Capítulo treinta #2
Maddy se recostó contra él, le tomó los brazos y se rodeó con ellos.
Se quedaron así un buen rato mientras respiraban el aire denso de la noche y observaban el mar ondulante en silencio.
Por su parte, Maddy no podía evitar pensar en Guy y en lo que sentiría al ver destruida la familia que habían formado hacía tan poco.
A Iris también la afectaría mucho, estaba casi segura. Pero tenía que suceder, era inevitable.
—Peter me contó que te pusiste muy mal antes de la boda —deslizó él, interrumpiendo la ansiedad que la dominaba y como si le leyera el pensamiento—. Iba a decírtelo antes, en la casa. Ojalá no te hubieras casado.
—Tuve que hacerlo.
—Peter dijo lo mismo.
—Estaban todos en la ciudad —respondió ella, obligada a dar explicaciones—.
Había venido el virrey. No sé qué habría ocurrido con mi padre si la boda se hubiera cancelado.
En cuanto a Guy... —Calló de pronto al imaginar lo que eso habría significado para él y luego se sintió todavía peor, porque ahora no iba a ser muy diferente.
—Pasaron la noche de bodas en el Taj.
—Por favor, para.
—No puedo soportar ni pensarlo.
—Entonces no lo pienses —rogó ella—. Por favor, no pienses en eso.
—¿Cuándo hablarás con él?
—Pronto. Tiene que ser pronto. —Y porque llevaba toda la noche dándole vueltas pero no había logrado armarse de valor para preguntarlo, añadió—: ¿Cuánto tiempo puedes quedarte?
—Todo el tiempo que necesites para marcharte. —Ladeó la cabeza y la miró—. Por favor, que no sea demasiado.
El horizonte se fue iluminando poco a poco y pasó de un amarillo pálido al dorado del amanecer.
De mala gana, despacio, Luke caminó con ella de regreso a la casa.
No había ningún otro lugar adonde ella pudiera ir.
Alejarse de Luke parecía imposible. Lo besó sin prisa y sin soltarle las manos hasta el último segundo y le prometió que pasaría por su apartamento antes de que acabara el día.
—¿Se lo dirás a Guy?
—No lo sé.
—No quiero estar escondido, Maddy. No soporto que tengamos que ocultarnos.
—Yo tampoco. Pero tengo mucho miedo de herirlo…
—Esperar no lo hará más fácil.
Maddy suspiró en señal de asentimiento.
—Veré cómo está esta mañana y le diré lo que me parezca mejor.
Tenía toda la intención de hacer exactamente eso.
Su determinación creció con cada paso que dio por el sendero de entrada silencioso y bañado por la luz del amanecer.
“Esperar no lo hará más fácil”. Entró en el vestíbulo umbroso de la casa, dispuesta a subir derecho a la habitación de Guy para contarle, al menos, que había visto a Luke.
Pero una nota con la letra de Guy la esperaba sobre la mesa del porche. Frunció el ceño con el cabello suelto que le caía sobre los hombros y se inclinó para recogerla.
Mi querida Maddy: Tu habitación estaba en silencio y no quise despertarte.
Iris también duerme y espero que esté soñando con helado.
Me he tenido que ir a trabajar, pero avisé a tus padres y a Della para que nos encontremos en el Taj al mediodía.
Tu padre avisará a Peter. Nos vemos todos allí; espero que Iris pueda contener su entusiasmo y que tú hayas dormido bien. Te amo, mi querida, tu Guy.
Releyó las palabras, en parte aliviada por el respiro, pero sobre todo inquieta. “Tu habitación estaba en silencio”. ¿De verdad no había ido a comprobar que ella dormía?
Ella lo habría hecho en su lugar.
¿O se habría contenido y preferido no enterarse?
Se lo figuró frente a su puerta, pensativo, escuchando el sonido de su respiración, el crujido del colchón, esperando...
Cerró los ojos, con los párpados resecos por la falta de sueño e imaginó su expresión desolada al no oír nada, el dolor terrible que debió de sentir, la traición.
¿Era por eso que se había ido tan temprano al hospital? ¿Para no cruzarse con ella al volver?
La respuesta era casi con seguridad “sí”.
Maddy apretó la nota entre los dedos y revivió la felicidad de Guy durante los últimos meses: sus sonrisas, las risas compartidas con Iris y su alegría cuando ella había aceptado casarse con él.
Recordar todo el tiempo que él había estado solo antes de eso solo sirvió para aumentar su culpa.
“No voy a renunciar a nosotros”, le había dicho. Lo recordó ahora.
Y no lo haría, por supuesto; no renunciaría a ella ni a Iris. No sin dar pelea. Guy era un hombre bueno y amable pero también era inteligente, muy decidido y no le gustaba el papel de víctima.
Había sido una ingenua y una estúpida en pensar que la única dificultad iba a ser pedirle la anulación. A pesar de lo duro que sería, sobre todo porque él eludía hablar con ella, se dio cuenta de que había una perspectiva mucho peor: la posibilidad muy real de que él no consintiera a la anulación.
Con el miedo que le revolvía el estómago de solo pensar que Guy pudiera negarse a una anulación, Luke la observó desaparecer en el interior de la casa y deseó poder llamarla para que volviera.
Era injusto, muy injusto, verla marcharse a un lugar al que él no podía seguirla.
Si hubiera podido se habría quedado en esa playa para siempre.
Se detuvo un segundo más y revivió el momento en que se había dado cuenta de que era ella quien iba en el rickshaw .
Había tenido ganas de gritar, de atravesar el aire con el puño, aliviado, eufórico.
A pesar de todas las palabras tranquilizadoras de Peter, había significado...
todo... que ella no estuviera dentro con Guy sino fuera, buscándolo, tan desesperada como él.
Se pasó la lengua por los labios todavía sensibles. Aún podía sentir su beso. Podía oler su perfume. Seguía siendo exactamente la misma: su voz, su sonrisa, su risa y cada uno de sus gestos; cada segundo de todos esos años intentando recuperarla había valido la pena, y mucho más.
Lo haría todo otra vez si fuera necesario.
Se giró para alejarse de la casa, de sus ventanas oscuras, las plantas trepadoras y los balcones vacíos, incapaz de soportar la idea de que ella estuviera dentro ahora.
El coche de Guy no estaba en el sendero de entrada.
Eso lo reconfortó. Al menos por ahora no tendría que torturarse imaginando a Maddy con él, o a Iris conversando con él, con esa vocecita que todavía no conocía excepto en su imaginación.
Respiró hondo para tranquilizarse y se puso en marcha; no cuesta abajo, sino cuesta arriba, hacia la casa de los padres de Maddy.
Aunque lo que más deseaba era ir derecho a su apartamento (no había dormido desde que se había despertado en el barco la mañana anterior y estaba ansioso por dejarse caer sobre el colchón mullido, con la luz tenue del sol y la brisa del mar filtrándose a través de los postigos), primero tenía que ver a la madre de Maddy y contarle lo que no se había atrevido a admitir a Maddy: que siempre había sabido que Diana le había escrito en 1916 y que le decía que había visto a un hombre igual a él en el Quinto Hospital Militar.
“Yo misma habría vuelto”, había escrito Diana a Arnold junto con los recortes que ya había enviado.
“No habría dudado en hacerlo si Alice no hubiera estado tan segura de que era imposible que Luke estuviera vivo. Me hizo prometerle que no le daría falsas esperanzas a su esposa, Maddy. ¿Qué podía hacer? Confío en que no se me culpe por eso”.
Luke, por su parte, había culpado a más de uno.
Al principio.
Se había indignado con Alice. Había repasado una y otra vez los interminables días, meses y estaciones que había pasado sentado solo, esperando —con sus padres de luto, Maddy de luto— y había maldecido que nada de todo eso habría ocurrido si Alice hubiera hecho algo, si se lo hubiera contado a Maddy.
Al final fue Arnold quien lo hizo entrar en razón.
—¿Sabes cuántas cartas recibimos de familiares?
—le había explicado el médico—. Cientos, más de cientos, en las que nos suplican que les digamos que sus hijos o esposos podrían estar aquí.
—Sus ojos habían sido penetrantes detrás de las gafas—.
La esperanza —había agregado y señalado la carta de Diana—, esa falsa esperanza que preocupaba a Alice, es una tortura para ellos.
—Pero esto no era solo esperanza —había intentado argumentar Luke—. Yo estaba aquí.
—Alice no lo creyó —había respondido Arnold—.
No estabas reportado como desaparecido. No había presunción alguna .
Nadie sospechaba que el cuerpo de ese pobre chico no era el tuyo.
Te habían enterrado . Estabas muerto. Seguramente Maddy había recibido un telegrama junto con todas tus pertenencias y una carta de tu comandante...
—Pero Diana....
—Lo único que dijo fue que había visto a alguien que se parecía a ti. Solo eso. —Arnold había suspirado—. Me has contado cuánto ama Alice a Maddy, imagina lo difícil que debió haber sido para ella verla sufrir. —Hizo una pausa como para dar tiempo a Luke a reflexionar—. La estaba protegiendo.
—¿De mí?
—Del dolor que le hubiera causado venir aquí y descubrir que Diana se había equivocado.
—No se había equivocado…
—Pero Alice no lo sabía . Y no suelo apostar, pero apostaría fuerte a que ha pensado en eso todos los días desde entonces, preguntándose si hizo lo correcto.
Por supuesto Alice ahora sabía que no lo había hecho. Luke la había visto la tarde anterior en el jardín después de dejar a Maddy. Al verlo, el rostro de Alice había pasado del estupor al temor.
Por eso tenía que hablar con ella.
Atravesó los portones con los ojos entrecerrados por la luz del sol cada vez más intensa y sudando debajo de la camisa, y se encaminó hacia la casa.
Había hablado en serio cuando se lo había dicho antes a Maddy. No tenía ningún interés en hurgar en el pasado ni en recrear todos los escenarios posibles que nunca habían ocurrido. Se les había concedido una segunda oportunidad que millones de personas nunca tendrían; era un regalo, un privilegio.
Ahora lo único que importaba era lo que hicieran con ella.