Capítulo veintinueve
Estaban cortando el césped esa mañana. Bajo el sol de la primavera, los jardineros empujaban las cortadoras de un lado a otro de las pendientes del jardín, dejando a su paso franjas claras y oscuras.
El aroma de la hierba recién cortada se colaba por las ventanas y llenaba la habitación de dulzura; la promesa del verano que se acercaba.
Había estado escribiendo; lo sabía por el bloc de notas sobre la mesa frente a él.
La página estaba a medio llenar; la inclinación regular de la letra le hacía suponer que debía ser suya, aunque no recordaba haber tomado un lapicero.
Y, sin embargo, tenía uno en la mano. Giró los dedos, curtidos por la edad, y miró el objeto delgado y cilíndrico en su palma con el ceño fruncido.
Bajó la vista hacia las palabras que había escrito y frunció aún más el ceño.
Esa noche entre los árboles fue una de las noches más felices y a la vez más tristes de mi vida. Por un momento olvidé mi miedo, mis celos atroces. Te creí cuando dijiste que siempre estarías conmigo. Confié de verdad en que nunca volvería a perderte.
Pero me equivoqué. Tú te equivocaste.
Hoy es uno de mis días lúcidos. Lo recuerdo todo, ¿sabes?, cada parte de nuestra historia. Ojalá fuera siempre así, salvo que, si pudiera, olvidaría el final.
La parte en la que me dejaste.
Ojalá nunca lo hubieras hecho, Maddy. Hay tantas cosas que desearía haberte dicho. Necesito que sepas que...
Miró la frase truncada, incapaz de recordar qué iba a escribir a continuación.
O quién era Maddy.
Era importante. Lo sabía por las palabras que había escrito.
Además lo sentía . Cerró los ojos y se esforzó por recordar quién era ella, qué había significado para él pero no, nada , su mente permanecía en blanco.
Apretó el lápiz con tanta determinación, con tanta frustración, que estuvo a punto de partirlo, pero no sirvió de nada.
Allí donde deberían estar las últimas décadas de su pasado no había más que oscuridad.
Un vacío horrible que se extendía hacia atrás y más atrás, a cuando había sido un joven paciente en otro hospital: un soldado con uniforme azul de convalecencia.
En aquella época escribía diarios. Lo recordaba.
Podía verlos en los estantes de su habitación con tanta nitidez como si los hubiera dejado allí ayer.
¿Acaso ya entonces había estado persiguiendo recuerdos?
Creía que sí. Sabía que al final había quemado esos diarios; él y Arnold lo habían hecho juntos y habían brindado con whisky frente al fuego.
¿Qué había sido de Arnold?
No lo sabía.
¿Y quién, quién era Maddy?
Temblando, con una desorientación nauseabunda que le resultaba a la vez familiar y por completo ajena, arrojó el lápiz sobre el bloc de notas y los empujó a un lado.
—¿Otra carta? —Una de las enfermeras, una joven con pecas y voz tranquila, se asomó por encima de su hombro y leyó sus palabras. Luego sonrió, pero con una tristeza que opacó la sonrisa.
—¿Quién es Maddy? —preguntó él y la firmeza en su propia voz lo sorprendió, porque se sentía todo lo contrario a fuerte.
Ella no respondió, pero se mordió el labio como si no supiera si debía decirlo.
—Por favor.
—Era su esposa —contestó ella despacio y él percibió su indecisión.
—¿Era?
Pero la joven enfermera se negó a decir más. Dobló la carta y la guardó en el bolsillo de su delantal; tampoco quiso contarle qué había ocurrido con la mujer que, al parecer, había sido su esposa o cuánto tiempo llevaba él viviendo en ese lugar.
—Tiene que decírmelo —insistió y, para su vergüenza, la voz le empezó a temblar.
—No queremos que se altere otra vez —explicó ella en tono tranquilizador.
—¿A qué se refiere con otra vez?
—Déjelo así por ahora. Emma llegará en cualquier momento.
—¿Emma? —repitió con el corazón ahora acelerado. ¿Quién era Emma?
—Sí —precisó la enfermera—, Emma Lytton. Su buena amiga. Tenga paciencia, ella se lo explicará todo.