Capítulo veintitrés #3
No pudo ignorar su inquietud esta vez; apretó la prenda ligera en sus manos e imaginó que él la tocaba, que se la quitaba.
No podía pensar en otra cosa antes de darse cuenta de lo que estaba pasando.
Su mente, tan felizmente distante unos días antes, se saturó de la aterradora certeza de que estaría desnuda con Guy, ¡con Guy !
Los dos harían lo que ella y Luke habían hecho… mañana.
Se llevó la mano a la garganta. Mañana .
Lo harían todas las noches durante el resto de sus vidas.
Todas. Y. Cada. Una. De. Las. Noches.
—Dios mío —musitó—, Dios mío...
No podía respirar, de verdad no podía.
Abandonó lo que estaba doblando y salió corriendo de la habitación tan rápido como se lo permitió el tobillo todavía débil.
Se detuvo para comprobar que la aya de Iris estuviera con ella, bajó las escaleras a toda prisa y salió al sendero de entrada antes de que sus padres pudieran oírla y detenerla, ver su miedo.
Se subió al coche que aún estaba aprendiendo a conducir, metió la marcha con un ruido sordo y se alejó rugiendo por el sendero de entrada en dirección al único lugar al que se le ocurría ir, sin detenerse hasta llegar a la pequeña casa de Peter y quedarse de pie, sudorosa y temblando ante la puerta, esperando a que él la abriera.
Peter ya estaba en bata, listo para acostarse. Se apartó el cabello rubio con un gesto soñoliento y desconcertado y miró hacia la noche. Al percibir el estado de Maddy, palideció.
—Oh, Dios mío.
—Peter —balbuceó ella—, no sé lo que estoy haciendo. No lo sé.
Los ojos de él se agrandaron.
—Es demasiado tarde, querida Maddy, es demasiado tarde para esto.
—Pero...
—Es mañana —la interrumpió—. El virrey está aquí. Todos están aquí. No puedes hacerle esto a Guy, lo destruiría. Tu padre no podría volver a caminar con la cabeza en alto. Iris…
—Oh, Dios —exclamó ella con un nudo en la garganta al oír el nombre de Iris, porque, por supuesto, no podía hacer daño a ella ni a ninguno de ellos—. Oh, Dios, soy tan estúpida...
Peter no la corrigió. Pero abrió los brazos, la estrechó durante un largo rato y le murmuró que todo iba a salir bien, que ya vería.
—Tienes tantas razones para casarte con él —le recordó sin dejar de abrazarla—. Hablemos de eso.
Y así lo hicieron.
Se quedaron despiertos toda la noche, fumaron demasiados cigarrillos, bebieron vasos de brandi reconfortante y conversaron sin parar de la amabilidad de Guy, de su bondad, de lo afortunada que era Iris de tenerlo, de cuánto la querría Guy.
—Os querrá mucho a las dos —aseguró Peter.
—Sí —convino ella y bebió otro sorbo de brandi—, sí.
Poco a poco, con firmeza a medida que se fue obligando a recordar todas las cualidades admirables de Guy, entre ellas el padre perfecto que iba a ser, sintió que su inquietud ante la perspectiva de acostarse con él (y de toda la vida juntos) iba cediendo.
O quizás fue el agotamiento lo que amortiguó su pánico. Y también el brandi.
No se lo cuestionó. Sin duda era demasiado tarde para echarse atrás —ya lo había sabido antes de que Peter se lo dijera, era la razón por la que se había desesperado tanto— y aceptaría toda la ayuda posible para seguir adelante.
—Así está mejor —concluyó Peter con esfuerzo cuando la despidió al amanecer—. Siempre, siempre estaré aquí.
—Gracias —respondió ella.
—Estarás bien —le prometió él, aunque no sonó muy convencido.
—Estaré bien —repitió ella y sonó menos convencida aún.
Pero dejó que Peter le llamara un rickshaw , ya que había bebido demasiado brandi y había dormido demasiado poco como para conducir. Regresó a la casa, donde nadie se había dado cuenta de que se había ido, y estaba acostada cuando Iris se despertó y entró corriendo en su habitación al grito de:
—¡Es hoy, es hoy!
A las nueve, el empleado de la oficina de telégrafos entregó un telegrama de Edie (“Que tengas un día maravilloso STOP Estoy segura de que esto es lo mejor para todos STOP”) y otro de los padres de Luke (“Pensando en las dos STOP”).
A las diez se quitó los anillos de Luke de alrededor del cuello, se vistió de novia por segunda vez en su vida, llegó a la iglesia bajo un sol radiante en lugar de lluvia y a las once caminó hacia el altar del brazo de su padre.
Luego, ante más de trescientas personas, incluido el virrey, prometió a un hombre al que se había dado cuenta demasiado tarde de que nunca, jamás, debería haber dicho “sí”, que lo amaría, honraría y obedecería.
Mientras él le sonreía, tan elegante y correcto con su uniforme, sin bromear ni siquiera un poco (“Casi podrías engañarme...”), Maddy se juró a sí misma que, como mínimo, lo honraría e intentaría hacerlo tan feliz como él quería hacerla a ella.
La recepción transcurrió como un torbellino difuso, envuelto en niebla.
Posaron para más fotografías, bebieron champán, sonrieron y agradecieron a interminables filas de invitados por haber asistido; luego todo terminó, estaba oscuro y ella y Guy, tomados de la mano, subían la gran escalera de mármol del Taj hacia la habitación.
—Gracias —susurró él y la guio a través de la puerta y el umbral hacia la gran cama con dosel—. Gracias por regalarme el mejor día de mi vida.
—De nada —replicó ella, lo cual era una respuesta ridícula, pero llevaba más de veinticuatro horas despierta, apenas podía respirar del miedo que la consumía por lo que estaban a punto de hacer y, además, no se le ocurrió nada mejor que decir.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él con suavidad.
“Estoy aterrorizada”, quiso gritar ella. “¿Podemos no hacerlo, por favor?”.
—Un poco —admitió.
—No tienes por qué estarlo. Por favor, no. —Se inclinó y le besó el cuello y la clavícula mientras comenzaba a desabrocharle el vestido—. Te amo tanto.
No la apresuró. Le quitó el vestido, la sentó en la cama y le bajó las medias como si fuera la muñeca de porcelana más frágil del mundo. Le soltó el corsé, le besó el pecho y le acarició la cintura y los muslos con lentitud, con ternura, con mucha gentileza.
Pero cuando se movió encima de ella, Maddy no pudo pensar en otra cosa que en su ataque de risa cuando Luke los había tirado a ambos al mar aquella noche.
Lo único que sentía, mientras el peso de Guy la presionaba contra el colchón mullido y lujoso, era el recuerdo de su excitación, su urgencia, mientras ella y Luke se arrancaban la ropa empapada el uno al otro y hacían el amor una y otra vez en aquel bote diminuto y perfecto.