra pensar que podría volver a asustarla.
—No —aseveró Maddy—. No . No permitiremos que eso ocurra. Esta vez será diferente. Y mi madre nos ayudará.
—Desearía que no tuviera que hacerlo. Desearía…
—Ya sé —lo interrumpió y estiró los brazos para tomarle el rostro entre las manos y besarle los labios, como si con ese beso pudiera disipar la ansiedad de ambos—.
Con el tiempo se hará más fácil —añadió con la convicción que anhelaba que los dos pudieran sentir—.
Ya verás. Un día esto nos parecerá un mal sueño.
Luke asintió despacio con la cabeza. Era evidente que necesitaba creerle. Maddy sentía su necesidad de creerle.
“Créeme”, pensó y volvió a besarlo. “Por favor créeme”.
“Porque así podré creer yo también”.
“Y porque si no lo hacemos, Iris jamás creerá en nosotros”.
Se fue demasiado tarde, por supuesto. Apenas tuvo tiempo para ir a casa de Della a toda prisa a buscar a Iris y luego bañarse rápido para borrar de su piel todo vestigio de la hora que había conseguido pasar con Luke antes de que Guy regresara.
La encontró en su dormitorio, justo cuando ella terminaba de recogerse el cabello para la cena. Maddy alzó la vista hacia la imagen cansada de Guy en el espejo del tocador y, para su consternación, vio que tenía un ramo de flores en la mano.
Guy cruzó la habitación y le ofreció las flores mientras le contaba que Alice había ido a verlo.
—No participaré en los encuentros entre Iris y Luke —señaló— si ese es tu deseo.
—Es mi deseo —contestó ella y se giró para mirarlo de frente, pero no se lo agradeció a pesar del alivio enorme que sentía.
No pensaba mostrar gratitud por algo así y mucho menos cuando Guy agregó a continuación que, si él no iba a presenciar esos encuentros, alguien tendría que hacerlo.
—Guy — comenzó, lista para protestar.
—No tiene nada que ver con que no confíe en ti —la atajó, lo cual la dejó muda.
Se acercó un paso, todavía con el ramo de flores en la mano y una expresión triste que parecía pedir perdón y comprensión a la vez—.
No creo que pueda soportar estar en el quirófano pensando que vosotros tres estáis juntos en algún lugar.
—La miró—. De verdad, Maddy, la sola idea me revuelve el estómago.
Al ver la angustia en sus ojos y en su voz, el corazón de Maddy se contrajo muy a su pesar.
Era justamente lo que había temido que ocurriera durante el almuerzo.
Luchó por aferrarse a su enojo y no fracasó del todo: todavía tenía muchas razones para seguir furiosa.
Sin embargo, cuando le tendió las flores una vez más, no pudo evitar aceptarlas, demasiado apenada por él como para no hacerlo.
“Bueno”, recordó la voz de Peter, “jamás has podido evitar eso”.
Se quedó sentada muy quieta mientras Guy se inclinaba hacia adelante y le rozaba la mejilla con los labios; la misma mejilla que Luke había besado hacía tan poco con bastante más urgencia, con ella de espaldas a la pared y sus cuerpos entrelazados.
Luego asintió con la cabeza cuando él le avisó que iría a leer un cuento a Iris antes de dormir.
No los interrumpió, ni siquiera cuando los escuchó conversando y empezó a temer que Iris mencionara lo larga que había sido su visita en casa de Della y que Guy pudiera sospechar.
Guy no dijo nada durante la cena si Iris lo mencionó.
Hablaron poco y nada mientras comían en la terraza oscura rodeada de plantas.
Se limitaron a intercambiar comentarios banales (sobre el clima, la lectura de Iris, el personal del hospital) que Maddy olvidó tan pronto las palabras salieron de su boca o de la de Guy.
Sin dejar de pensar en Luke, imaginó cómo sería ponerse de pie y abandonar la mesa y la terraza —con sus lámparas de citronela titilantes y los mosquitos que crepitaban bajo las luces— para correr hacia él; estaba desesperada por ir a buscarlo y le costaba creer que pudiera mantener la farsa.
Supuso que había redescubierto su habilidad para fingir.
Pero solo la utilizaría hasta cierto punto.
Cuando subieron a la planta alta para acostarse, ella se volvió y, antes de que Guy pudiera siquiera pensar en preguntarle si “podía” esa noche, declaró que prefería pasar la noche sola.
—Todo el mes, en realidad —añadió—. Necesito tiempo.
Él no se quejó. Asintió con la cabeza, como si entendiera.
—Quiero que te tomes el tiempo que necesites —replicó con su amabilidad de siempre—. Mi querida Maddy. —La besó en la frente con suavidad—. Yo también te pido tiempo.