Encuéntrame en Bombay Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

La fiesta se desarrollaba a pleno sol a la una de la tarde de ese sábado.

Los colegas de Richard y Guy, con sus trajes blancos y sus sombreros de copa, fumaban y bebían en los jardines junto a sus esposas acaloradas que reían, abanicaban sus rostros enrojecidos y se dejaban caer sobre el césped con las piernas apoyadas sobre los talones.

Los niños sudorosos corrían por todas partes, iban de los malabaristas al mago, de allí a los ponis que Richard se había encargado de organizar y se abalanzaban sobre las mesas de pastelitos, sándwiches e inevitables bandejas de empanadas de curri.

Había demasiada gente; Alice tenía que reconocer que Madeline tenía razón.

Se habían reunido más de un centenar de personas e Iris, que se había pegado como una sombra a Madeline desde el principio, estaba claramente abrumada por tantos desconocidos y no estaba disfrutando nada de su sorpresa.

Richard, resplandeciente con otro de sus sombreros de papel, intentaba convencerla de que se acercara a los ponis, pero ella se aferraba a Madeline que seguía luciendo demasiado delgada y cansada, con ojeras moradas por la falta de sueño en su piel clara.

Alice dejó escapar un suspiro ansioso; no había esperado que Madeline tuviera tantas dificultades en su nueva vida.

De hecho, no había imaginado que tuviera ninguna.

De todos modos, incapaz de ignorar del todo las preocupaciones iniciales de Richard, la había vigilado de cerca durante todo el compromiso; quería asegurarse de no haberla empujado a algo de lo que pudiera llegar a arrepentirse.

Pero Madeline había parecido estar tan… bien.

Más que bien. Casi como la de siempre. Hasta Richard había terminado por convencerse y aceptar que la boda había sido un acierto.

Alice no podía imaginar qué podría haber pasado desde entonces; había hablado con Iris, pero Iris le había asegurado que no había habido discusiones ni palabras desagradables en casa.

—¿Y mamá continúa sonriendo y riendo? —había preguntado.

—Sí —había respondido Iris, distraída con la muñeca con la que estaba jugando—. Guy también abraza mucho a mamá.

Alice se mordió el labio ahora y observó cómo Madeline deslizaba un dedo por el cuello de su holgado vestido de encaje color crema.

Peter le ofreció una copa de champán, pero Madeline la rechazó con un movimiento de cabeza.

Demasiado calor, tal vez. O, pensó Alice, con un pequeño alivio en el pecho, tal vez estaba embarazada.

Después de todo, Maddy se había sentido bastante mal durante el embarazo de Iris, al punto de ni siquiera soportar el olor del alcohol. Sí, podía ser eso.

Alice se volvió hacia Guy que estaba con Della, Jeff y compañía junto al mago; Jeff sujetaba con fuerza la mano de Emily para que no mordiera a nadie.

A diferencia del resto, Guy no estaba mirando al mago que daba golpecitos a su sombrero.

Escrutaba a Madeline con intensidad, como si quisiera leerle la mente.

Parecía extenuado por las largas horas en el hospital, incómodo con su traje y, por una vez, reflejaba sus cuarenta y ocho años.

Sin embargo no se veía abatido en absoluto. Su mirada era… protectora, casi.

Como lo sería si Madeline estuviera embarazada.

Cuanto más lo pensaba Alice, más segura estaba de que podía ser una posibilidad. Casi empezó a relajarse.

Y entonces se acordó de Diana.

Había tenido la mala suerte de toparse con ella en la puerta del Club Gymkhana a principios de esa semana, donde había quedado con Richard para almorzar.

(En los últimos años almorzaban juntos con mucha más frecuencia.

Ahora que las cosas con Madeline estaban mejor, Alice había dejado de alejarlo como hacía antes y era muy agradable haber dejado de hacerlo).

Diana tenía más o menos el mismo aspecto de siempre: rubor exagerado, una sonrisa forzada y el cabello negro cortado a la última moda (un error con la humedad de la India, ya que se le encrespaba debajo del sombrero).

Habían intercambiado todas las cortesías de rigor, aunque Alice estaba segura de que las dos pensaban en aquella carta que Diana le había enviado en 1916.

“Es un rostro difícil de olvidar”. Alice, que solía hacer todo lo posible por no pensar en la disparatada sugerencia de Diana de que Luke podría haber sobrevivido, no se lo había mencionado a nadie.

Lo último que había esperado era que Diana lo sacara a colación. Pero lo hizo.

—¿Se lo contaste a la querida Maddy? —había preguntado.

—Te dije que no lo haría —había respondido Alice con una voz que sonó gélida a sus propios oídos.

—Es que hubo novedades. —Para asombro de Alice, Diana le había explicado que un tal doctor Arnold le había escrito a ella para decirle que el hombre al que ella había creído reconocer como Luke al parecer también la había reconocido a ella—.

De todos modos, no recordaba nada. Respondí al doctor contándole que Maddy se había vuelto a casar y le envié recortes de fotografías para que se las mostrara al paciente.

—Diana frunció los labios—. Qué boda tan preciosa, Alice. Quién pudiera haber asistido.

—No estabas aquí —había replicado Alice sin pensarlo.

—Sí, claro. Me imaginé que habría sido por eso.

—¿Volviste a saber algo del doctor Arnold? —había preguntado Alice con esfuerzo.

—Solo una vez. Me dijo que le había mostrado los recortes a su paciente y que ya podía dejar el asunto en sus manos.

—Diana se había encogido de hombros con delicadeza—.

¿Se supone que ese hombre era o no era Luke Devereaux?

¿Y Maddy es o no es bígama? —Se había reído, se había reído de verdad—.

Al lado de eso ser divorciada no es nada.

—No era Luke —había afirmado Alice sin reírse—. No hay forma de que fuera él. Peter estaba con él cuando murió.

—Sí, claro. Estaban tan seguros de eso, ¿no?

También se lo mencioné al doctor Arnold.

—Los ojos de Diana habían brillado y Alice, que jamás había golpeado a nadie en su vida, había estado tentada de borrarle de un golpe la expresión de placer en su rostro—.

¿Se lo vas a contar a Maddy? —había insistido Diana—.

¿Para que le escriba ella misma al doctor Arnold y lo confirme?

Alice no había respondido.

Lo había pensado. Sin parar.

Lo volvió a hacer ahora. Miró al pobre y cansado Guy, luego a Madeline que estaba arrodillada frente a Iris al parecer tratando de convencerla de algo y decidió no decir nada.

¿Qué sentido tenía? Ese desafortunado soldado no podía ser Luke.

Luke, el pobre pobre Luke, estaba muerto.

Y Maddy tenía ahora su familia. Una familia de verdad.

Necesitaba tiempo, ayuda para adaptarse y disfrutar de los largos años de felicidad que Alice sabía que le esperaban allí. En la India.

De ninguna manera iba a arriesgarse a poner eso en peligro.

Guy miraba a Maddy hablando con Iris, ajeno al hecho de que Alice lo estaba observando. Sonrió al ver cómo Maddy sostenía las mejillas de Iris entre sus manos, con la cabeza ladeada, mientras intentaba convencerla de que se divirtiera un poco. Su esposa, tan exquisita.

La había observado apenas unas horas antes, mientras se vestía para la fiesta.

Acababa de volver del hospital —donde, gracias a la llegada de refuerzos temporales desde Poona, pronto dejarían de estar tan escasos de personal— y, recién salido del baño, se había sentado en el borde de la cama para colocarse los gemelos.

Se había detenido al verla a través de la puerta entreabierta que conectaba las habitaciones.

Maddy solo llevaba puesto el corsé. El cabello suelto le caía sobre los hombros desnudos.

La había contemplado mientras se inclinaba para subirse las medias por las pantorrillas, atento al ritmo de su pecho y el leve susurro de la seda contra la piel.

Los dedos habían rozado las rodillas, los muslos y él había sentido el calor en sus propias manos.

La necesidad de acercarse a ella se había vuelto imperiosa.

Sabía que debía dejarla, que estaba ocupada preparándose para Iris, pero hacía demasiado tiempo que no la tocaba.

Así que se había puesto de pie, incapaz de contenerse, y había cruzado hacia su habitación.

Ella había levantado la mirada y lo había visto.

—Hola —había dicho y le había sonreído: esa sonrisa pequeña y lenta que parecía reservar solo para él—. Más que ir a una fiesta tienes cara de que necesitas dormir.

—No me la perdería por nada del mundo. —Le había tomado las manos y le había besado las muñecas, notando que la respiración de ella se entrecortaba con nerviosismo.

La había atraído hacia él, con la esperanza de poder calmarla. Le había apartado el cabello y deslizado los labios por la nuca suave, perdiéndose en su aroma y en la sensación de su cuerpo, deseando que ella hiciera lo mismo con él.

Maddy había objetado que no tenían tiempo.

—Déjame —le había pedido él—. Por favor, déjame demostrarte cuánto te amo.

—Esta noche —había murmurado ella.

—No puedo esperar —había asegurado él y, al final, ella había cedido.

Sin embargo, la prisa lo había vencido. Ni siquiera se había detenido para darle tiempo de ir al baño como ella le había pedido.

Más tarde, se había sentido bastante avergonzado.

Se había disculpado por haberse comportado como un bruto.

—No eres ningún bruto —había musitado ella mientras se acomodaba las medias y él había tratado de no pensar en la desagradable posibilidad de que ella se hubiera alegrado de que todo hubiera terminado tan rápido.

—Nos vemos en unos minutos —la oyó decir ahora a su padre y a Peter, mientras se enderezaba y se alejaba con Iris por el césped.

Guy frunció el ceño y se preguntó dónde irían.

Caminó detrás de ellas sin pararse a pensar.

Iban a la cocina a comer tarta con el cocinero.

A los hijos del jardinero les había dado vergüenza sumarse a la fiesta con tantos invitados e Iris temía que se enfadaran con ella cuando los volviera a ver en la escuela, así que Maddy les había dicho que irían a buscarlos y se reunirían todos en la cocina.

—¿Ahmed también? —había preguntado Iris.

—Ahmed también. Y Peter llevará a Emily y a Lucy...

—Ya voy —había dicho Peter.

—Y yo iré a buscar a la abuela —había agregado Richard.

No fue hasta que se acercaban a la casa que Maddy oyó que Guy la llamaba y se dio cuenta de que se había olvidado por completo de él. Se detuvo y maldijo su propia insensibilidad.

—Oh, no —exclamó Iris—, pobre Guy. (Los niños nunca mienten).

—Ve y dile que venga —la urgió Maddy y empujó con suavidad la pequeña espalda tibia y húmeda. Iris se marchó corriendo.

Maddy miró cómo se alejaba y vio que Guy sonreía y le abría los brazos.

—Hola, cariño.

Entonces ocurrió algo extraño.

Cuando Guy tomó a Iris en sus brazos, se detuvo y alzó la vista por encima de sus rizos negros hacia la casa, como si algo hubiera captado su atención en el porche en sombras. Sus ojos se abrieron con una expresión de alarma ante lo que fuera o quien fuera que estaba allí.

Maddy no vaciló en seguir la dirección de su mirada.

Fue un acto instintivo, como cuando se contenía el aliento: dirigir la vista hacia la causa de su sobresalto.

No se dio tiempo para hacer una pausa ni para conjeturar qué podría ver.

Aun si lo hubiera hecho, no se habría permitido imaginar que sería él, con las manos en los bolsillos y los ojos oscuros en su rostro inolvidable.

“¿De verdad pensabas que me perdería otro cumpleaños?”.

Maddy se movió, giró la cabeza con curiosidad y levantó la mirada. Bastó una fracción de segundo nada más y entonces lo vio allí. Una camisa blanca. Una chaqueta de lino. Cabello oscuro debajo de un sombrero panamá.

Un sollozo se atoró en su garganta. Creció, ahogándola, sin llegar a brotar.

Él estaba de pie, justo detrás de la balaustrada, sin pestañear y la miraba fijamente, como si tampoco pudiera entender lo que estaba pasando.

Ella lo observó: la inmovilidad tensa de su mandíbula, sus mejillas, ese rostro que amaba tanto.

Y entonces, por fin, las lágrimas la desbordaron, acompañadas de un sonido extraño y ahogado, de euforia, de alegría incontenible.

Durante un instante eso fue todo lo que supo.

“Está vivo”, pensó, “vivo”. La sensación de maravilla la sobrecogió y se extendió por su pecho, los pulmones, cada uno de sus nervios.

Anheló correr hacia él, arrojarse en sus brazos, cada músculo de su cuerpo clamaba por hacerlo.

Pero no se movió.

Él tampoco.

Maddy no alcanzaba a comprender qué los detenía.

Luego él miró más allá de ella, hacia donde Guy estrechaba a Iris en sus brazos.

Despacio, casi a la fuerza, ella volvió a la implacable realidad del jardín en el que se encontraban.

Observó cómo Luke (“Luke”) se enfrentaba a la imagen de su hija en brazos de Guy. “Detente”, quiso gritar, “no lo hagas”.

Pero él ya los había visto.

El dolor desfiguró su rostro y ella sintió que se le partía el corazón.

Porque él había vuelto; por fin, después de seis años de espera había vuelto.

Y llegaba dos meses tarde.