Capítulo veintiocho #4
Sin embargo, cuando llegó al antiguo apartamento de Luke y lo encontró tan cerrado y abandonado como siempre, se derrumbó.
Observó las ventanas cerradas, la puerta con candado y ni siquiera intentó contener las lágrimas.
Llevaba horas reteniendo el llanto, agotada por la búsqueda desesperada y con el tobillo dolorido.
Los sollozos la desbordaron. Mientras intentaba ahogarlos, se dejó caer sobre los escalones que él también había tocado, con la cabeza entre las manos, deseando tantas cosas y, sobre todo, deseando haber corrido hacia él cuando lo había visto en el porche y haber impedido que se fuera.
“¿Dónde estás?”, repitió una y otra vez entre sus palmas. “¿Dónde te has ido ahora?”.
No supo cuánto tiempo permaneció allí, indiferente al paso del tiempo y al silencio paulatino que fue apoderándose de las calles a su alrededor conforme avanzaba la noche.
Al cabo de un rato, sin embargo, sus sollozos cedieron y se le agotaron las lágrimas.
Al final siempre era así. Se puso de pie con dificultad, presionó las yemas de los dedos contra la piel hinchada de sus pómulos y se alejó con paso inseguro por el dolor en el tobillo.
No fue consciente del viaje de regreso. Supuso que debió encontrar otro rickshaw y pagarle al wallah para que la llevara a casa de Guy, porque de pronto se encontró en el portón de entrada.
Dio las gracias al conductor, hurgó en su bolso en busca de rupias, le pagó de más (lo dedujo por las cejas enarcadas del hombre) y, exhausta, se bajó en el borde suave de la carretera antes de que el rickshaw s e alejara.
No se dio cuenta de que no estaba sola.
Iba a atravesar el portón y no vio que él esperaba detrás de ella, al otro lado del camino, donde la selva bajaba hacia el mar.
Cuando oyó su voz, esa voz que no había oído en tanto tanto tiempo, pero que era profunda, cálida y tan de él, tan suya , se sobresaltó.
—Hola, señorita Bright.
Maddy contuvo el aliento y se giró.
Luke estaba de pie, tal como había estado en la terraza: con las manos en los bolsillos y la mirada fija en ella. La oscuridad y las sombras lo envolvían, apenas una silueta bajo las hojas, pero respiraba, estaba vivo, era real. Real .
Los ojos irritados de Maddy se empañaron de nuevo; después de todo, sus lágrimas no se habían agotado.
—Ojalá todavía lo fuera —consiguió responder.
—¿No la señora Devereaux?
—Ella también —pronunció con la voz quebrada.
Se quedaron quietos un segundo más. Y entonces ambos se movieron, con rapidez, con urgencia.
Ella se hundió en sus brazos, tal como había anhelado hacer cada día y cada noche desde que él se había marchado en 1914.
Se aferró a él, sin acabar de creer que eso fuera real, lo estrechó con más fuerza y respiró su calor, su contacto, su olor a jabón y a cigarrillos...
Sintió los brazos de él que se ceñían a su alrededor, la firmeza de su espalda bajo la camisa, el ritmo de cada uno de sus latidos.
Luke la estrechó más cerca aún, como si no pensara soltarla nunca.
Maddy no quería que la soltara nunca. Se estiró y lo besó entre lágrimas, maravillada de que él le devolviera el beso y sin poder evitar que el llanto la sobrepasara al comprender que, pese a haber creído durante años que estaba vivo, en realidad había renunciado a la esperanza de que volviera.
Pero había vuelto, había vuelto y ella lo había echado tanto tanto de menos.
—¿Dónde estabas? —preguntó él.
—¿Dónde estabas tú ? —replicó ella.
Una sonrisa cruzó el rostro de Luke. Esa sonrisa que ella amaba.
—Tú primero.
—Te he estado buscando —explicó ella—. Se suponía que Peter iba a llamar…
—No lo dejé —la interrumpió, con los ojos perdidos en los de ella—. Necesitaba tiempo. Fui a los muelles y volví a alquilar mi antiguo apartamento…
—Acabo de estar allí.
—Y vine aquí. He estado mirando las ventanas de Guy imaginándote dentro.
—No lo hagas —le pidió ella y se acercó para besarlo de nuevo—, por favor, no lo hagas.
Él se apartó, con los labios a pocos centímetros de los de ella.
—Tengo miedo de lo que has hecho. Te necesito, Maddy. Necesito lo nuestro.
—Yo también necesito lo nuestro.
—Peter me dijo…
—No —exclamó ella y esta vez lo obligó a besarla—. No quiero hablar de Peter. No quiero hablar.
Lo único que quería era sentir sus caricias, su piel, su calor, convencerse de que de verdad estaba vivo y quedarse con eso, solo con eso.
Lo empujó con suavidad hacia la selva, hacia la invisibilidad. Percibía la vacilación de él, su aprensión, “tengo miedo”, y lo besó con más intensidad, temerosa de ese miedo.
—Por favor —le rogó—, por favor. —Y exhaló al advertir que él cedía y dejaba de resistirse.
Luke la levantó en brazos, la apoyó contra un árbol y le besó la garganta y la clavícula, como si necesitara convencerse de que ella también era real.
—Estoy aquí —murmuró ella—, tú estás aquí.
—Estamos aquí.
Maddy echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos hinchados y se olvidó de la casa oscura que se erguía a menos de cien metros. Sintió las manos de Luke que se deslizaban por su cintura y sus muslos, y se perdió por completo en el vértigo de sus caricias, de su mera existencia .
No pensó en Guy.
No lo imaginó en la cama, dormido y ajeno a todo, tan confiable, tan bueno, tan gentil y tan amable.
Se aferró a Luke, le repitió cuánto lo amaba y lo escuchó decir lo mismo y se obligó a no pensar en las veces en que Guy había pronunciado las mismas palabras.
Y también en sus palabras más recientes: que ella era su esposa e Iris su hija.
“No voy a renunciar a nosotros”.