Encuéntrame en Bombay Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

Maddy no volvió a llorar después de esa noche. No se lo permitió. Su madre y Della tenían razón, tenía que empezar a permitirse ser feliz. Esforzarse más.

Sin duda, no podía ser tan difícil.

Se alegraba de que fuera Navidad y de poder ir a casa.

Durante la semana siguiente, los días estuvieron llenos de regalos, misa y comidas; en casa de sus padres y en casa de Della y Jeff.

Los niños correteaban emocionados y ella, negándose a descansar en el sillón reclinable que Ahmed había sacado al porche, enfurecía a su madre y a Guy al usar la muleta para seguirlos con paso torpe, ayudando a Iris a montar la casa de muñecas nueva, entusiasmándose con el cantero de flores que había empezado a cultivar, enseñándole a Iris a tocar Cascabeles en el piano.

—Ay, no —exclamaba Peter sin excepción si llegaba justo en ese momento—, otra vez no.

—Pero si te encanta cómo toco el piano —replicaba Iris y no se equivocaba.

A veces Alice o Della sacaban el tema de todas las cosas que había que hacer antes de marzo (la iglesia que había que reservar —“No St. Thomas”, aseveró Della.

“Por supuesto que no”, coincidió Alice—, el lugar de la recepción, la banda, los vestidos...), pero en realidad no se podía confirmar nada hasta que todo volviera a abrir en enero, así que ¿qué sentido tenía hablar del tema?

—Es emocionante —respondió Della—, eso es todo. ¿Vas a ir de blanco?

—Della —la amonestó Jeff—, eres incorregible.

—Eso es decir poco —espetó Peter.

—Todavía no sé qué me voy a poner —admitió Maddy con aire distraído mientras recordaba cómo la había hecho reír Luke en el altar de St. Thomas al comentar lo virginal que parecía vestida de blanco. “Casi podrías engañarme...”.

—Te pongas lo que te pongas, te verás maravillosa, mi querida —interpuso Guy.

Maddy sonrió y se preguntó si algún día ese “mi querida” le resultaría natural.

El Club Náutico, que hacía tiempo que había retomado la celebración anual de Año Nuevo, organizó una fiesta.

Guy le dijo a Maddy que tenía que ir, ya que asistiría la mayoría de su personal, incluido Jeff; los padres de Maddy también irían por la misma razón.

Della acompañaría a Jeff. Peter, sin embargo, se excusó (“La maldita pierna, ya sabes”, le dijo a Guy, mintiéndole.

“Es una tortura ver bailar a la gente”), y lo mismo hizo Maddy, quien, desde aquella primera vez en 1915, había ido a la playa al pie de la colina con Peter cada Año Nuevo, y se sentía más que aliviada de poder usar ahora el tobillo como pretexto para repetirlo una vez más.

—Lo pasarás bien en el club a pesar del tobillo —la presionó Guy, que no tenía ni idea de que ella no había puesto un pie allí desde la guerra y, por suerte, ignoraba que ella había permanecido de pie una vez en el paseo marítimo con la mirada clavada en un desconocido con una chaqueta de lino—. No te dejaré sola.

—Te divertirás más sin mí —afirmó ella.

—Te aseguro que no —replicó él—. Vamos. No me parece la forma más auspiciosa de empezar el año.

Pero Maddy se mantuvo firme. Y él era demasiado amable, demasiado caballero para insistir.

Eso la hizo sentir fatal y se juró a sí misma que se esforzaría más en el futuro, pero solo quería esa última vez con Peter, los dos tendidos en la arena tibia, contemplando los fuegos artificiales de la ciudad, recordando .

Al dar la medianoche, levantaron sus copas por Luke, como todos los años. Peter volvió a echar su cabeza rubia hacia atrás, con los ojos en el cielo estrellado de la India, ese cielo que Maddy solía negarse a mirar.

Esta vez, sin embargo, ella también alzó la vista, tal como había hecho al despuntar 1914. ¿Estaba él realmente allí, observando desde lo alto?

Casi podía sentir el peso de su mirada, la caricia de su sonrisa. Quizás sí estaba allí. Quería creer que su alma era feliz en algún lugar, que él sabía lo maravillosa que era su hija y que ella, Maddy, se reuniría con él algún día.

—Ojalá hubieras visto su cara cuando vio la foto que le mandaste —recordó Peter, como había hecho muchas veces antes—. Estábamos a punto de salir de la trinchera y fue como si le hubieras regalado el mundo entero.

Ella lo imaginó y sonrió con tristeza, como tantas veces antes.

—Della tiene razón —continuó Peter—. Él querría que fueras feliz. Es lo que más querría en el mundo.

—Lo sé —contestó ella sin apartar los ojos de las estrellas.

—Que nunca dude de cuánto lo amamos.

—Siempre lo amaremos. —Maddy se llevó la mano al pecho, donde llevaba los anillos de Luke en la cadena de Peter, justo al lado del corazón.

Jones no salió de su habitación ese Año Nuevo, ni siquiera cuando la hermana Lytton intentó arrastrarlo a las inevitables celebraciones en la sala.

Sentado a la luz de su lámpara de aceite, repasó una y otra vez los diarios que ya había leído innumerables veces, ignorando las vibraciones del gramófono que atravesaban el suelo de madera y la culpa por el hecho de que Ernest estuviera solo y triste en su habitación, y deteniéndose en cada detalle, por más mínimo que fuera.

Los sueños le habían devuelto múltiples destellos más de su pasado en las últimas semanas: fragmentos de recuerdos tan preciosos como confusos, ninguno más atesorado que la imagen de esos dedos delgados que sostenían un pie diminuto en una fotografía sepia.

Estaba recordando. El milagro estaba cerca; podía sentirlo en su aliento, en los huesos.

Ya fuera por las cirugías de Gibbon, la terapia de Arnold o incluso, como el mismo Arnold se había atrevido a sugerir, una simple disminución del tejido cicatricial, los sueños seguían aflorando sin descanso y Jones anotaba cada detalle, sin dejar escapar nada. Estaba cerca, muy cerca...

Pero no estaba sucediendo lo bastante rápido.

Pasaba las páginas de sus diarios con impaciencia mientras sus ojos devoraban las palabras que ya conocía de memoria —hombre desdentado, bote a vela, pájaros de la selva, lluvia torrencial, lágrimas en un hospital, Auld Lang Syne — y, pese a que la claridad aún se le resistía, sentía que el corazón se le aceleraba.

Tal vez era por el cierre del hospital. Quizás por el miedo de que Diana, de algún modo, le fallara en primavera.

No sabía muy bien qué era, pero un terror profundo se había apoderado de él: la sensación de que se le estaba acabando el tiempo.

Durante gran parte de enero, marzo todavía parecía bastante lejano y, cosa extraña, casi irreal.

Los preparativos de la boda comenzaron en serio: se leyeron los edictos en la iglesia local (no en St. Thomas, por supuesto ), se publicaron los anuncios en los periódicos, se confeccionaron las listas de invitados...

y Maddy cumplió con su parte en todo y se esforzó más: posó para la foto de compromiso con Guy, asintió con la cabeza mientras su madre leía los nombres de los invitados y luchó por convencerse de que todo eso estaba sucediendo de verdad.

Porque así era. Lo sabía. Pero no podía sentirlo.

Guy la sostuvo mientras se desplazaba con dificultad por el salón de baile del Taj y la sujetó del brazo mientras el gerente del hotel destacaba el tamaño palaciego del salón, los candelabros de cristal, las columnas que habían sido importadas del mismísimo fabricante parisino responsable de la Torre Eiffel y ella se oyó a sí misma aceptar diciendo que sí, que sería un lugar perfecto para la recepción, y tuvo que recordarse a sí misma que estaba hablando de su propia boda.

—¿Sigues con la morfina? —le preguntó Della.

—No —contestó—. La dejé hace mucho.

—Entonces serán los nervios —dedujo Della—. No lo pienses demasiado. Siempre piensas demasiado.

¿Lo hacía?

Intentó dejar de hacerlo.

Pero se enviaron invitaciones a más de trescientas personas, incluido el virrey, y no podía evitar preguntarse por qué no se sentía más inquieta por la enorme cantidad de invitados y la perspectiva de pronunciar sus votos delante de todos ellos.

—Es casi como si otra persona fuera a hacerlo por mí —le confesó a Peter y se rio, como si tratara de restarle importancia.

—Pues nadie lo hará por ti —refutó él, sin reírse ni un poco. Más bien, con el ceño fruncido. Preocupado—. Si estás teniendo dudas, ahora sería un buen momento para decirlo. —No las tengo —aseguró ella—, por supuesto que no.

Y no las tenía. Había tomado una decisión. Iba a ser feliz.

Con eso en mente, se obligó a hacer lo que había estado posponiendo y escribió a los padres de Luke para contarles del matrimonio.

“Espero que sepáis lo difícil que ha sido esto para mí y que nadie ocupará jamás el lugar de vuestro hijo. Lamento muchísimo que este año no podamos viajar a visitaros”.

Miró las palabras, su propia letra inclinada, pensando en cómo se sentiría Nina al leerlas y esperó a que las ganas de llorar la vencieran.

Pero no ocurrió nada.

Era tan extraño.

—Extraño en el buen sentido me imagino —comentó su padre, que la llevó en coche a la oficina de correos en una cálida y soleada mañana de finales de enero para que pudiera enviar la carta en persona.

—En el mejor sentido —afirmó ella, convencida de que debía ser así.

—Me preocuparía si hubieras llorado —continuó él, adelantando a un rickshaw —. Hace tiempo que no te oigo llorar.

—No lo he hecho —dijo ella.

—Me alegro —respondió él, con una sonrisa en su rostro curtido—. Tu madre me ha dicho que debería escucharla más.

—No me cabe ninguna duda —contestó Maddy y se obligó a sonreír también.