Capítulo veinticuatro
—Escribió Diana —anunció Arnold desde la puerta del dormitorio de Jones—. Dice que preferiría no venir de visita, por Ernest.
Jones, sentado en su escritorio, levantó la vista y lo miró. Llevaba tanto tiempo esperando ese momento, había depositado tantas esperanzas en él, y ahora que por fin había llegado estaba aterrorizado.
—¿Qué más dijo? —preguntó forzando las palabras que se le atascaban en la garganta.
Arnold inclinó su cabeza blanca y estudió la carta que tenía en la mano con el ceño fruncido detrás de las gafas.
Parecía que adentro del sobre había también un recorte de fotografía doblado.
A Jones le resultó extraño que Arnold no le entregara ambos para que él los leyera directamente. ¿Estaba ocultando algo?
No tuvo tiempo de preguntar.
—¿Te dice algo el nombre Maddy Bright?
Jones se quedó muy quieto; la fotografía, olvidada, esperando que el nombre le despertara algún recuerdo.
“Maddy”, repitió en silencio.
“Maddy Bright”.
Sacudió la cabeza despacio, con una resignación helada.
No le decía nada.
Tampoco el nombre Luke Devereaux.
Al menos no de inmediato.
Se negó a escuchar, abatido por la decepción, cuando el médico le sugirió que tenía que darle tiempo.
—Esto no es el final —afirmó Arnold mientras doblaba la carta y el recorte sin enseñárselos a Jones.
Jones no respondió. Para él, era el final.
Rechazó el ofrecimiento de Arnold de que lo acompañara al despacho para hablar del asunto con calma.
Y cuando la hermana Lytton entró en la habitación con un chocolate caliente en la mano, le pidió que se marchara.
Incapaz de estar donde otras personas pudieran pedirle que mostrara una entereza que no podía fingir, se puso las botas, una chaqueta y salió al bosque; respiró la niebla en el aire frío de marzo y golpeó los árboles con un palo, haciendo volar las hojas.
No supo cuánto había caminado, pero al caer la oscuridad de la primavera temprana se quedó sin fuerzas; se dejó caer sobre el suelo cubierto de musgo, apoyó la cabeza contra un tronco y lloró como un niño —por sí mismo, por su esposa y su hija, por sus padres, por todo lo que ellos habían perdido y por todo lo que él había perdido—, vencido por la desesperanza de los años que había pasado tratando de encontrarlos y dispuesto ahora, de verdad, a darse por vencido.
Regresó al hospital con la misma disposición.
“¿Recuerda lo que me sugirió una vez?”, pensó decirle a la hermana Lytton. “Bueno, estoy listo para empezar de nuevo, para tratar de ser feliz. Estoy cansado de este lugar. Estoy tan cansado...”.
Estaba agotado. Evitó el comedor, desde donde llegaban los sonidos de la cena, y antes de poder decir a la hermana Lytton algo de lo que pudiera arrepentirse, se dirigió a su habitación y se quedó dormido casi al instante.
Y soñó.
Volvía a estar entre árboles, pero no en un frío bosque inglés sino en una jungla india.
Estaba en la India.
Se encontraba de pie ante unos portones; al final de un sendero de entrada se alzaba una mansión imponente con buganvillas que trepaban por los muros.
Los pavos reales paseaban por los jardines y las palmeras se mecían.
Había un porche y, en los escalones de ese porche, estaba sentada una mujer.
La luz del sol la envolvía; el ala de su sombrero proyectaba sombra sobre su cabello rubio y sus pómulos claros.
La observaba en su sueño. Comprendió que estaba esperando que ella levantara la vista y lo viera.
Por una vez, no despertó antes que eso sucediera.
Ella alzó el rostro hacia él. Incluso desde la distancia, él vio cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa.
Aquella sonrisa le despertó algo.
Fue suficiente.