Capítulo veintitrés #2
Por fin le quitaron el yeso que la hacía sudar y le producía tanta picazón a principios de febrero, lo cual fue un alivio más allá de lo imaginable.
Aunque el tobillo estaba débil, ya no le dolía tanto y poco a poco volvió a caminar con mayor aplomo.
Sin embargo, todavía le faltaba estabilidad, sobre todo cuando tenía que probarse el vestido de novia en Watson’s (no en el Taj, desde luego, donde había ido para las pruebas cuando se había casado con Luke).
Mientras veía cómo el intrincado vestido de cintura baja iba tomando forma, se sentía tan desconcertada por su propia indiferencia que apenas lograba mantenerse en pie.
Le resultó todavía más difícil cuando, en su trigésimo cumpleaños, Guy la sorprendió con un coche: una berlina plateada que brillaba bajo el sol, un regalo increíble y generoso y además excesivo.
—Por supuesto que no —declaró él y la abrazó (algo a lo que ella, al menos, estaba empezando a acostumbrarse)—.
Te enseñaré a conducir. —La besó (de nuevo, algo que se estaba volviendo más familiar)—.
Si vas a seguir insistiendo en salir sola —añadió y le acercó los labios al oído—, al menos así sabré que no irás en tranvía.
—No hay nada de malo en los tranvías —replicó ella y cerró los ojos porque de verdad quería disfrutar de la cercanía.
Aceptó salir a celebrarlo esa noche porque formaba parte de ser feliz.
(“Me parece muy bien”, aprobó Della). Fueron a una de las cenas de jazz y ostras que el Taj había empezado a organizar de manera semanal en el lujoso y muy caluroso comedor junto al salón de baile donde se celebraría la recepción.
Estaba repleto, parecía que medio Bombay se había citado allí; todos fumaban, bailaban y se acercaban a la mesa para expresar su asombro por ver a Maddy en una salida nocturna.
—Dejadla en paz por favor —pidió Guy sonriendo pero con un deje de firmeza en la voz que recordó a Maddy que, además de ser amable y cariñoso, también era un miembro de alto rango del cuerpo médico del ejército indio—. Me gustaría que lo repitiera y no lo hará si no la dejáis disfrutarlo.
—No tienes que ganarte enemigos por mi culpa —señaló ella cuando estuvieron solos (conmovida por el hecho de que él estuviera dispuesto a hacerlo).
—No hay riesgo de enemigos —precisó él—, están todos demasiado ansiosos por venir a la boda como para ofenderse. Además —agregó y le tomó la mano—, lo único que me importa eres tú.
Esa fue la primera vez que ella lo besó.
Se inclinó sobre la mesa movida por un impulso para presionar sus labios contra los de él.
Aún no sentía escalofríos, no sentía gran cosa, pero cuando se apartó y vio cómo los ojos de él se alegraban tanto —y sí, también se aliviaban—, se prometió a sí misma que lo besaría con más frecuencia.
El camarero trajo la bandeja de plata con las ostras.
La banda de jazz seguía tocando y los ventiladores en el techo agitaban el aire pegajoso.
No hablaron de la boda por una vez. Bebieron buen vino, bastante, y conversaron de todas las cosas de las que solían hablar: el trabajo de él, el de ella, de cómo él por supuesto la apoyaría para que siguiera enseñando tan pronto como su tobillo le permitiera estar de pie todo el día de nuevo, pero ¿consideraría dejar de fumar?
Tenía la teoría de que podría ser malo para la salud.
—Bueno, si esa es tu teoría —concedió ella y apagó el cigarrillo, sonriendo con una naturalidad que casi había olvidado que era posible sentir con él: quizás debería beber vino más a menudo, pensó.
—Nadie verdaderamente feliz diría algo así —señaló Peter cuando se juntaron para tomar un café a la mañana siguiente—. ¿Qué tal tu cabeza?
—Bien —respondió ella, aunque le dolía muchísimo y le sudaba debajo del sombrero cloche .
—Maddy —añadió él con tono cauteloso—, el virrey partirá de Delhi en menos de una semana.
—Lo sé.
—Una vez que llegue aquí será demasiado...
—Peter —lo interrumpió, con más brusquedad de la que hubiera querido (el dolor de cabeza)—, quiero casarme con Guy.
—¿Y aún sientes como si alguien más fuera a hacerlo por ti?
Maddy revolvió su café con leche y guardó silencio.
Sin embargo, eso era exactamente lo que sentía.
Fue con su madre, Della, Iris y Lucy (también dama de honor) a finales de mes a recoger los vestidos a Watson’s.
Se probó el suyo por última vez, escuchó a su madre y a Della exclamar lo perfecto que era, se rio de los arrebatos de Iris y sonrió al ver a Lucy imitarla: toda la escena parecía sacada de una obra de teatro.
La sensación fue la misma la semana siguiente cuando Ahmed y el criado personal de Guy trasladaron todas sus cosas y las de Iris por el camino hasta la casa de Guy.
Maddy se quedó de pie en el camino, en medio del chirrido de los insectos, viendo cómo el coche desaparecía a lo lejos, asegurando a Iris que sí, claro que podría volver a ver a Suya y al cocinero siempre que quisiera, sin poder reconciliarse con la realidad de que iban a vivir en otro lugar que no fuera donde siempre habían vivido.
—¿Estás triste? —preguntó su padre después de ver a Iris ir con Alice a la casa nueva a inspeccionar su habitación—. Al fin y al cabo, Iris prácticamente nació en esta casa.
—Estoy bien, creo —respondió ella sin saber si era verdad o mentira.
En realidad no estaba ni bien ni mal.
Vivía cada día como siempre pero de una manera casi mecánica, como una marioneta manejada por hilos invisibles.
Hablaba como se suponía que debía hacerlo, reía cómo se suponía que debía hacerlo, y como nadie le preguntaba si estaba bien ni la miraba con extrañeza, suponía que lograba parecer más convincente de lo que se sentía.
Salió a cenar con Guy otra vez, comió, sonrió y hasta bailó con él.
Guy la abrazó con fuerza, inmerso en una felicidad evidente que parecía haber borrado las arrugas que ella había notado en su rostro a su regreso a Bombay.
De hecho, parecía no tener la menor idea de lo desconectada que ella se sentía.
Al menos eso era bueno.
El virrey llegó a Delhi a principios de marzo.
Sus padres lo agasajaron con una cena formal de bienvenida bajo la luz de la luna, en los jardines de la casa.
El virrey se retorció el bigote, se balanceó sobre los talones, guiñó un ojo a Guy y besó a Maddy en ambas mejillas, comentando lo afortunado que era su viejo amigo Guy.
—La afortunada soy yo —respondió ella y volvió a tener esa sensación surrealista de estar leyendo un guion ajeno.
No fue hasta la mañana siguiente (solo faltaban tres días para la boda) cuando comenzó a tomar conciencia de la realidad.
La respuesta de la madre de Luke fue lo que disparó su reacción.
Cuando vio la carta sobre la mesa del desayuno, se dio cuenta de cuánto la había estado esperando.
Al tomarla, volvió a sentir por primera vez en semanas: alivio porque Nina le hubiera respondido y miedo por lo que pudiera haber escrito.
Abrió el sobre con el corazón acelerado y las manos temblorosas.
Se le empañaron los ojos al leer las palabras increíblemente generosas en su interior:
Nunca tendrás que preocuparte de que alguna vez dudemos de tu amor por nuestro hijo. Te deseamos toda la felicidad desde lo más profundo de nuestros corazones. Y esperamos que algún día vengas a visitarnos. Siempre tendrás un hogar aquí.
Seguía leyendo cuando Iris irrumpió corriendo.
—¡Faltan tres noches! —gritó.
Maddy se las ingenió para doblar la carta y contener las lágrimas.
Después de eso, sin embargo, dejó de sentirse como una marioneta. Se volvió más callada, lo percibía en su interior, y perdió el apetito por todo.
—¿Se siente mal? —le preguntó el cocinero cuando ella se disculpó por no terminar otra comida.
—Creo que estoy nerviosa —se excusó.
Lo estaba.
Estaba aterrorizada.
Pensaba que quizá lo había estado desde que había aceptado casarse con Guy, solo que había estado tan paralizada por el pánico que no se había dado cuenta.
Le alivió que todos estuvieran demasiado ocupados para notar su silencio repentino.
Por suerte, su madre y Della estaban enfrascadas en la decoración de la iglesia y del salón de baile.
Su padre y Peter estaban plenamente entregados a la tarea de acompañar al virrey por la ciudad, que incluía visitar todos los acantonamientos, asistir a almuerzos y recepciones en distintos clubes y oficinas, y mantener contentos a los principales empresarios indios de la ciudad.
Guy estaba trabajando horas extras en el quirófano antes de la luna de miel de dos días y, en cuanto a Iris, la excitación no la dejaba pensar en otra cosa que no fueran las tartas que le habían prometido, su habitación nueva y quién llevaría la cola del vestido de Maddy, si ella o Lucy.
Maddy mantuvo la compostura con fuerza de voluntad y siguió adelante, minuto a minuto de cada día sofocante y de cada noche interminable: se bañaba, se vestía, escuchaba a Iris, intentaba conciliar el sueño.
Casi logró llegar hasta la boda misma convencida de que si lograba superar la ceremonia, todo saldría bien.
Estuvo muy cerca de lograrlo.
Pero entonces, la noche anterior cuando ya todos se habían acostado, comenzó a hacer el equipaje para la luna de miel doblando sus cosas en una pequeña maleta para que Ahmed pudiera llevarla a la suite del Taj que Guy había reservado.
Los postigos entreabiertos dejaban entrar los sonidos nocturnos de la jungla: cigarras, hojas susurrantes, el murmullo lejano del mar.
Sacó las medias del cajón y el brillo dorado de la lámpara se reflejó en la seda transparente. De repente, pensó con un estremecimiento: “Guy las va a ver”.
Frunció el ceño e intentó alejar el alarmante pensamiento.
Pero luego tomó el camisón y la voz regresó: “También verá esto”.