Capítulo treinta y dos
Guy estaba esperando en la gran mesa frente al mar que había reservado, cuando los demás llegaron para el almuerzo y los helados que no tenía ganas de comer.
Vio primero a Della, que salió por las puertas de vidrio del hotel, conteniendo en sus brazos firmes la amenaza que suponía la pequeña Emily.
Con un suspiro guardó la nota que había estado leyendo y que su criado personal le había dado al maître para que le entregara.
Mientras seguía tratando de dilucidar lo que pensaba del contenido, se pasó una mano por la cara, se obligó a sonreír y se levantó para recibirlos.
Le temblaban las piernas. Tenía el cuerpo cansado y tembloroso.
A pesar de su agotamiento de la noche anterior, que lo había sumido en un sueño profundo, no había logrado volver a conciliar el sueño después de que Iris se había despertado y él se había encontrado manipulándola como lo había hecho.
Se había quedado despierto en la cama sofocante, con los ojos enrojecidos fijos en el mosquitero, asqueado consigo mismo por poner a una criatura tan pequeña en semejante situación, más aún porque ya sabía que no se retractaría de nada de lo que le había dicho.
Tocó con la mano la nota que tenía en el bolsillo y supo que volvería a decir lo mismo otra vez si se viera obligado a hacerlo.
Había pasado las horas previas al amanecer echando vistazos hacia la habitación de Maddy, como si quisiera oír algún ruido para convencerse de que ella no había corrido a consolar a Iris por el somnífero que le había dado. Después de todo, había sido fuerte.
La observó ahora. Su esposa. Estaba con Peter, como casi siempre, con la cabeza rubia ladeada hacia la de él y la mano en su brazo.
Peter le sujetaba los dedos enguantados y asentía mientras Maddy hablaba con expresión dolida.
Guy se imaginaba la razón. El recuerdo de la conversación que habían tenido en el Quai d’Escale y que había olvidado durante tanto tiempo había vuelto para atormentarlo.
Era otra de las cosas que le habían impedido dormir la noche anterior: cómo le había asegurado a Peter que el hecho de que creyera haber visto a Luke en la carretera de Menin solo podía ser fruto de su imaginación.
Y también había recordado cómo, a su vez, la enfermera había intentado convencerlo a él de la posibilidad de que fuera cierto.
“En medio de tanta atrocidad, ¿no sería bonito pensar que aún pueden quedar algunas sorpresas agradables?”.
¡Por Dios! Había estado tan seguro de que la mujer se equivocaba.
Ahora se sentía mortificado por la ligereza con que había descartado ese optimismo como simple fantasía.
Pero tampoco la había ignorado, lo cual le daba cierto consuelo. Incluso a pesar de la insistencia del naik con respecto a que había visto cómo enterraban a Luke, había tratado de encontrar el puesto de evacuación de heridos que la enfermera le había mencionado. Lo había intentado de veras.
¿Qué más podría haber hecho?
“Nada”, se había repetido una y otra vez.
“Nada”, se dijo a sí mismo ahora también.
Se obligó a dejar de pensar en el asunto antes de que lo distrajera demasiado.
Tenía mucho en qué pensar.
—Maddy —pronunció cuando ella se acercó.
Maddy levantó la cabeza, pero el ala de su sombrero ocultaba sus ojos irresistibles. Guy no consiguió discernir si su sonrisa era nerviosa o cautelosa. Cansada, sin duda. Mucho más de lo que cabría esperar de alguien que hubiera tomado sales para dormir.
Se obligó a no pensar en eso y fue a su encuentro.
—Hola, mi querida. —Apoyó los labios en la mejilla tibia y no pudo evitar estremecerse a pesar de su preocupación—. ¿Podemos hablar un minuto antes de reunirnos con los demás?
La llevó al interior del hotel, lejos de las miradas de la gente en la recepción, detrás de una planta decorativa en una maceta.
A través de las hojas Maddy vislumbró el sombrero de Della y el cabello rubio de Peter; ambos con el cuello estirado debajo de la sombrilla de la mesa para tratar de ver dónde habían ido Guy y ella.
No había tenido tiempo suficiente para hablar con ninguno de los dos.
Solo había logrado escabullirse un instante para decir a Peter que no debía culparse a sí mismo, ni un poquito, porque “has hecho más que suficiente”, y para informar a Della en voz baja que sí, había visto a Luke.
—¿Y? —había articulado Della sin emitir sonido mientras Emily le rogaba que la alzara—. ¿Qué pasó?
—Después te cuento —había susurrado Maddy.
—Maddy —dijo Guy y ella desvió la vista para mirarlo—, ¿me estás escuchando?
Se quedó mirándolo. Lo había escuchado.
—Consultaste a un abogado —repitió sin rodeos.
La expresión de Guy se suavizó.
—Por favor —respondió—, no te pongas así…
—Pides demasiado —replicó ella.
—¿Que pido demasiado? —repitió Guy—. Soy tu esposo. Prometiste…
—No te atrevas —exclamó en voz más alta que la que hubiera querido, tan fuerte que incluso los punkahwallahs , que estaban entrenados para pasar inadvertidos, se giraron hacia ellos.
Después de esa noche tan larga y con las náuseas por todo lo que él acababa de decir, no pudo contenerse—.
Por favor —agregó—, no digas “obedecerme”.
—Iba a decir “amarme” —replicó él con tal desasosiego que Maddy tuvo que apartar la mirada—. Como yo te amo a ti. Y a Iris. Por eso quiero hacer esto.
—Sé razonable, Guy. Luke es el padre de Iris. Se ha perdido… todo, todo lo que debería haber vivido con ella. No va a permitir que supervises sus encuentros con su hija. Yo no voy a permitirlo.
—No necesito tu permiso.
—Pues no lo tienes. No me imagino en qué estabas pensando.
—Será mejor para ella de esta manera.
—Por favor, no trates de decirme lo que es mejor para mi hija.
—Tienes que escucharme. —Dio un paso hacia ella—. Por favor, escúchame.
Maddy retrocedió y se chocó con la planta.
—No voy a escuchar nada de esto.
—¿Acaso le has preguntado a Iris qué quiere ella?
—Es una niña —respondió mientras acomodaba la planta para que no se cayera.
—Deberías preguntarle —sugirió él.
—¿Como tú me preguntaste a mí? —soltó ella, con los guantes ahora cubiertos de tierra.
—No creo que sepas lo que quieres.
—Guy —contestó Maddy y dejó la planta de lado—, sí sé . Lo lamento mucho pero lo sé.
—¿Cómo es posible? —preguntó él con los ojos enormes y suplicantes—. Solo han pasado cinco minutos.
—Bastante más, en realidad. Yo…
—No —gritó Guy y los punkahwallahs volvieron a mirarlos. Respiró hondo y pareció serenarse—. No pienso hablar de esto ahora. Ya te dije que necesito que me des este mes.
—Un mes es demasiado tiempo.
—Un mes no es nada. —Volvió a dar otro paso hacia ella y, esta vez, Maddy no tenía forma de escapar—. Permíteme demostrarte lo feliz que puedo hacerte. —Le tomó las manos manchadas de tierra—. Prométeme que no verás a Luke a solas, que nos darás una oportunidad.
—Guy… —Maddy sacudió la cabeza: no estaba dispuesta a hacer más promesas que no pudiera cumplir.
—Un mes —repitió Guy y le apretó las manos—. Al cabo de un mes volveremos a hablar del tema, te lo juro.
—Por favor —protestó ella—. Yo…
—Y entonces veremos lo que quieres y preguntaremos a Iris qué es lo que ella quiere. Si las dos decís que queréis iros… —Guy tragó saliva, desvió la mirada, y con expresión reticente concluyó—: daré un paso al lado.
—Necesito estar con Luke —dijo Maddy con toda la amabilidad que pudo—. Siempre lo he necesitado. Iris va a ser feliz en cualquiera de las dos situaciones. —Guy se negaba a mirarla—. Guy —insistió y le apretó el brazo para implorarle—, por favor, no hagas esto. Un mes no va a cambiar nada.
Sin embargo, él no se inmutó.
—Ya veremos —declaró y se volteó para volver a salir—. Ya veremos.
De alguna manera lograron superar las siguientes dos horas de calor sofocante: los sándwiches reblandecidos, el champán tibio y los helados que llegaban medio derretidos a la mesa.
—A mí no me importa —proclamó Iris. Por lo menos se la veía feliz otra vez, sentada en la falda de su abuela, con el mar que destellaba a sus espaldas, su abuelo sentado a un lado y la adorable Lucy riendo a carcajadas del otro.
Maddy se sentó a continuación entre Peter y Della…
lo más lejos de Guy que pudo. Se empeñó en no mirarlo y, a juzgar por su propia piel caliente y erizada, suponía que él la estaba observando.
Lo único que quería era marcharse, buscar a Luke en su apartamento y contarle todo lo ocurrido.
Estaba muy enojada con Guy —cada vez más a medida que el sol se elevaba y le hacía arder más los ojos— por aprovecharse de las leyes arcaicas que la tenían atrapada para plantearle semejante ultimátum, pero sobre todo por sugerir que ver a Luke sin él, Guy, pudiera hacerle algún daño a Iris.
¿Cómo se atrevía a sugerir algo así?
—Está desesperado —murmuró Della—. Por eso se atreve a hacerlo.
Maddy suspiró con exasperación.
—Ni lo intentes —replicó en un susurro—. No puedo sentir lástima por él.
—Bueno, jamás has podido evitar eso —intervino Peter.
Otra verdad. Era una de las razones por las que no lo miraba. Si lo hacía y se permitía ver la preocupación inevitable en los ojos de Guy, sabía que no le resultaría tan fácil seguir furiosa con él. Y quería estar furiosa. Necesitaba estar furiosa.
Pelear con él sin esa furia sería mucho más difícil.
—Me imagino que no vas a permitir que Guy esté presente cuando Luke vea a Iris, ¿verdad? —aventuró Peter.
—Por supuesto que no —respondió ella con los dientes apretados.
No tenía ninguna intención de acatar las condiciones de Guy. No solo lo obligaría a aceptar que Iris debía ir conociendo a Luke sin supervisión alguna sino que ella misma seguiría viendo a Luke a solas cada vez que pudiera.
Aunque se cuidaría mucho de que Guy no se enterara.