Capítulo veintiséis #2
—Por supuesto —respondió él, al parecer aliviado de que ella tuviera una excusa.
—No soy una buena anfitriona.
—Ya aprenderás —contestó y sonrió con su habitual amabilidad pero sin corregirla porque, al fin y al cabo, necesitaba que aprendiera.
Miró por encima del hombro de ella—. Tendrías que volver a la mesa.
Están todos mirando. —La besó de nuevo. Esta vez ella se acordó de permitírselo—.
No me esperes despierta; si se me hace tarde, me quedaré en el hospital.
—De acuerdo —contestó ella también con alivio y, al minuto siguiente, se sintió culpable por sentirlo.
Regresó a la mesa, preparada para las inevitables preguntas sobre si todo estaba bien. Aseguró a todos que sí, que el pollo le había caído un poco mal y nadie lo cuestionó.
Sin embargo, era evidente que todos pensaban que pasaba algo.
Su padre, que durante todo el compromiso había confiado, gracias a Dios, en que ella estaba bien, ahora la observaba con preocupación.
Peter se sirvió más vino con mala cara. (Maddy se preguntó si estaría recordando cómo la había tranquilizado la noche anterior a la boda.
“Sí”, admitió él más tarde, “se me pasó por la cabeza”).
Incluso su madre y Della parecían ansiosas.
—¿Te está costando demasiado estar de vuelta en la escuela? —quiso saber su madre—. Has adelgazado.
—Es verdad —coincidió Della—. Y te noto apagada. Estabas tan animada antes de la boda…
“¡Estaba fingiendo!”, estuvo a punto de gritar Maddy, pero se contuvo.
—¿Será el bajón de después? —prosiguió Della—. He oído que puede pasar.
—Puede ser —concedió Maddy aferrándose a la idea—, es probable. —Entonces, consciente de que Iris estaba sentada a su lado, quieta y callada pero escuchando todo con atención, preguntó si alguien se animaba con el postre.
—No —exclamaron todos al unísono y levantaron las manos—, no gracias.
Maddy no pudo evitar echarse a reír a pesar de la inquietud generalizada.
Reacia a empeorar la situación, se pasó el resto de la tarde asegurándose de reír a menudo, hablar más, mostrarse feliz , y se sintió agradecida cuando los demás parecieron relajarse.
Cuando Lucy e Iris se fueron a jugar sugirió organizar una fiesta de cumpleaños para Iris que cumpliría seis años en menos de quince días, el segundo sábado del mes.
—Podríamos hacerla sorpresa —propuso y se volvió hacia sus padres—. En vuestra casa. ¿Qué os parece?
—A mí me encantaría —convino Richard.
—A mí también —se sumó Alice.
—¿Podríamos no invitar a Diana y a su marido nuevo? —pidió Peter.
—¿Diana ha vuelto? —soltó Maddy.
—Hace poco —contestó Peter—, con Alfred o Alf , como se supone que debemos llamarlo. —Hizo una mueca—. Pasó por la oficina el viernes. —Bebió un trago de vino—. Alf es horrible.
—Alf me hace extrañar a Ernest —interpuso Richard con un suspiro—. Pobre Ernest.
—¿Has visto a Diana? —preguntó Maddy a su madre.
—Todavía no —respondió Alice con los labios apretados—. Y no tengo ninguna prisa.
—¿Me recuerdas otra vez por qué tuve que contratar a su marido? —preguntó Richard.
—Me pareció correcto ayudar —precisó Alice con tono tenso.
—Bueno, como sea, ya está decidido —declaró Della—. Diana y Alf no vendrán a la fiesta. Iris nos lo agradecerá cuando sea mayor.
—De acuerdo —coincidió Maddy—, haremos algo pequeño. Invitaré a los niños de la escuela. Iris estará feliz.
Lo habría estado, Maddy estaba segura, si las cosas hubieran sido así.
Sin embargo, a la mañana siguiente, Guy regresó agotado del hospital y proclamó que la fiesta era una idea excelente y que podría ser la excusa perfecta para invitar por fin a todos sus compañeros de trabajo.
Muchos de ellos tenían familia, explicó, e Iris podría hacer más amigos que fueran, bueno, que fueran... como ella.
—Británicos querrás decir —espetó Maddy.
—Sí, mi querida —respondió él con una sonrisa cansada—. No tiene nada de malo.
A ella le pareció que tampoco tenía demasiado de bueno, pero él se veía tan cansado (y ella todavía se sentía fatal por haber evitado su beso) que terminó cediendo e intentó ocultar su consternación cuando él le presentó una lista de nombres tan larga como su brazo.
—Si vamos a invitar a todos esos —intervino Alice—, tendremos que invitar también a toda la gente de la oficina de tu padre. No podemos ofender a nadie.
—¡Va a ser tan grande como la boda! —protestó Maddy a Della.
—¿Qué podemos hacer? —replicó Della.
Nada; Maddy lo sabía. Empezó a desear no haber sugerido nunca la fiesta.
Lo desearía aún más el día de la fiesta en sí, pero eso era otra historia.
Completamente ajena a cómo acabaría todo, durante las dos semanas siguientes cuando no estaba en la escuela, entraba y salía de la casa de sus padres con una frecuencia que las exigencias de una fiesta infantil en realidad no requerían.
Pero echaba de menos los crujidos de la casa, el olor a citronela y a cera para madera, y las habitaciones luminosas mucho más de lo que había imaginado cuando había visto cómo se llevaban sus cosas y las de Iris.
Exhalaba cada vez que salía al porche y se apoyaba en la balaustrada para contemplar el jardín que había aprendido a querer con los años.
De vez en cuando se escabullía hacia su habitación y se sentaba en la cama; tomaba en sus manos las cerillas y la seda dorada que le había regalado Luke y dejaba que la luz del sol disipara su ansiedad.
Además, era maravilloso volver a pasar tiempo con el cocinero y con Ahmed; ambos rieron a carcajadas cuando les contó el desastre del pollo asado.
“Eso le pasa por dejarnos”, le reprocharon y ella reconoció en silencio que no debería haberlo hecho.
Luego les preparó chai, que bebieron mientras revisaban los libros de recetas en anticipación a la horda de invitados que pronto llegaría.
Iris no sospechaba nada. Estaba demasiado entretenida leyendo cuentos con su abuela en su antiguo cuarto de juegos y jugando en los jardines con Suya y los demás.
A medida que se acercaba su cumpleaños, le resultaba cada vez más difícil irse de la casa de sus abuelos al caer la tarde, lloraba y suplicaba a Maddy que por favor, por favor la dejara quedarse unos minutos más.
Maddy terminaba llevándola en brazos a la casa nueva sin regañarla; por el contrario, la abrazaba fuerte porque estaba claro que, por muy contenta que pareciera en casa de Guy, ella también echaba de menos su antiguo hogar.
La casa de Guy parecía siempre demasiado silenciosa en comparación, demasiado llena de sirvientes que no conocían y vacía, ya que otro de los cirujanos había enfermado y Guy vivía prácticamente en el hospital.
Y aunque Maddy se sentía incómoda en su presencia, las horas después del anochecer se le hacían interminables.
Iris, agotada por sus días largos, se dormía a las siete y, con Guy fuera, los suaves ronquidos eran el único ruido que resonaba en la casa solitaria.
Maddy no quería invitar a sus padres por miedo a preocuparlos como lo había hecho en aquel almuerzo.
Tampoco quería molestar a Della por la misma razón; además, Della ya tenía bastante con su propia familia y con una Emily cada vez más difícil.
Y en cuanto a Peter —que le había dejado bien en claro que siempre iba a estar para ella y que también le había dado un abrazo prolongado después de ese domingo sombrío—, Maddy sospechaba que si le pedía que fuera, la haría hablar de cosas de las que no tenía sentido hablar.
Así que, sin haberlo planeado, una noche pidió al aya que cuidara de Iris y empezó a salir sola.
Volvía a la casa de Luke.
Se sentía muy culpable cada vez que abandonaba la casa a hurtadillas y se subía a su berlina plateada.
Sabía que Guy, que le había comprado el coche que ahora utilizaba para traicionarlo, que trabajaba tanto y siempre ayudaba a otros, se sentiría profundamente herido si supiera lo que ella estaba haciendo.
Cada vez que detenía el coche frente al apartamento soñoliento, silencioso y miraba la puerta de madera imaginando su propia sombra atravesándola, se decía a sí misma que sería la última vez, pero nunca lo era.
Noche tras noche se bajaba del coche y deslizaba los dedos por los alféizares de las ventanas, se sentaba en los escalones que él también había tocado y apretaba el anillo de diamantes entre las manos.
Apoyaba la cabeza contra la puerta, cerraba los ojos y se perdía en sus recuerdos, a veces durante horas.
Continuó haciéndolo hasta la víspera de la fiesta.
La fiesta en la que todo cambió.