Capítulo veinticinco
Nunca quiso olvidar la alegría de ese momento.
La euforia pura y absoluta de volver a encontrarla, a ella, a todo.
Sentado junto a uno de los ventanales de la residencia, contempló los jardines escarchados a través de los cristales empañados con una opresión en el pecho y esa mezcla de dolor y tristeza que lo embargaba cuando revivía la emoción y la esperanza de aquel momento.
Su desesperada impaciencia por volver a estar con ella.
Pero mientras estaba allí sentado, su mente comenzó a nublarse. La confusión se intensificó. Su respiración se aceleró; esa lucha ya conocida por aferrarse a la lucidez.
Había olvidado en cuestión de segundos que estaba luchando por retener algo.
Se quedó mirando por la ventana.
No recordaba haberse sentado allí. La silueta de su reflejo le devolvía la mirada: cabello aún abundante, hombros anchos pero más caídos que antes, más frágiles.
Había envejecido mucho.
Desde algún lugar de la casa le llegaba el aroma de un pastel de frutas horneándose.
En la radio sonaba música clásica, a volumen bajo.
La sala de estar estaba casi vacía. Una pareja jugaba al ajedrez en los sillones tapizados frente a la chimenea.
Junto a ellos, una mujer y su hija comían bollos y bebían té.
Él tampoco estaba solo. Había una mujer mayor sentada a su lado.
Lo miraba con ansiedad. La examinó en silencio, tratando de adivinar quién era.
Intentó que ella no notara su confusión, intuyendo que eso podría herirla —después de todo iba vestida como si se hubiera esforzado mucho: una chaqueta azul claro con una falda a juego y un sombrero tipo casquete sobre el cabello blanco—, pero a juzgar por su ceño fruncido y la delicadeza con la que le tomó la mano, supuso que no lo había conseguido.
—¿Te has perdido de nuevo? —le preguntó.
—¿Perdido?
—En Bombay —precisó ella.
Él frunció el ceño. ¿Bombay?
—No te preocupes. —Le apretó la mano con más fuerza—. Estoy aquí. Yo te ayudaré. —Sus ojos brillaban, con felicidad o pena, era difícil de saber—. Estoy aquí —repitió.
Él sintió que debía confiar en ella.
De hecho, sería un consuelo.
—¿Me ayudarás? —preguntó.
—Sí —aseguró ella y le dio unos golpecitos en la mano—. Pero primero tomemos un chocolate caliente, ¿te parece?