Capítulo treinta y uno
Alice siguió a Luke con la mirada desde la ventana del salón y recordó cuando solía observarlos a él y a Madeline avanzar sin prisa por ese mismo sendero de entrada en los primeros días de su relación. Esta vez, sin embargo, no intentó convencerse de que todo iba a salir bien.
Estaba segura de que nada saldría bien.
Se había levantado y se había vestido para ir a misa, aunque no tenía fuerzas para hacerlo. No había dormido. Se sentía agotada por el cansancio, la conmoción y por la culpa. Mucha culpa y miedo.
Richard apenas le dirigía la palabra. Alice le había contado lo de la carta de Diana tan pronto como todos habían entrado en la casa después de la fiesta.
—¿Y no se te ocurrió decir nada antes? —había espetado él, con la voz tensa por el esfuerzo para no gritar.
—No creí que tuviera ningún sentido.
—¿En decírmelo a mí ? ¿Su padre?
—Lo siento mucho...
—¿Por cuál de todas las cosas? —había mascullado Richard cada vez más enfadado, lívido como nunca lo había visto antes.
—Por todo —había admitido ella mientras su mente la obligaba a enfrentarse al dolor desesperado al que había contribuido sin saberlo —no solo el de Madeline, no solo el de Iris y Luke, sino también el de los padres de Luke (no podía soportarlo), el de Peter, los demás amigos de Luke, sus tías, sus tíos— a una velocidad que no le permitía asimilar su verdadera magnitud.
Había contenido las lágrimas porque sabía que no tenía derecho a ellas, arrepentida de todo.
—Te habría obligado a que se lo dijeras. O… ¿fue por eso que guardaste silencio? —preguntó Richard ahora y la miró con fijeza—. ¿Porque sabías que yo se lo diría y tú no querías que ella se fuera a ninguna parte...?
—No —lo había interrumpido, horrorizada de que siquiera pudiera pensarlo—. No .
—Bueno, conseguiste lo que siempre quisiste, Alice. Se casó con Guy. Y mira qué feliz la ha hecho.
—Richard...
Él se había alejado. De ella. De la misma manera que ella se había alejado de él demasiadas veces durante el matrimonio.
Si hubiera sabido cuánto dolía quizá no lo habría hecho tan a menudo.
Necesitaba que Richard la perdonara, que le hablara , que entendiera lo asustada que estaba; por lo que había hecho, por cómo reaccionaría Madeline y, sobre todo, por la posibilidad de que Madeline eligiera a Luke, se marchara de la India y se llevara a Iris con ella.
Se apretó los dedos fríos; el peso del terror le oprimía los huesos y los músculos.
No podía ni pensar en qué iba a hacer.
Y ahora Luke estaba llegando a la casa. No podía quitarle los ojos de encima.
El día anterior había estado demasiado cegada por el pánico para verlo con claridad, pero ahora lo veía.
Mientras lo hacía, y al percibir la vitalidad que emanaba —la calidez de su rostro atractivo (ese rostro que había creído enterrado bajo la tierra de Flandes), el color de sus rizos castaños, el ritmo de su respiración mientras apretaba los últimos pasos hacia el porche—, sintió que algo en ella se aflojaba, a pesar de todo.
Al final había llegado a quererlo a su manera.
Se había resistido con todas sus fuerzas pero él la había conquistado: con su corazón, su alegría y la forma en que siempre había hecho feliz a Madeline.
Recordó cómo había llorado cuando le había enviado el telegrama para comunicarle el nacimiento de Iris, llena de pena por lo que él estaba soportando y todo lo que se estaba perdiendo.
“Tu familia te está esperando”, le había escrito y lo único que había querido era que él regresara.
Se alegraba de que estuviera vivo. De verdad .
Pero todo había cambiado. Madeline e Iris habían seguido adelante con sus vidas.
¿Estaba tan mal que deseara que él se hubiera quedado lejos?
Luke golpeó a la puerta.
Alice se giró pero no hizo ademán de responder.
Sabía por qué había venido. Había estado esperando su llamada. ¿Acaso no había dicho Diana que le había mencionado al médico todo lo que ella, Alice, había ocultado?
No lo culpaba por querer confrontarla. Pero tampoco se sentía preparada para oír lo que él pudiera decir.
Estaba demasiado avergonzada para mirarlo a la cara.
Se quedó atrás mientras Ahmed lo hacía pasar como debía haber hecho el día anterior.
Por la confianza afectuosa con la que Ahmed saludó a Luke en urdu y la respuesta amistosa de Luke (era tan desgarrador volver a oír esa voz grave y vibrante), quedaba claro de qué lado estaba la lealtad de Ahmed y Alice no pudo evitar la conocida punzada de lástima por el pobre Guy, que realmente no se merecía quedar siempre en segundo lugar.
Y ahora Richard bajaba las escaleras con pasos apresurados. Alice se reclinó en el alféizar de la ventana mientras él también saludaba a Luke con un entusiasmo genuino que siempre había negado a Guy incluso después de haber aceptado a regañadientes el compromiso.
—Dios mío —exclamó—. Luke, Luke . Ven aquí...
Alice lo imaginó abrazándolo y dándole palmadas en la espalda.
—Richard —respondió Luke—, qué gusto verte.
—Es una maravilla tenerte de vuelta, querido muchacho.
Querido muchacho .
Alice cerró los ojos.
Ojalá ella fuera capaz de sentir una alegría tan pura. Pero Richard no estaba atrapado allí, en la India. Podía seguir a Madeline y a Iris si se marchaban. Siempre había podido seguirlas.
Richard invitó a Luke a desayunar. Para alivio de Alice, Luke declinó la invitación, alegando que no podía quedarse mucho tiempo.
—¿Has visto a Maddy? —preguntó Richard.
—Sí —contestó Luke y Alice tragó saliva. Incluso a través de la puerta, podía oír el amor en su voz; tan sincero como siempre.
Siguieron conversando. Alice, con la mano en la garganta, escuchó cómo Luke respondía las preguntas de Richard sobre lo que le había sucedido —la chaqueta perdida, la placa de identificación, la terrible tragedia de Fraser (“Oh”, se lamentó Richard con pesar, “Dios mío…”), cómo él, Luke, había recobrado el conocimiento en la carretera de Menin pero luego se había vuelto a desmayar— y le contaba que había regresado a la India a buscar a Madeline y a Iris.
—No voy a disculparme por eso.
—No esperaría que lo hicieras —le aseguró Richard.
El corazón de Alice dio un brinco cuando oyó que Luke preguntaba por ella. Pero Richard respondió que estaba indispuesta (lo que ella agradeció, avergonzada de su propia cobardía) y que con gusto le transmitiría el mensaje.
Cuando Luke dijo cuál era el mensaje y que no sería él quien mencionara la carta de Diana a Madeline, Alice se preguntó si lo habría imaginado.
—¿Estás seguro? —preguntó Richard con escepticismo.
—Completamente. —Luke explicó entonces que Maddy se había enfadado mucho cuando él le había contado que Peter, él mismo al borde de la muerte, había creído verlo de nuevo en Ypres—.
Alice es quien tiene que hablar con ella sobre eso —continuó—.
Y si no quiere, bueno… —se interrumpió—, también lo respetaré.
—No te sientas obligado —dijo Richard.
—No se trata de eso —precisó Luke—. Ya ha habido suficiente dolor. No quiero que esto se interponga entre ellas. No más de lo necesario.
Alice se dejó caer hacia atrás en el alféizar. Había estado esperando una furia rabiosa. El corazón le latía con fuerza ante la comprensión de Luke y la inmensa generosidad de su actitud. Casi se recompuso lo suficiente como para incorporarse y darle las gracias en persona.
Si él no se hubiera ido tan deprisa quizá lo habría hecho.
Quería creer que lo habría hecho.
—No te mereces esto —le espetó Richard cuando entró en el salón y la encontró—. Y más allá de lo que diga Luke, tienes que contárselo a Maddy. Se lo debes.
—Lo sé —musitó Alice.
—Hoy no —agregó Richard—. Ya tiene bastante en qué pensar.
—Eso también lo sé.
Richard la miró con frialdad.
—Supongo que ahora entiendo por qué tengo el placer de contar con Alf entre mis empleados.
Alice no intentó defenderse, no había defensa posible.
Y eso hacía que la bondad de Luke fuera aún más difícil de entender.
—No es difícil —soltó Richard con un desdén demoledor—. Ama a nuestra hija. —Otra mirada severa—. Eso es amor.
—Sé lo que es el amor —replicó ella y esta vez no pudo contener las lágrimas, porque le partía el corazón que él pudiera sugerir lo contrario.
—¿En serio? —dijo él con cansancio.
“Sí”, quería gritar, “lo sé. Es lo que siento por ti, por Madeline y por Iris...”.
Pero antes de que pudiera hacerlo, él se dio la vuelta y se marchó.
Era como si no pudiera soportar oírlo.
No le habló más esa mañana. Tampoco sugirió ir a misa.
Y aunque le abrió la puerta del coche cuando partieron a recoger a Madeline y a Iris para ir a almorzar, lo hizo en silencio.
Durante el corto trayecto hasta la casa de Guy mantuvo la mirada fija en la carretera arbolada y suspiró hondo cuando detuvo el coche.
Madeline salió a recibirlos. Parecía tan cansada como se sentía Alice; el vestido azul marino y el sombrero cloche acentuaban su palidez. Alice no alcanzaba a entender por qué había elegido ese color. No solía usar ropa oscura.
Quizás por su estado de ánimo.
Se preguntó si el encuentro con Luke no habría ido tan bien como él había esperado.
¿O era el hecho de estar de nuevo en esa casa lo que la alteraba?
“No”. Sacudió la cabeza mentalmente. “Deja de darle vueltas”.
“Te volverás loca”.
—Hola, cariño —saludó Richard a Madeline; el afecto en su voz contrastaba con la frialdad con que había tratado a Alice todo la mañana.
—¿Podemos no hablar de nada? —les pidió Madeline mientras lo abrazaba—. Iris no está bien otra vez y no quiero arruinarle otro día.
—Te lo prometemos —aseguró Richard.
—Por supuesto —añadió Alice, que de todos modos no tenía ninguna intención de sacar el tema. (Su antigua costumbre de guardar silencio cuando había demasiadas cosas de las que no se podía hablar).
—Gracias. —Madeline esbozó una sonrisa cansada.
Alice se esforzó por devolverle la sonrisa. Descubrió que tampoco le era posible mirarla a los ojos. El terrible secreto que había guardado y la perspectiva de tener que confesárselo se lo impedían.
En su lugar, se volvió hacia la casa.
—¿Dónde está Iris? —preguntó.
—Arriba, cambiándose —contestó Madeline—. Se manchó el vestido con leche.
—Iré a buscarla —se ofreció Alice y aprovechó la oportunidad para escapar de su culpa durante unos minutos.
—No hay prisa —le recordó Madeline mientras se marchaba—. Tenemos que esperar a los demás.
—Lo sé —respondió Alice.
—Mamá —la llamó Madeline a sus espaldas—, no menciones a Luke. Ya ha estado preguntando por qué no viene hoy y no quiero empeorar las cosas.
—No diré ni una palabra.
Y no pensaba hacerlo. Todo lo que quería, mientras subía las escaleras, era darle un abrazo a su nieta. Sentarla en su regazo y sujetarla fuerte; necesitaba ese consuelo más que nada.
Se asomó por la puerta de Iris y contempló el hermoso dormitorio que Guy había amueblado con tanto cariño.
Lo asimiló todo: los cuadros en las paredes, los juguetes en las estanterías...
y a Iris, en medio de todo eso, sin cambiarse, sentada en el suelo con su enagua y la lengua apretada entre los dientes mientras trataba de quitar la mancha de leche de su vestido con un trapo húmedo.
—Vamos a buscarte otro, ¿te parece? —aventuró Alice y casi se le quebró la voz al pensar que si Luke se salía con la suya, quizá nunca volvería a ayudar a esa niña con nada.
Hizo un esfuerzo por serenarse y fue hasta al armario a elegir un vestido.
“No menciones a Luke”, había dicho Madeline.
Pero fue Iris quien lo mencionó.
—¿Dónde está mi papá?
—No lo sé —contestó Alice con voz tensa.
—¿Te cae bien?
Alice examinó los vestidos.
—Sí, claro.
—¿Quiere llevarnos a mamá y a mí lejos de aquí?
El repentino temblor en la voz de Iris la paralizó.
“Sí”, tuvo ganas de gritar. “No dejes que lo haga, por favor”.
—¿Por qué preguntas eso? —respondió en vez.
—Me lo dijo Guy.
Alice se volvió y se detuvo en seco al ver la ansiedad en los grandes ojos azules. Llevada por un impulso, se acercó a su nieta y la estrechó en sus brazos, como había deseado hacer al subir las escaleras.
—¿Cuándo te dijo eso Guy?
—Anoche —precisó Iris—. Tuve una pesadilla. Mamá no vino.
El corazón de Alice dio un vuelco. Había estado con Luke. No cabía otra posibilidad.
—¿Guy intentó despertarla? —inquirió ahora con un esfuerzo consciente por mantener un tono de normalidad en la voz.
—No lo sé.
—¿Y le has contado a mamá lo de tu pesadilla?
—Guy dijo que no debía hacerlo.
Alice asintió.
—¿Y qué más dijo Guy?
—Que no dejaría que nadie me llevara a ningún sitio, que me encuentro a salvo y que debería decirle a mamá que eso es lo que quiero. —Alzó la vista hacia ella, con la carita ardiente contraída y llena de confusión—. Dijo que ella haría cualquier cosa por mí.
Alice cerró los ojos.
—¿Eso dijo?
—¿Lo haría? —quiso saber Iris.
—Sí —afirmó Alice—, por supuesto. Eso es lo que hacen las mamás.
—¿Entonces debería decirle que me quiero quedar aquí? —continuó Iris, con el labio inferior que le temblaba, al borde del llanto.
Alice vaciló antes de responder.
Luego la besó de nuevo y, despacio, como si las palabras surgieran por sí solas, le dijo lo que sabía que debía decirle.
—¿Me lo prometes? —preguntó Iris.
—Te lo prometo —aseguró Alice—. Pero debes hacer lo que te he dicho y no contarle nunca a tu mamá que Guy te dijo que hicieras esto.
—No lo haré —aseveró Iris con solemnidad.
—Buena niña —la felicitó Alice, ya medio tentada de retractarse de todo lo que acababa de decir. Pero era demasiado tarde. No podía dar marcha atrás. No ahora.
Siguió hablando, explicándole a Iris que recurriera a ella siempre que lo necesitara.
—Siempre te ayudaré, cariño.
Iris asintió.
Alice la abrazó con más fuerza.
“Esto”, se dijo a sí misma, “esto es amor”.