Capítulo veintiuno #3
A petición suya, Della pidió a su chófer que las llevara al Hospital General, no al de Guy, donde Alice había estado tan enferma y donde Luke se había despedido de Maddy aquella última vez.
—No puedo ir a ese lugar —explicó Maddy entre dientes y en un grito de dolor—. En lo único que voy a pensar es en Luke.
—Entonces al General —indicó Della.
Un joven médico británico le redujo la fractura y le recetó una dosis baja de morfina, dos semanas de inmovilización del pie, ya que la fractura era grave, luego una semana de reposo en cama en el hospital solo para estar seguros y varias más después en la casa.
—Al menos estarás en casa para Navidad —comentó su madre, que había llegado con la nota que Della había enviado con un criado en la mano, muerta de preocupación, junto a Richard, que había abandonado su oficina a toda prisa—. Y será tan maravillosa como siempre.
Maddy asintió pero no pudo hablar; temía que si intentaba hablar de la Navidad y del ansiado viaje que ahora tendría que cancelar, se derrumbaría.
Se volvió hacia Iris y odió que se hubiera asustado tanto, le acarició las mejillas manchadas de lágrimas y trató de aceptar que ninguna de las dos tendría sus vacaciones.
—Lo siento muchísimo —logró pronunciar con la voz entrecortada—. Tenía muchas ganas de llevarte a casa.
Iris esbozó una sonrisa trémula y desgarradora.
—Pero esta es mi casa, mami —respondió y aunque Maddy se dio cuenta de que su hija intentaba hacerla sentir mejor, de hecho se sintió todavía peor.
No sabía cómo iba a decir a los padres de Luke que no viajarían. Le pidió a su padre que le enviara un telegrama a Edie de inmediato, para por lo menos resolver eso.
“Recupérate pronto”, le telegrafió Edie en respuesta:
VISITARÉ A LOS DEVEREAUX Y SE LO CONTARÉ STOP MEJOR EN PERSONA STOP SEGUIREMOS TODOS AQUÍ EN PRIMAVERA STOP
—No falta tanto para la primavera —señaló Guy cuando llegó esa tarde después de que todos los demás se hubieran ido, con un ramo de flores de invernadero en la mano y los típicos pastelitos tradicionales británicos de Navidad del Taj, que admitió que sabía que no eran lo mismo que los originales pero esperaba que ayudaran un poco.
—Pero quería irme ahora —se lamentó ella y esta vez lloró de verdad. Era el dolor del tobillo y también la decepción, la decepción abrumadora.
—Maddy. —Guy dejó los regalos en el suelo, le tomó la mano y se la llevó a los labios antes de que ella supiera lo que estaba haciendo —. No te pongas así por favor.
—No puedo evitarlo.
Guy se movió y la atrajo hacia él con suavidad, sin tocarle la pierna, y la abrazó.
Era la primera vez que hacía algo más que rozar su mejilla contra la de ella.
Desde lo más hondo de su ser, Maddy oyó una voz que le pidió que resistiera.
Sin embargo, le apoyó la cabeza en el pecho, demasiado triste y angustiada para no hacerlo, y él le acarició la cabeza y le besó el cabello, y entonces ella lloró más todavía porque Luke había hecho lo mismo una vez y Guy no era Luke.
—Shh —la tranquilizó—, shh.
Y aunque no era Luke, no lo apartó. Si lo hacía y él se marchaba, entonces se quedaría completamente sola y no estaba segura de poder soportarlo. No esa noche.
—Estoy aquí —agregó él—. Si me lo permites, siempre estaré aquí.
Sabía lo que él le estaba diciendo. Incluso entre las lágrimas y la confusión de la morfina, entendió lo que él quería decir. Y entonces la voz le susurró de nuevo: “Detén esto. Tienes que detener esto”.
No detuvo nada. Guy la besó otra vez y le apoyó la mejilla contra la cabeza. Maddy sintió su peso, la cercanía de ese otro cuerpo, y se aferró a él en silencio.
Él no le pidió nada.
Por fin, ella dejó de sollozar.
Pero él no la soltó.
Se echó hacia atrás hasta que sus miradas se encontraron y le acarició las mejillas húmedas. Maddy lo miró con fijeza, preguntándose si la besaría de verdad, sin tener la menor idea de si deseaba o no que lo hiciera.
Sus labios encontraron los de ella antes de que ella pudiera decidirse y, ante la extrañeza del contacto de otro hombre, Maddy cerró sus ojos hinchados, todavía insegura de cómo se sentía al respecto.
Guy se inclinó hacia ella y le pasó una mano alrededor del cuello; su beso gentil se tornó más firme, más seguro, mientras ella esperaba… algo.
Pero no hubo aleteos ni temblores.
Apenas una sensación extraña y ajena, una especie de aceptación: estaba ocurriendo y ella lo había permitido.
Nada volvería a ser igual entre ellos.
Una mañana húmeda y brumosa de diciembre Arnold fue a buscar a Jones a su habitación.
Jones había estado leyendo sus diarios, con la cabeza entre las manos, apretándose el cráneo como si intentara forzar los recuerdos a través de sus huesos.
Alzó la vista, vio a Arnold en la puerta y se puso de pie, con el pulso acelerado por la esperanza...
—Lo siento —se atajó Arnold—, no tengo nada concreto.
—¿Qué tienes? —preguntó Jones.
—Volví a llamar a casa de Diana y hablé con la criada. —Arnold limpió las gafas con el borde del chaleco—. En efecto, Diana está de luna de miel. Y me temo que será prolongada.
—¿Mucho tiempo? —quiso saber Jones.
—Mucho. Por lo que entiendo se han ido a África, una mezcla de trabajo y placer. La mujer comentó algo sobre que después se mudarían al este. —Frunció el ceño—. La verdad es que no fue muy clara.
—¿Volverá aquí en algún momento?
—Por poco tiempo. Pero no hasta la primavera.
—¿La primavera? —repitió Jones con incredulidad.
—No te desanimes —dijo Arnold—. Ya daremos con ella, amigo, no vamos a rendirnos.