Capítulo veintidós
Guy visitó a Maddy todos los días durante las tres semanas que ella estuvo en el hospital, en ocasiones hasta dos veces al día, sin darle tiempo a que se pusiera nerviosa por la próxima visita.
Se ocupó de que otros médicos lo cubrieran con sus pacientes para poder pasar al menos cada mañana a saludarla, revisar su historia clínica y comprobar que la hubieran supervisado correctamente en la noche y le hubieran administrado la dosis correcta de morfina.
—Deberían empezar a reducírtela pronto —le explicó—, para evitar el riesgo de desarrollar dependencia.
—Eso es lo que me han dicho —contestó ella.
—Mmm —musitó él mientras seguía hojeando la historia clínica—. Ojalá hubieras permitido que te trasladaran a mi hospital.
—Mi médico aquí es muy competente —argumentó Maddy.
—¿Me estás diciendo que no me meta en tus asuntos? —soltó Guy y levantó la vista del portapapeles con una sonrisa tan pícara como un hombre como él podía esbozar.
—Por supuesto que no —aseveró ella, convencida de que era verdad.
Si no había nadie más en la habitación él la besaba cuando llegaba, lo que la ponía tensa e incómoda, por mucho que intentara evitarlo.
Esperaba que él no se diera cuenta. (Se daba cuenta.
“Son los nervios”, se decía a sí mismo con determinación.
“Los nervios”). Empezó a llamarla “mi querida”.
Eso también le resultaba extraño. Nunca nadie la había llamado así.
Luke no lo había hecho: ni “cariño”, ni “amor” ni ningún apodo cariñoso. Solo “señorita Bright”.
Y a ella le había encantado.
—Pero Luke ya no está —le recordó Della, que también la visitaba a diario—. Hace ya mucho tiempo que no está.
—Ya lo sabe —interpuso Peter.
—Pero me siento muy culpable —confesó Maddy.
—Pues no lo hagas —la regañó Della—. Por favor. Luke nunca habría querido que te quedaras sola.
—No puedo evitar sentir que lo estoy traicionando —insistió Maddy.
—¿Por estar con Guy? —preguntó Della.
“Por conformarme”, estuvo por responder. Pero no podía admitir que podría hacer eso, ni siquiera a sí misma.
A menudo antes de visitarla, Guy recogía a Iris, a quien Maddy echaba de menos y por quien se preocupaba cada segundo de cada minuto, y la llevaba con él al hospital.
En esos días, Maddy olvidaba su aprensión y ese miedo constante de que podría estar cometiendo el peor error de su vida.
Los esperaba acostada en su calurosa habitación de baldosas, con el tobillo que le latía de dolor y todo su ser tenso de impaciencia por abrazar el cuerpito tibio de Iris y asegurarse de que no había tenido pesadillas la noche anterior, que había disfrutado del desayuno con sus abuelos y había comido su ración de fruta.
Se incorporaba contra las almohadas al oír el repiqueteo de los pasos de Iris al acercarse y una sonrisa de alivio y gratitud se dibujaba en su rostro mientras escuchaba el parloteo entusiasta de Iris y la risa indulgente de Guy.
Sonaban como un auténtico equipo, un dúo perfecto.
—¿En serio se conocen desde septiembre? —preguntaron las enfermeras.
—En serio —contestó Maddy.
—¿No es maravilloso con ella? —comentaron con adoración—. Qué niña más afortunada.
Guy nunca llegaba con las manos vacías. La habitación se llenó de flores: un verdadero jardín de ramos.
El perfume empalagoso llenaba el aire y la garganta de Maddy como un recordatorio constante y fragante de lo buen hombre que era Guy; un amigo al que sería imposible hacerle daño.
Si no eran flores eran tartas o helados traídos de la cocina del Taj (aunque solían llegar a medio comer, gran parte de ellos untados en las mejillas sonrosadas de Iris), o libros y cartas para ayudarla a pasar el tiempo.
Y un anillo.
Le llevó un anillo el día anterior al supuesto viaje de ella a Inglaterra, dos días antes de Navidad.
Maddy no se sorprendió cuando él se arrodilló ante ella y le tendió la caja de terciopelo rojo con la esmeralda dentro.
Había sabido que era probable que ocurriera.
Su padre se lo había advertido; había pasado por el hospital a última hora la tarde anterior, con una botella de gin-tonic escondida debajo de la chaqueta, aduciendo que necesitaba un trago después de la conversación que él y Guy acababan de tener.
—Me pidió permiso —había revelado Richard.
—Oh —había exclamado ella y esperado con optimismo una oleada de emoción que nunca llegó—. Me imagino que fue bastante incómodo.
—Imaginas bien —había replicado él—. Le dije que la única persona a la que tenía que pedir permiso era a ti.
—Y tú no quieres que se lo dé —había adivinado Maddy.
—Guy me parece una excelente persona —había continuado él sin responder la pregunta—. Estoy seguro de que te trataría como a una reina. Pero quiero que seas feliz. —Su rostro se había fruncido con preocupación—. Tengo mucho miedo de que no lo seas.
—Pero ¿y si puedo serlo? —había preguntado ella—. ¿Y si esto es lo que necesito? ¿Lo que Iris necesita?
—Iris te tiene a ti....
—Creo que quiere más.
—¿Pero qué es lo que tú quieres, cariño?
—No estar triste nunca más —había confesado, con la voz quebrada por esa verdad tan patética.
—Oh, cariño...
—No puedo pasarme el resto de la vida dependiendo de ti y de mamá. Tú te jubilarás…
—Todavía no.
—Pero algún día —había insistido ella—. Iris y yo necesitamos nuestro propio... hogar. Una vida.
Richard había suspirado.
—Piénsalo bien, por favor.
Eso fue lo único que había hecho durante aquella noche interminable en que había yacido, sudorosa e insomne, en su estrecha cama individual, con la pierna que le picaba debajo del yeso.
Mientras tironeaba de las almohadas húmedas y las sábanas, había repasado cada palabra, cada mirada y cada sonrisa que ella y Luke habían compartido, y había intentado imaginar algo parecido con Guy.
No había podido. Sumida en sus recuerdos de Luke y la negra soledad de su habitación, había llorado por el dolor de tanto silencio, consumida por un anhelo más agonizante que nunca.
“¿Por qué te fuiste?”. “¿Por qué tuviste que irte?”.
Él no respondió. Maddy se apretó los talones de las manos contra los ojos y, por fin, empezó a aceptar que él nunca lo haría, llena de terror ante la idea de que si le decía que no a Guy ahora, pasaría el resto de sus días atormentada por el deseo de oír una voz que jamás respondería.
Y, además, haría infeliz a Guy también. Y a Iris.
La vivaz, inteligente y hermosa Iris, por quien ella daría la vida, a quien Guy cuidaba con tanto cariño y que había vivido casi seis años sin un papá. Seis .
Su madre tenía razón: Guy era el padre que todo niño querría tener. Lo era. Y el amigo más decente y verdadero.
“Un amigo es algo bueno”, había dicho Della.
“Un amigo es un comienzo”.
¿Pero era suficiente?
Aún se debatía por entender sus pensamientos confusos y exhaustos cuando Guy se arrodilló, nervioso y apuesto con su traje color crema, perfecto en todos los sentidos…
salvo en uno. Mientras levantaba la caja y declaraba con voz titubeante que si ella aceptaba ser su esposa lo haría el hombre más feliz del mundo, Maddy no pudo evitar pensar en la formalidad de toda la situación y en cuánto se diferenciaba de la forma relajada y bromista en que Luke se había inclinado sobre la cama para ofrecerle los diamantes que ella todavía llevaba en la mano izquierda, haciéndola llorar y reír de felicidad.
Pero era dulce, sí. Muy dulce.
—Sé que nunca podré sustituir a Luke —se sinceró Guy, con una franqueza que la hizo sentirse como una criminal— y no pretendo intentarlo.
—Sus ojos serios se clavaron en los de ella—.
Pero si me dejas, dedicaré cada segundo de mi vida a intentar ser el mejor esposo que te mereces.
Cuidaré de Iris como si fuera mi hija. —Un afecto profundo tiñó su rostro.
Amor —. Maddy, la siento como si fuera mía .
Eso fue lo que lo decidió.
Eso y el alboroto repentino en la puerta; los ojitos de Iris que se asomaron con picardía por el marco, al parecer sorda a los susurros de Alice que le pedían que volviera y que hicieron saber a Maddy que las dos estaban allí.
Guy esbozó una sonrisita resignada. Se habían aliado contra ella.
No era justo. Pero cuando Maddy reparó en los ojos chispeantes de Iris, en cómo se mordía el labio con una ilusión incontenible y Guy le preguntó una vez más si le permitiría formar parte de su familia, supo que solo había una respuesta que podía dar.
Y, a pesar de la euforia desconcertante que experimentó cuando el “sí” brotó de sus labios entumecidos, el rostro dulce de Guy se transfiguró de dicha e Iris soltó un gritito y corrió hacia ellos: ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
Entonces comprendió que había sido demasiado tarde desde el instante en que había dejado que Guy se sentara a su lado en los Jardines Colgantes.
Tampoco sabía si querría cambiarlo, aunque pudiera. Guy la atrajo hacia sí para abrazarla e Iris se trepó a la cama y echó los brazos alrededor del cuello de su madre; era imposible pensar con claridad.
—Me has hecho el hombre más feliz del mundo —declaró él.
—Felicitaciones a los dos —dijo Alice. Su mirada azul se encontró con la de Maddy. “Sé que no ha sido fácil”, pareció decirle, “bien hecho”—. Tenemos que fijar una fecha —añadió en voz alta.
—Había pensado en marzo —sugirió Guy—, antes de que haga demasiado calor.
—Perfecto —convino Alice.
Maddy no puso ninguna objeción. Ya estaba deseando que la ceremonia hubiera quedado atrás y, por fin, estuviera a salvo de más preguntas sobre si estaba o no haciendo lo correcto.
—¿Puedo ser la dama de honor? —quiso saber Iris.
—Por supuesto que sí —contestó Guy.
Siguieron hablando. Maddy los dejó. Guy había colocado la caja del anillo junto a ella sobre la cama.
La recogió y sus ojos se empañaron al fijarse en la esmeralda.
Giró la mano y contempló los diamantes de Luke, brillantes y perfectos.
Entonces se dio cuenta de que tendría que quitárselos, esas piedras que él había hecho engastar en el anillo que ella amaba.
Esas piedras que él había tocado. También tendría que quitarse la alianza.
Qué tonta, ni siquiera se le había ocurrido.
—¿Estás contenta mi querida? —le preguntó Guy.
Tardó un momento en llegar a darse cuenta de que él había hablado.
—Sí —respondió, asintió con la cabeza y sus mejillas se tensaron por el esfuerzo de sonreír. Deseó que todos se marcharan para poder rendirse al llanto que se agolpaba en su garganta y amenazaba con ahogarla.
No se marcharon. No por varias horas. De hecho, al final ella se alegró de que no lo hubieran hecho, porque si se hubiera quedado sola con esa sensación de arrepentimiento que la había invadido, podría haberse desarmado por completo.
En cambio, así, no tuvo oportunidad de pensar en nada, y mucho menos de regodearse en la tristeza, porque todos estaban radiantes de felicidad.
Guy había llevado champán.
—Atrevido de mi parte, lo sé —admitió con una sonrisa irónica mientras lo sacaba de la bolsa—. ¿Me prometes que hoy no has tomado morfina?
—Lo prometo —aseguró ella. Guy descorchó la botella y ella se apuró a tomar una copa para recoger las burbujas.
Todos bebieron, Iris habló más sobre su vestido, las flores que quería llevar en el pelo, y Alice envió mensajes al registro civil, a la casa de Della, al padre de Maddy.
Peter, Della y Jeff, hasta Emily y Lucy se presentaron en el hospital y la habitación se llenó de felicitaciones y ruido; distracciones maravillosas y bienvenidas.
Nadie mencionó a Luke. Richard, diplomático hasta la médula, se limitó a dirigir una mirada algo preocupada a Maddy cuando llegó pero, por lo demás, se mostró cordial al estrechar la mano de Guy, incluso alegre al brindar por ambos, sin delatar en ningún momento la inquietud que había manifestado a Maddy la noche anterior.
Aunque Peter echó un vistazo a los anillos de Luke y murmuró a Maddy que le compraría una cadena para ellos (lo que la hizo preguntarse por enésima vez qué haría sin él), nadie aludió al hecho de que ella todavía llevara diamantes en lugar de una esmeralda.
Ni siquiera Guy, que prefirió dejar el asunto así, con una empatía que no hizo más que confirmar a Maddy que había hecho bien en decirle que sí. Más que bien.
Al caer la tarde, Jeff trajo una cena tipo pícnic del club y luego las enfermeras les comunicaron que era hora de que pensaran en ir retirándose; a fin de cuentas, Maddy volvería a casa al día siguiente.
Aun así, todos se quedaron un rato más y compartieron un momento cálido, animado y muy muy… agradable.
No fue hasta después de que todos se hubieran marchado y Guy se despidió de ella con un beso, sin dejar de repetir lo feliz que lo había hecho, que Maddy se encontró de nuevo sentada a solas, con la lámpara eléctrica parpadeando y las cigarras que chirriaban al otro lado del mosquitero de la ventana.
Tomó la caja que Guy le había dado y la abrió de nuevo.
Deslizó el pulgar por el anillo con vacilación, como si pudiera quemarla. Luego, lo sacó de la caja; la esmeralda capturó la luz y proyectó reflejos verdes en las paredes encaladas. Respiró hondo y, despacio, levantó la mano izquierda y exhaló mientras estudiaba los diamantes de Luke.
—¿Estoy haciendo bien? —susurró hacia el vacío que la rodeaba—. ¿Tengo tu permiso?
Silencio.
Se dejó caer sobre la almohada y clavó la vista en el techo.
Vio el rostro de Luke. Ese rostro que tanto había amado.
El disfrute, la energía sin límites y la calidez en su sonrisa burlona, los ojos oscuros y brillantes.
Y luego vio a Guy. El estable y amable Guy, que había abierto su corazón sin reservas durante toda esa tarde; el corazón que le había entregado a ella con tanta generosidad.
Y a Iris.
Bajó la mirada hacia su mano con lentitud.
Sin tomar ninguna decisión consciente, dejó la esmeralda de Guy y tiró de los anillos que Luke había colocado en su dedo.
No fue fácil. Tenía las manos hinchadas por el calor y tuvo que forzar el metal para que pasara sobre los nudillos inflamados.
Cuanto más se atascaban, más tiraba de ellos, con los dientes apretados, resuelta a llegar hasta el final ahora que había empezado.
Fue solo cuando ambos salieron por fin, dejando una marca pálida y dolorosa en su piel, que se dio cuenta de que estaba llorando.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin cesar: por el miedo a lo que había decidido, la incertidumbre de todo lo que le esperaba y, sobre todo, por el dolor, el dolor desgarrador de todo lo que ella y Luke habían perdido, los años que ella había desperdiciado esforzándose por creer que podrían recuperarlo, el peso de los anillos que aferraba en su puño, la esmeralda que ahora tenía que colocar en su lugar.
La irrevocabilidad de ese adiós largamente postergado.