Capítulo veintiocho #2
—Peter dijo que llamará por teléfono —le informó su padre aprovechando un momento en el que Guy estaba distraído en los jardines, sonriendo con expresión heroica y despidiéndose de todos los invitados, a pesar del evidente impacto que había sufrido y del cansancio que parecía envejecerlo minuto a minuto—.
Lo hará en cuanto pueda. —Richard la estrechó en un abrazo breve—. Hablé con él antes de que se fuera.
—¿Lo prometió? —preguntó Maddy.
—Lo prometió.
Maddy asintió con la cabeza ahora un poco más tranquila.
No contó a Guy sobre la llamada ni sobre la ansiedad con que la esperaba.
A pesar de su estado de conmoción, alcanzaba a percibir la vulnerabilidad en sus ojos y el color ceniciento de su rostro, de modo que hizo a un lado el torbellino de sus propias emociones y se compadeció de su miedo. No podía lastimarlo más.
Pero pasó toda la tarde sentada en el asfixiante salón de sus padres con el oído atento al timbre del teléfono y los puños apretados en anticipación.
Nadie habló demasiado. Sus padres intercambiaron una conversación tirante pero lo hicieron en el pasillo; Maddy advirtió sus rostros tensos pero no escuchó lo que hablaron.
Después de eso su madre permaneció muy callada, con expresión contrariada, y Maddy se preguntó si habrían estado discutiendo sobre con cuál de sus maridos debería seguir casada.
“Dios mío”, pensó y tragó saliva. “Tengo dos maridos”.
“Dos”.
—Mamá —se quejó Iris, retorciéndose en su regazo—, me estás apretando demasiado.
—Perdón —respondió y se obligó a aflojar los brazos—. Perdón.
Esperó a que Iris le preguntara por Luke.
Pero no lo hizo. No volvió a hablar de su papá en la fotografía, se limitó a chuparse el dedo con aire ausente quizá pensando en él, quizá preocupada por su malogrado cumpleaños y, por fin, cayó en un sueño pesado y sudoroso, lo que al menos dio a Maddy una excusa válida para no volver a casa de Guy.
—Puedo llevarla en brazos —ofreció Guy.
—No quiero que se despierte —contestó Maddy.
—Mejor no —intervino Della, que había enviado a sus hijas a casa con Jeff tan pronto como se había enterado de lo que había pasado y estaba al tanto sobre la llamada que esperaban.
Cada vez que Guy se alejaba lo suficiente para no oír, ya fuera para servir más agua a Maddy o buscarse un brandi (reconfortante), Della susurraba a Maddy lo mal que se sentía.
—Pensar que me pasé todo este tiempo diciéndote que estaba muerto.
—No lo sabías.
—Me odio por eso. ¿Qué demonios vas a hacer ahora?
Maddy no tenía ni idea.
Estaba segura de que no lo sabría hasta ver a Luke.
Pero las tres se hicieron las cuatro, nadie excepto Della intentó siquiera mencionar lo que había ocurrido —y mucho menos Guy— y ningún sonido alteró el silencio cargado y agobiante.
Maddy sentía las miradas escrutadoras de sus padres pero no se atrevía a mirarlos a los ojos por miedo a que le preguntaran algo más que no sabría responder.
Su madre, que al parecer no le dirigía la palabra a su padre (o quizá fuera al revés), servía tazas de té sin parar.
En determinado momento anunció que iría a buscar unos sándwiches pero nunca lo hizo.
Della comentó que era una pena que la fiesta no hubiera salido mejor y sugirió que le celebraran otro cumpleaños a Iris al día siguiente.
Guy apoyó la idea y luego preguntó a Maddy si no sería mejor despertar a Iris si querían que durmiera esa noche.
—Dejadla —sugirió Richard—, necesita descansar.
Cuando por fin se despertó, Maddy sintió alivio al ver que había vuelto a ser la de siempre: se bajó de su regazo, bostezó, se estiró y dijo que tenía hambre. La siesta la había dejado como nueva. (Ojalá todo pudiera arreglarse con tanta facilidad).
—¿Es la hora del té? —preguntó.
—Sí, pequeña —respondió Della.
—¿La hora del té? —repitió Maddy y consultó el reloj. “¿Las cinco?”. ¿Cómo era posible que ya fueran las cinco?
—Será mejor que me vaya para casa —anunció Della con pesar—. Las niñas deben estar haciéndole la vida imposible a Jeff.
—Nosotros también tenemos que irnos. —Guy se puso de pie sin admitir resistencia esta vez y tomó a Iris de la mano.
—De acuerdo —dijo Richard, con un gesto hacia Maddy como para indicarle que la llamaría si había alguna novedad.
Ella no estaba segura de que su padre esperara que la hubiera, ya no; el ceño fruncido lo delataba.
Maddy tampoco lo esperaba ahora que había visto la hora y se había dado cuenta de cuánto tiempo había transcurrido desde que Peter y Luke se habían ido.
La aterrorizaba todo el tiempo que había pasado.
¿Qué había impedido a Peter ponerse en contacto?
—Vamos, mi querida —la urgió Guy, ajeno al pavor que la atenazaba—. Cenaremos algo y nos acostaremos temprano. Si es que esta princesita nos deja.
—No tengo sueño —protestó Iris.
Por supuesto que no tenía sueño. Descansada por la siesta (y aliviada, creía Maddy, por haber dejado atrás su fiesta fallida), no paró de hablar en todo el camino de regreso a la casa: del dragón de juguete que Peter le había regalado, de cuándo podría abrir el resto de los regalos y de cómo pintaría una tarjeta para Suya y los demás para decirles que sentía que no hubiera habido tarta, lo que hizo imposible que Maddy intentara hablar con Guy y, mucho menos, pensar en qué podría decirle.
Al igual que antes en el salón de sus padres, esperó ansiosa a que Iris mencionara a Luke, que preguntara...
cualquier cosa... sobre él. Pero no lo hizo.
Era como si hubiera decidido olvidar que él había aparecido.
Maddy casi deseó que tocara el tema incluso frente a Guy.
Le dolía que hasta Iris fingiera que Luke no importaba. Importaba. Importaba muchísimo.
Tenía que verlo. No podía esperar ni un momento más.
¿A cuántos sitios podían haber ido él y Peter?
“No muchos”, se dijo a sí misma mientras seguía a Guy e Iris al interior de la casa.
Iría a buscarlo en cuanto acostara a Iris.
Guy entendería que necesitaba hacerlo. Sí, claro que lo entendería. Por supuesto .
Aunque también lo odiaría, imposible pretender lo contrario. La voz de Maddy estaba cargada de aprensión cuando pidió a Iris que fuera al cuarto de juegos para que ella y Guy pudieran hablar de cosas de adultos.
Se preguntó si él la habría oído, si se daba cuenta de lo que se avecinaba.
Supuso que sí y que por eso la desautorizó cuando insinuó que Iris podía quedarse un rato más.
—Es su cumpleaños. Cenemos juntos esta noche.
—¿En serio? —preguntó Iris, con los ojos abiertos de entusiasmo—. ¿Puedo cenar con vosotros?
—Te gustaría, ¿no? —Guy soltó una risa forzada; ella no tenía recuerdo de haberlo oído reírse así.
—¿Puedo tomar champán? —presionó Iris.
—Quizás mejor un refresco de lima —concedió Guy y se volvió hacia Maddy—. ¿Qué te parece? Solo por esta vez.
—Por favor, mami —rogó Iris, que por primera vez en el día parecía estar disfrutando de su cumpleaños—. Por favor .
Maddy vaciló, a punto de decir que no, pero Iris parecía casi no respirar de la emoción después de tanto llanto. ¿Cómo podía arruinarle ese momento? “Es su cumpleaños”. Además si lo hacía quizás lo único que lograría sería que se resintiera con Luke.
Cenaron en el porche, a la luz de los faroles de aceite.
Iris, con la servilleta en el regazo, no pudo ocultar su satisfacción durante toda la cena y Guy, cuyos párpados se volvían cada vez más pesados por el cansancio, hizo un gran esfuerzo, se disculpó varias veces con Iris por haber invitado a todos sus amigos a su fiesta y preguntó si podían celebrar otra fiesta al día siguiente como había sugerido Della.
—Me escaparé del trabajo a la hora del almuerzo; podemos ir a tomar un helado al Sea Lounge.
—¿De veras? —Iris miró a Guy y después a Maddy, como para comprobar que había oído la increíble propuesta.
Maddy, que había oído perfectamente bien, se sentía cada vez más irritada.
Guy no era tonto; debía sospechar que Luke (dondequiera que hubiera ido) podría querer ver a su hija al día siguiente.
Ahora bien, si pedía verla ( pedir ver a su propia hija; le partía el corazón), Iris no querría.
Igual que con esa cena, era casi como si la invitación estuviera pensada para excluir a Luke.
No era justo que Guy intentara ganarse a Iris de esa manera. Nada de eso era justo.
—De veras —aseguró Guy a Iris—. ¿Se lo decimos también a Emily y a Lucy?
—Sí —exclamó Iris y se trepó a su regazo—, sí, por favor.
Guy la besó en la cabeza.
Como en respuesta a una señal, el criado apareció a regañadientes con la tarta de chocolate que el cocinero debía de haber enviado desde la casa de sus padres: espléndida y con las seis velitas.
Iris se inclinó sobre ellas, con su carita radiante iluminada por el resplandor y las apagó de un soplo.
Guy la animó a que pidiera un deseo y ella cerró los ojos y movió los labios en silencio.
—¿Qué pediste? —Maddy tuvo que hacer un esfuerzo para hablar.
—Si te lo digo —contestó Iris y sonrió a Guy, no a ella—, no se cumplirá.
“Dímelo”, quiso decir Maddy, presa de la desagradable corazonada de que tenía que ver con cuál de sus dos padres le gustaría quedarse, “creo que prefiero que no se cumpla”.
Eran pasadas las nueve cuando la interminable cena llegó a su fin.
De alguna manera, Maddy consiguió convencer a Iris de que estaba lo bastante cansada para irse a la cama y la llevó arriba.
La bañó tan rápido como le permitió el afán de Iris por jugar a un “té de cumpleaños” con el agua de la bañera, le leyó un cuento corto y la acostó.
Durante todo ese tiempo, Iris guardó un silencio inquietante sobre el tema de su papá en la fotografía.
Maddy tuvo que recurrir a un esfuerzo de voluntad para no mencionarlo.
No podía ni quería forzar las cosas con Iris.