Capítulo veintiocho
Luke dejó el porche antes de que ella pudiera moverse para detenerlo y desapareció sin decir una palabra.
Fue desgarrador, casi como si nunca hubiera estado allí.
De alguna manera la fiesta continuó: el mago hizo sonar su trompa, la gente aplaudió y rio, los ponis relincharon, todos indiferentes al cambio que acababa de producirse en el mundo.
Maddy era apenas consciente de que debería sentirse aliviada de no haber estado frente a un público numeroso, pero en lo único en lo que podía pensar era en que Luke estaba vivo, estaba vivo y ella lo había dejado ir.
Tenía que ir a buscarlo.
Con las piernas temblando por la urgencia, se dispuso a ir tras él.
Pero entonces oyó “mami” y la voz de Iris atravesó el calor y el ruido del jardín y la detuvo en seco. La única voz que podía haberlo hecho.
Maddy se volvió. Iris corría hacia ella con expresión angustiada.
Al ver el pánico en su rostro y la confusión en sus ojos azules, Maddy se olvidó de sí misma y sintió una punzada de vergüenza por haber estado a punto de dejarla sin decir nada.
Se dejó caer sobre el césped, abrió los brazos estremecida y estrechó el cuerpito tembloroso.
—¿Por qué lloras? —preguntó Iris.
—No estoy llorando —respondió y se mordió el interior de las mejillas para evitar seguir haciéndolo.
—Ese señor se parecía a mi papá en tu foto.
—Lo era —contestó Maddy, y lo imaginó ya a mitad del sendero de entrada, mirando por encima del hombro y preguntándose por qué ella no había sentido el interés suficiente como para seguirlo—. Tengo que ir a buscarlo, Iris…
—No, mami, no. —Iris se aferró con fuerza a ella—. Quédate conmigo.
—Solo tardaré unos minutos.
—No.
—Ven conmigo —sugirió Maddy, desesperada.
—Quiero que te quedes aquí —insistió Iris.
—Entremos en la casa. —Era la voz de Guy, que se había acercado a ellas. ¿En qué momento lo había hecho?
—Guy —comenzó ella y se volvió de nuevo hacia el espacio vacío que había dejado Luke—, tengo que…
—No —exclamó Iris y la apretó con más fuerza.
—Entremos —interpuso ahora Richard, que también apareció de repente, con el rostro tenso debajo del sombrero de papel y con una Alice angustiada a su lado.
“¡No quiero ir adentro!”, estuvo a punto de gritar Maddy. Fue Iris, pegada a ella como un imán, lo que la contuvo.
—No pienso soltarte —declaró Iris por si quedaba alguna duda.
Maddy respiró hondo, dispuesta a suplicarle. Pero antes de que pudiera hacerlo, Iris empezó a llorar también.
—Iris —dijo Maddy con angustia—. Iris, no tienes por qué...
Pero Iris no se calmaba, nadie conseguía hacerlo.
Maddy estaba segura de que no se trataba solo de Luke.
Había estado intranquila durante todo el día y el ataque de llanto podía deberse tanto a la fiesta multitudinaria —la decepción que cualquier niño de seis años sentiría por un cumpleaños que salía tan mal— como a cualquier otra cosa.
Sin embargo, eso no servía para consolarla.
Maddy besó sus lágrimas, sus mejillas redondas y calientes con un nudo creciente en el estómago, porque los segundos volaban y Luke se alejaba y ella seguía allí, incapaz de seguirlo.
—Vamos —urgió su padre, guiándolas hacia la casa.
De alguna manera, Maddy puso un pie delante del otro. Miró por encima del hombro mientras avanzaba, buscando a Peter en el soleado y bullicioso jardín. No podía verlo, solo a Della, todavía con Jeff y las niñas, concentrados en el mago. ¿Había visto Peter a Luke? ¿Había ido tras él?
Esperaba que sí y que al menos Luke no estuviera solo. Peter le explicaría, le recordaría que Maddy lo amaba, que siempre lo había amado.
“Solo a ti”, le dijo en silencio, sosteniendo a su hija desolada mientras seguía a su esposo al interior de la casa. “Nunca ha habido nadie más que tú”.
Luke ya había sabido que ella se había vuelto a casar.
Por eso había ido primero a la casa de Guy, desde donde lo habían enviado allí.
Arnold se lo había contado la misma mañana en que él había recuperado la memoria en el hospital.
Le había mostrado las fotografías que Diana había enviado y Luke había sentido que su mundo se derrumbaba de nuevo.
Pero había venido a la India. Había tenido que venir.
En Inglaterra no había sido capaz de encontrarle sentido a…
nada. Una vez superado el impacto inicial y nauseabundo de aquellos recortes de fotografías, se había enfurecido y había decidido arreglar lo que, al parecer, había salido tan catastróficamente mal.
Si Maddy se hubiera casado con cualquier otro hombre que no hubiera sido Guy, quizás habría esperado, le habría escrito primero, incluso habría considerado seguir el consejo de Emma Lytton en cuanto a que, ya que Maddy se había casado, quizá sería mejor ahorrarle la verdad.
“Al fin y al cabo, ella pensaba que estabas muerto”.
Pero Luke había sabido incluso antes de verla hacía un momento —sobrecogido por las mil y una cosas a las que ni siquiera su memoria recuperada había hecho justicia, sobre todo el amor arrollador que el más mínimo movimiento de su mano o sus labios podía despertar en él— que ella nunca sería feliz con Guy.
De hecho, Maddy solía bromear sobre casarse con él.
“Como si hubiera la más mínima posibilidad de eso”.
Verla tan sola en el jardín de sus padres, tan delgada, tan triste, lo había confirmado.
Pateó el camino de tierra haciendo saltar piedras y maldijo, lleno de una rabia como nunca antes había sentido, furioso con ella por conformarse, por renunciar a su derecho a la felicidad. No podía perdonárselo, no podía .
—Se negaba a aceptar que hubieras muerto —le había explicado su madre, Nina, apenas dos semanas atrás, mientras paseaban a Coco por la playa azotada por el viento cerca de la casa de sus padres.
Coco había correteado por la arena delirante de alegría, sin despegarse de los talones de Luke.
Leal —. Lo siento tanto —había agregado Nina, con los ojos llorosos por el viento y el frío—, hasta yo misma intenté convencerla.
—No tienes por qué disculparte. —Odiaba la culpa que sentía su madre y cómo el dolor la había envejecido, cómo había envejecido a sus padres, y deseaba con todas sus fuerzas poder devolverles todos los años que habían perdido.
—Maddy tampoco tiene por qué disculparse —había comentado su padre más tarde, cuando estaban sentados junto al fuego—. Debes recordar eso cuando estés allí.
Luke había asegurado que no era una disculpa lo que buscaba.
Y no lo era.
Se detuvo en los portones de la casa y se secó el sudor de la cabeza que le latía con fuerza.
Hacía calor, un calor insoportable. ¿Y dónde estaba ella?
No iba a salir a buscarlo, eso estaba claro.
Quizá estaba consolando a Iris. Iris, que cumplía años ese día (le había comprado un pequeño botiquín de médico en Hamleys; todavía estaba en el maletero).
Iris, que le había robado el aliento con sus ojos redondos y sus rizos saltarines, la realidad palpable e increíble de su existencia, y que luego lo había destrozado al aferrarse a Guy como lo había hecho, asustada, su propia hija, aterrorizada de él .
Apretó la mandíbula, apenas conteniendo las lágrimas punzantes e inútiles, y siguió caminando hacia la carretera tranquila y arbolada.
Estaba a medio camino del coche que le habían prestado cuando una voz a sus espaldas gritó su nombre.
—Luke. Luke . No me hagas correr. No puedo.
La reconoció al instante. La voz atravesó su pena y su ira y sintió que se le hinchaba el pecho.
Se volvió, con los ojos entrecerrados bajo la luz del sol que se filtraba entre los árboles, y contuvo la respiración con toda la felicidad de la que era capaz al ver a su viejo amigo que avanzaba renqueando por el borde de la carretera, con sus ojos claros empañados de lágrimas que al menos él no intentaba sofocar.
La última vez que se habían visto estaban envueltos en nubes de gas y rodeados de hombres —muchachos como el pobre Fraser Keaton— que agonizaban entre terribles dolores mientras los proyectiles explotaban por todas partes.
Luke había pensado que todos morirían. De hecho, cuando había recuperado la memoria, había temido que Peter hubiera muerto.
Pero sus padres le habían asegurado que no, que Peter no solo no había muerto sino que estaba en la India con Maddy e Iris.
Luke se había desesperado por verlo, por darle las gracias por haber estado al lado de Maddy durante todos esos años, por su incondicionalidad para con ella.
Sin embargo, después de la situación horrible por la que acababa de pasar, se había olvidado de buscarlo.
¿Cómo había podido olvidarse?
Acortó la distancia entre ellos y abrazó a Peter, desbordado de gratitud, de alivio, alivio absoluto de que estuviera allí.
—Dios mío —susurró Peter mientras le clavaba los dedos en la espalda—. Dios mío. ¿Dónde has estado?
—Es una larga historia —respondió Luke—. No puedo contártela aquí.
—Entonces vámonos —sugirió Peter.
—A los muelles —dijo Luke.
—Oh, no —protestó Peter—. No...
—A los muelles —repitió Luke—. No iré a otro sitio.
Maddy no regresó a la casa de Guy. No enseguida, a pesar de que Guy intentó convencerla de que debían hacerlo, que allí le resultaría más fácil descansar.
No quería descansar. Y tampoco necesitaba el somnífero que él se ofreció a prepararle.
Necesitaba a Luke . Su desesperación por estar con él, por oír su voz, por volver a tenerlo en sus brazos, crecía a cada segundo, hasta desbordarla.
Las preguntas giraban sin cesar en su mente: “¿Dónde has estado? ¿Con quién estabas?”.
“¿Todavía me quieres?”.
“¿Nos quieres?”.
Era lo único que podía oír. Sin embargo, cuando logró desprenderse de Iris y de Guy el tiempo suficiente como para siquiera pensar en intentar encontrarlo, él ya se había ido hacía tiempo con Peter.