Encuéntrame en Bombay Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Maddy no podía dormir a pesar del cansancio después de que se acostaron la noche de bodas.

Permaneció despierta hasta el amanecer, con los ojos irritados y tensa junto al cuerpo satisfecho de Guy, escuchando los sonidos que llegaban a través de las paredes desde las otras habitaciones del hotel: las tuberías que crujían, los inodoros al descargarse, las toses y las voces de extraños.

Quería ir al baño pero no se animaba a hacerlo por miedo a despertar a Guy y entonces volvió a sentir pánico, porque ¿cómo había podido casarse con un hombre frente a quien ni siquiera se atrevía a ir al baño?

De verdad no lo sabía, pero por fin, cuando la luz del sol se filtró por los bordes de los postigos, se levantó, demasiado desesperada para no hacerlo, y cruzó la habitación de puntillas hasta el baño, haciendo una mueca de dolor, un dolor que nunca había sentido con Luke, ni siquiera la primera vez.

Hizo todo lo posible por no hacer ruido mientras orinaba, se lavaba las manos y la cara, pero cuando volvió a la habitación Guy estaba despierto y sonreía somnoliento desde la cama.

—Ven aquí —la llamó y se incorporó y abrió los brazos. La piel de su torso era mucho más pálida que la de sus brazos, el cuello y la cara. Luke había tenido el mismo color en todo el cuerpo, ese tono bronceado ligero que había adquirido de nadar todos los días.

¿Dejaría alguna vez de comparar a Guy con Luke?

—¿Maddy? —la urgió, ahora con expresión preocupada—. Pareces molesta. ¿Estás bien?

—Sí —respondió ella—, es solo que… me ha venido la regla. —La mentira brotó de sus labios antes de que se diera cuenta. Se sonrojó más por la intimidad de la confesión que por su falta de honestidad.

Guy no se sintió avergonzado, al fin y al cabo era médico.

—Oh, mi querida —exclamó (esa palabra otra vez)—, pobrecita. Ven y recuéstate.

Ella obedeció. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Guy la atrajo hacia sí, le rodeó la cintura con los brazos y la besó en el cuello. Hacía calor, demasiado calor. Maddy empezó a sudar debajo del camisón.

—Quizás el mes que viene ya no te venga —agregó él en un susurro.

—Quizás —concedió ella y no le confesó que había ido a ver al doctor Tully para pedirle un método anticonceptivo. Por muy buena esposa que hubiera decidido ser, la esposa que Guy se merecía, no estaba preparada para tener un hijo con él. Todavía no.

Él la volvió a besar y murmuró que aún era temprano, que debía descansar un poco antes de que regresaran a la casa; ella cerró los ojos, agradecida, y fingió que se quedaba dormida.

Fingió mucho en los días y semanas que siguieron.

Tenía que hacerlo. Nunca volvió a sentir el desapego mecánico (y, en retrospectiva, dichoso) de una marioneta.

Ella e Iris se mudaron a la casa de Guy y se instalaron en sus habitaciones nuevas y recién pintadas, con los muebles nuevos y los pisos recién pulidos.

Iris se adaptó a todo con absoluta naturalidad: se acurrucaba con Guy para que le contara cuentos antes de dormir y se metía en la cama de Maddy cada mañana, como siempre había hecho.

Guy iba y venía del hospital con un paso ligero y animado que ella se esforzaba por imitar, pues vivía con el terror constante y punzante de que si no vigilaba cada palabra y cada expresión, podría cometer un desliz y dejar al descubierto, ante sí misma o ambos, lo infeliz que se había vuelto.

Cuando, una vez terminada su supuesta menstruación, Guy había llamado a la puerta que unía sus habitaciones y le había preguntado si podía entrar, Maddy se había dicho a sí misma que era entonces o nunca, que debía “esforzarse más”, y se había obligado a asentir con la cabeza y a respirar mientras él se sentaba a su lado y le quitaba el camisón por la cabeza.

—Eres tan perfecta. —La besó en el hombro y la empujó hacia abajo con delicadeza—, demasiado perfecta. No puedo creer estar haciendo esto.

Maddy cerró los ojos y trató de evitar estremecerse cuando él la penetró. Ella tampoco podía creer estar haciendo eso.

Era más difícil que nunca sentirse cómoda con él ahora que sus noches estaban llenas de una intimidad tan dolorosa y de la mentira que escondía su anticoncepción.

Se odió a sí misma por verse obligada a mentir cuando por fin le vino la regla —adujo que a veces le venía cada dos semanas—, y sobre todo cuando él se preocupó y le sugirió que fuera a ver al doctor Tully por si algo no iba bien.

—Lo que no quiero es que tú te preocupes —dijo él mientras le tomaba el rostro entre las manos—. Estoy seguro de que no es nada.

—Sí —respondió ella sin dejar de sentirse una canalla—. Eso espero.

Resuelta a encontrar algo más en qué ocuparse, decidió retomar el trabajo en la escuela aunque a Guy no le gustaba mucho la idea de que pasara demasiado tiempo de pie y sobrecargara el tobillo.

—Acabamos de casarnos y necesitas recuperarte.

—¿De qué? —preguntó ella—. Della y mamá se encargaron de todo.

—Pero te noto cansada —insistió él—, descansa un tiempo más. Ve al club, disfruta de un largo almuerzo con Della, conoce a algunas de las esposas del hospital.

Maddy arqueó una ceja al oír eso.

—Guy —señaló—, no te casaste con esa persona.

Guy sonrió y suspiró con resignación; Maddy se preguntó si no habría empezado a pensar que habría sido más fácil si no lo hubiera hecho.

Sin embargo, no la presionó más. Se limitó a pedirle que fuera en coche a la escuela en lugar de a pie y ella prometió que lo haría, pero fue otra mentira; disfrutaba demasiado del corto paseo entre los árboles acompañada del canto de los pájaros, del calor húmedo y dulzón como para renunciar a él.

Y le encantaba estar de vuelta con los niños.

También a Iris, que corrió a reclamar su lugar junto a Suya en cuanto las dos se inclinaron para entrar en el aula de techo bajo.

Los demás se abalanzaron sobre Maddy y ella los abrazó uno por uno, riéndose de su alegría y deleitándose con los brazos entusiastas alrededor de su cuello, hasta que aplaudió y anunció que era hora de ponerse a trabajar.

Durante las mañanas en las que daba clase y que incluían practicar aritmética, cantar canciones, escribir historias, e incluso pintar —cuando su madre la acompañaba—, se olvidaba de sus noches y de su preocupación.

Se liberaba de esa sensación horrible de estar viviendo una vida ajena.

Pero la sensación y el desaliento volvían en el instante en que ella e Iris regresaban a la casa de Guy y ponían un pie en el vestíbulo lóbrego, las habitaciones grandes y oscuras con sus paredes desconocidas.

Maddy se sentía muy culpable. Guy había sido muy amable (todos esos muebles nuevos, la pintura fresca) y decidió hacer algo por él.

Guy había mencionado la posibilidad de invitar a cenar a sus oficiales superiores, que estaban ansiosos por volver a ver a Maddy y que, además, lo habían invitado tantas veces cuando era soltero, y ahora le tocaba corresponderles.

Aunque ella no era el tipo de mujer que disfrutaba de pasar horas decorando la mesa y planificando los asientos, también era muy consciente de que si no empezaba a recibir invitados, tarde o temprano, le causaría problemas a Guy.

Para empezar invitó a sus padres, a Peter, a Della y a Jeff a almorzar el domingo.

Por desgracia no se le ocurrió preguntar al criado personal de Guy qué le parecía la idea y se lo comunicó sin más; la súbita dureza en su mirada le hizo notar el error que había cometido.

El hombre se negó a discutir el menú y los preparativos con ella, y le aseguró (con una expresión más ofendida que la del cocinero cuando ella se había ofrecido a ayudarlo con su tarta Victoria tantos años atrás) que era perfectamente capaz de encargarse de la casa por sí solo; llevaba años haciendo ese trabajo, memsahib , casi desde antes de que ella naciera.

Maddy no pensaba discutir; de hecho, él podía encargarse de todo lo que quisiera, pero sí le pidió que al menos se cerciorara de que la carne fuera fresca ya que ella e Iris se habían sentido mal un par de veces desde que se habían mudado.

¡Ah, la cara que puso! Ahora ella no tenía duda de que, como castigo por su intromisión, el criado se las había ingeniado para conseguir el pollo más fibroso que ella había probado en su vida y que, pese al calor de más de 38 grados de abril (incluso a la sombra de los árboles del jardín, donde iban a almorzar), le había dado instrucciones al cocinero de Guy para que preparara una salsa espesa y grumosa, zanahorias hervidas y unas patatas asadas secas y horribles para acompañarlo.

Nadie pudo tragar bocado, ni siquiera Guy (quien le comentó en voz baja que en realidad no hacía falta que se ocupara de los asuntos de la casa ya que el personal era más que competente).

Sudando bajo el sol implacable, todos picotearon la comida que se iba enfriando para exasperación de Maddy, hasta que Emily, la hija menor de Della y Jeff, declaró que estaba asqueroso, arrojó su plato al césped y, muy lejos de desplegar el carácter jovial de su padre, se inclinó y clavó los dientes en el brazo de su hermana.

Mientras Lucy gritaba con desconsuelo y Jeff se apuraba a llevarse a casa a una Emily avergonzada, Guy recibió una llamada del hospital al teléfono que había hecho instalar: el cirujano de guardia había enfermado de tifus y lo necesitaban en el quirófano.

Se despidió de Maddy con un beso y ese gesto fue tan público que ella se puso muy tensa y movió el rostro para que él le rozara la mejilla húmeda y no los labios.

Guy vaciló y ella hizo una mueca, sintiéndose más incómoda todavía al mirar a su alrededor y notar, por cómo los demás jugueteaban con sus servilletas, que el incómodo intercambio no había pasado desapercibido.

—Lo siento muchísimo —se disculpó con Guy, y lo alcanzó cuando él se disponía a volver a entrar en la casa. Lo miró con los ojos entornados—, estaba muy molesta por la comida.