Encuéntrame en Bombay Capítulo treinta
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Capítulo treinta

Maddy no volvió a casa de Guy esa noche.

Después de que ella y Luke cayeron rendidos uno contra el otro, sin aliento, la cabeza de él contra el cuello de ella y la mejilla de ella contra el cabello de él, “estás aquí”, bajaron despacio y con los dedos entrelazados hasta la playa; las arenas blancas y silenciosas a las que la había llevado en su primera cita y donde ella había llorado por él cada Año Nuevo.

—Odio pensar que hayas hecho eso —dijo él y la estrechó contra sí.

—Peter me acompañaba —respondió ella.

—Ojalá hubiera sido yo en vez de él.

Ambos lo deseaban.

Se sentaron bajo las palmeras hasta el amanecer, sin soltarse en ningún momento.

Maddy sabía que no debía quedarse, que Guy se preocuparía si se despertaba y no la encontraba en la casa, pero estaba en los brazos de Luke, podía sentir el ritmo de su respiración y nada, ni siquiera la idea del dolor de Guy, podía obligarla a marcharse.

Hablaron de muchas cosas. Él le pidió que le contara más sobre Iris.

—Cada detalle. Quiero saberlo todo. No dejes nada.

—Eso va a llevar un poco de tiempo.

—Tengo tiempo —aseguró él—. ¿Cómo era de bebé? ¿Dormía?

—No durmió durante meses —afirmó Maddy y continuó, reviviendo cada recuerdo: los primeros pasos, las primeras palabras, lo que la hacía reír, llorar, sus comidas favoritas; todo.

Luke no apartó los ojos de ella mientras hablaba y ella observó cómo se movían, hambrientos, impacientes, insaciables por saber más.

—La amo —declaró él—. No la conozco, pero siempre la he amado. Muchísimo.

—Ella te amará muchísimo también.

—Hace un rato la asusté. Corrió hacia Guy. —Intentó que su voz no delatara su dolor pero ella lo percibió.

Odiaba eso; odiaba que todo hubiera sucedido así.

—Tiene seis años —le recordó— y ya estaba alterada antes de que aparecieras. La fiesta fue un desastre. —En un impulso por hacerlo sentir mejor, levantó una mano, le tocó el rostro y sintió el calor aún increíble de su piel—. Te amará —repitió.

—Le traje de regalo un botiquín de médico. Fue idea de mi madre...

—Gracias a Dios por tu madre —exclamó Maddy—. No más muñecas.

Le preguntó cómo habían reaccionado Nina y su padre cuando habían descubierto que estaba vivo y él le contó que los había sorprendido en su casa un domingo, tres semanas atrás.

—Se nota que te gustan las sorpresas —comentó ella.

—Quería que se enteraran por mí —precisó mientras le acariciaba el brazo con los dedos—.

Fue tan... extraño estar en la casa. Todo estaba exactamente como lo recordaba.

El jardín, la puerta de entrada, las gaviotas en el tejado...

Como siempre. —Contempló el mar negro mientras recordaba—.

Mi madre estaba en la cocina, sentada en una silla y mirando el armario que se suponía que yo debía haber arreglado.

—Sé lo del armario.

Él sonrió. (Esa sonrisa).

—¿Te lo contó?

—Dijo que estabas borracho cuando intentaste arreglarlo.

Luke rio.

A Maddy le encantaba su risa.

—Como sea —continuó él—, no me oyó entrar. Y entonces le pregunté: “¿Por qué no me dejas arreglarlo como es debido?”. Dios mío, la cara que puso… —Su sonrisa pareció extenderse por todo su cuerpo—. Deberías haberla visto, Maddy.

—Ojalá lo hubiera hecho.

—Y luego entró mi padre —prosiguió— y bueno, fue... increíble.

—Supongo que no querían que te marcharas. —Maddy trató de imaginar cómo sería dejar ir a Iris si acabara de recuperarla de esa manera.

—Sabían que debía hacerlo. —Se puso serio de nuevo—. Tenía que venir, Maddy.

—Por supuesto que tenías que venir.

De eso no había ninguna duda.

Hablaron de la guerra, desde luego, de lo que le había ocurrido a él, a ella, a tantos otros, entre ellos Fraser Keaton, el dulce y joven Fraser, a quien Luke había cubierto con su chaqueta y que había estado enterrado todo ese tiempo con la placa de identificación de Luke y su fotografía, una confusión más que comprensible dadas las circunstancias.

—Fui a ver a su familia —contó Luke— justo antes de zarpar para aquí. Fue horrible, más que horrible. —La miró con fijeza—. Sus padres estaban tan... agradecidos por fin de saberlo. Les mentí, les dije que había sido rápido.

—Yo habría hecho lo mismo —murmuró ella con los ojos húmedos por el dolor de esos padres.

También hablaron de Ernest, que seguía en el Quinto Hospital Militar a la espera de ser trasladado a su próximo centro de cuidados. Del tormento de pensar en lo cerca que había estado Peter de ver a Luke cuando había visitado a Ernest tres meses antes de que Luke llegara a ese hospital en 1915.

—No puedo ni pensar en eso —admitió Maddy—. Me volvería loca si lo hiciera.

—Peter creyó verme, ¿sabes? —señaló Luke—. En la carretera de Menin, después de que me hirieron. —Frunció el ceño—. Me lo contó ayer.

Maddy tardó un segundo en asimilar lo que había escuchado. Cuando lo hizo y recordó todas las veces que Peter había jurado que no había ninguna posibilidad de que Luke estuviera vivo, se quedó inmóvil, desconcertada e incrédula.

—¿Te vio ?

—Creyó verme —la corrigió Luke—. Supuso que fue una alucinación por la pérdida de sangre. —Dejó escapar un suspiro breve—. Tal vez lo fue. En cualquier caso tu marido ayudó a convencerlo.

—¿Guy lo sabía? —preguntó Maddy—. ¿Guy? —Se sentó más erguida y el desconcierto se convirtió en ira—. Nunca dijo nada. Ninguno de los dos dijo nada .

—Peter se odia por eso.

Estuvo a punto de responder “y con razón”, pero se contuvo justo a tiempo. Recordó el dolor de Peter cuando había regresado a la India, su rostro pálido y devastado por el sufrimiento cuando le había hablado de la muerte de Luke. “No me hagas contarte lo que vi”.

—Siempre estuvo convencido de que habías muerto.

—No lo culpo —dijo Luke—. Por el estado en que quedó después de que explotó ese proyectil… —Sus ojos se oscurecieron al recordarlo—. No podrías ni imaginártelo —añadió y sacudió la cabeza—. Y preferiría que no lo intentaras.

Maddy lo miró y, de todos modos, lo imaginó.

—Aun así debería habérmelo dicho —insistió—. Guy debería habérmelo dicho.

—Guy habría visto más muerte que el resto de nosotros. Allí fuera lo que parecía imposible era la vida —argumentó él.

—¿Lo estás defendiendo?

—No es eso —replicó con una sonrisa forzada—, créeme. Pero no creo que haya tenido malas intenciones.

—¿Y qué me dices de Diana?

Luke enarcó una ceja.

—¿De verdad tenemos que hablar de ella?

—Me gustaría saber por qué no me escribió cuando te vio la primera vez —explicó Maddy y, mientras hablaba, se dio cuenta de hasta qué punto la mortificaba eso—. Habría viajado, me habría arriesgado a los submarinos.

—Bueno, me alegro de que no lo hicieras.

—En serio, Luke. —Se incorporó hasta quedar de rodillas frente a él—. Siempre ha sido una chismosa, ¿por qué iba a guardarse algo así?

Luke se encogió de hombros y sacudió la cabeza con una despreocupación que a ella le costaba entender.

—No lo sé.

—¿No estás enfadado con ella? Yo sí lo estoy...

—Se nota.

—Es más, voy a hablar con ella.

—No —le pidió—. Por favor, no. ¿De qué serviría?

—Quizás me haga sentir mejor…

—¿Hablar con Diana? —soltó él y le arrancó una sonrisa—. Por favor —agregó y se acercó a ella—, déjalo así.

—Pero todos estos años —dijo Maddy y volvió a sentir el escozor de las lágrimas pese a su sonrisa— de tanta tristeza por lo que podría haber sido. Parece tan… innecesario.

—Pero ya está hecho —afirmó él—. Todo ha terminado.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

—No lo estoy —le aseguró—. No lo estaba esta tarde cuando te vi en el jardín.

—Entonces...

—He tenido tiempo —explicó—, semanas para asimilarlo. —Su mirada se clavó en la de ella, tan viva, tan suya—. Perdí el control esta tarde pero luego recordé.

—¿Recordaste?

—Por qué vine —precisó—. Y todos los años que aún nos quedan. —Apoyó la frente contra la de ella—. Lo que importa es lo que pasa ahora.

—Sabemos lo que pasa ahora —replicó ella—. Empezamos de nuevo tú, yo e Iris.

—No es tan sencillo.

—¿Por qué? —preguntó ella y se apartó—. ¿Por qué no?

—Porque estás casada.

—Contigo —saltó—. Estoy casada contigo.

—No —dijo él—, con Guy.

—Me casé contigo primero —protestó ella, pero incluso mientras lo hacía, recordó lo que él le había dicho antes, junto al portón de la casa de Guy. “Me da miedo lo que has hecho” y sintió cómo el miedo volvía a apoderarse de ella—. Luke —insistió—, estamos casados .

—Yo estuve muerto.

—No —objetó—, no estuviste muerto.

—Sí, legalmente, sí. Fui a ver a un abogado antes de irme. —La miró con fijeza—. Guy es tu marido, no yo.

—No. —Maddy sacudió la cabeza—. No, no puede ser cierto.

El dolor que reflejaban los ojos y el rostro de Luke le decían que sí, que lo era.

—Dios mío —murmuró y se llevó la mano a la cabeza en un esfuerzo por tratar de asimilarlo.

Tenía náuseas y temblaba de miedo porque no veía una salida.

Un divorcio llevaría años. Y para eso tenían que estar casados al menos tres.

Y además Guy tendría que demandarla por adulterio, ya que ella no podía divorciarse de él a menos que él hubiera cometido un delito.

Todo el asunto acabaría en un largo proceso judicial y la pobre Iris…

—No tiene por qué ser un divorcio —precisó él y le tomó la mano—. Podemos pedir una anulación.

—¿Una anulación? —repitió ella—. ¿Eso es mejor?

—Más rápido y al parecer menos público, pero Guy tendrá que dar su consentimiento.

—Entonces se lo pediré —soltó ella y las náuseas se intensificaron de solo pensarlo.

—¿Estás segura?

—Por supuesto que estoy segura. —Por mucho que le aterrorizara, nunca había estado tan segura de nada. Se giró y contempló el mar, el horizonte que había soñado cruzar miles y miles de veces—. Quiero que volvamos a Inglaterra —continuó—. Nunca he dejado de fantasear con tu casa en Richmond.

—Ahora es tu casa. La heredaste.

—Nuestra entonces.

—Tengo entendido que te negaste a venderla.

—Estaba esperando a que repuntara el mercado —explicó y sonrió, a pesar suyo, cuando él la atrajo hacia sí y la besó de nuevo; durante esos breves segundos todas las preocupaciones se disiparon.