Capítulo veintiuno #2
Empezó a visitar la casa con mayor asiduidad.
Todavía se mostraba precavido y Alice se daba cuenta.
No pasaba con la misma frecuencia que cuando Madeline había regresado por primera vez a Bombay y él la había llevado a todos esos paseos por la ciudad.
(Hacía tiempo que Madeline le había confesado a Alice que había complementado esas excursiones con recorridos por su cuenta.
“¿Qué?”, había exclamado su madre, espantada.
“¿Fuiste al tanque de agua?”. “Mamá”, había respondido Madeline, “fui a todas partes ”).
Pero sí empezó a pasar de camino al hospital para el té de la mañana.
También participó de otro almuerzo dominical, de nuevo por invitación de Alice.
Y por fin accedió a alguna que otra cena.
Cada vez que aparecía, Iris dejaba lo que estuviera haciendo, ya fuera tomando su merienda en el cuarto de juegos o jugando en el jardín, y salía corriendo a saludarlo, lo que no le dejaba otra opción que abrazarla (que era evidente que a Guy le encantaba).
En la segunda visita le llevó una muñeca nueva.
—He descubierto que los pacientes se recuperan más rápido cuando reciben visitas —explicó y se arrodilló para que Iris no tuviera que levantar la vista—. Quizás se haga amiga de tu otra muñeca.
—Gracias —dijo Iris y apretó la muñeca contra su pecho—. Muchas gracias.
—De nada —respondió él y se rio cuando Iris lo besó.
Alice vio la manera en que Madeline los observaba a ambos, con expresión pensativa, no del todo cómoda, como cuando Guy había cosido la muñeca de Iris en la mesa.
Alice estaba casi segura de saber lo que estaba pensando.
Ella también lo había pensado durante mucho tiempo: por muy divertido que fuera Peter como padrino y por muy cariñoso que fuera Richard como abuelo, ninguno de los dos podría ocupar jamás el lugar de un padre.
(El dulce y excéntrico Peter nunca sería el padre de nadie, por supuesto).
—¿Verdad que fue muy considerado de parte de Guy traer esa muñeca? —deslizó Alice durante la cena esa noche; necesitaba asegurarse de que Madeline había tomado dimensión real de su generosidad.
—Sí —contestó Madeline—. Siempre ha sido muy amable.
—Iris estaba tan feliz —señaló Alice, consciente de su propia falta de sutileza—. Era casi como ver a Emily y a Lucy con Jeff.
—¿Me pasas el agua, por favor? —pidió Richard, también consciente de ello.
Cuando Guy había regresado, le había advertido a su esposa que no ejerciera ningún tipo de presión sobre Maddy. “Sé lo que siempre has querido, pero Maddy no eligió a Guy antes. Me cuesta creer que conformarse con él ahora le vaya a hacer ningún bien”.
“¿Preferirías que se quedara sola?”, había preguntado Alice.
“Preferiría que la dejáramos tranquila”, había replicado él. “Y no está sola. Nos tiene a nosotros. A Iris. A Peter y a Della...”.
“No es suficiente”, había aseverado Alice, deseando con todas sus fuerzas que lo fuera.
Pero si lo era, ¿por qué seguía oyendo a Madeline llorar por las noches?
Sin embargo, no era ninguna tonta. A medida que las semanas avanzaban hacia octubre y Madeline accedió a que Guy las llevara a ella y a Iris a tomar un helado al Sea Lounge del Taj, luego a almorzar a Watson’s e incluso de vuelta al club para ver polo (a Iris le encantaban los ponis), Alice comprendió que aunque Iris se mostraba extasiada con la atención de Guy, algo a todas luces evidente, ese cortejo tímido no generaba en Maddy ningún entusiasmo auténtico.
Su rostro pálido no se encendía de anticipación cuando oía llegar el coche de Guy; nunca bajaba corriendo las escaleras para recibirlo, como había hecho antes con Luke.
Pero sí sonreía cuando él sonreía. Se sentaba con él en el porche mientras Iris jugaba, a veces durante horas, hablando y hablando.
Alice se entretenía cosiendo en el salón y los dejaba solos.
Oía a Madeline hablar de los niños con los que estaba haciendo un trabajo maravilloso en la escuela y de sus planes para las vacaciones de Navidad con Iris (que Alice temía, y no solo por el silencio inevitable que reinaría en la casa, sino por la posibilidad de que decidieran no volver); incluso consiguió que Guy hablara de la guerra.
—Yo los trataba —murmuró Guy con dificultad mientras removía el té despacio—. Los trataba otra vez y, luego, un mes después, me enteraba de que habían muerto.
—Oh, Guy —se lamentó Madeline con una tristeza inmensa—, lo siento.
A su modo, ella lo quería; Alice lo notaba en su voz. Nunca se le habría ocurrido alentar nada si lo hubiera dudado.
—Por supuesto que lo quiero —afirmó Madeline—, es un amigo. Siempre lo ha sido.
—Un amigo es algo bueno —respondió Della, que se preocupaba por Madeline casi tanto como Alice—. Un amigo es un comienzo.
—No lo sé —titubeó Madeline, con el ceño fruncido—. La verdad es que no lo sé.
—Te haría muy feliz si lo dejaras —sugirió Della.
Madeline sacudió la cabeza.
—Cambiemos de tema.
—Dejadla en paz —pidió Richard más tarde a Alice y a Della—, por favor.
—Es muy probable que no sea lo correcto si hay que insistir tanto —dijo Peter.
Pero Alice no podía aceptarlo. No podía . Madeline estaba sola. Guy estaba solo. Él la adoraba y a Iris también, e Iris estaba cada vez encandilada por él.
—Porque no para de obsequiarle helados y muñecas —argumentó Madeline.
—Eso es injusto —protestó Alice.
Madeline suspiró; sabía que su madre tenía razón.
—Sería el mejor papá que cualquier niña podría desear —añadió Alice.
—Iris ya tiene un papá —precisó Madeline.
—No —refutó Alice, con una crueldad innecesaria—. No lo tiene. No lo ha tenido desde hace mucho tiempo.
—Mamá, por favor...
—Podríais ser una familia. Una familia de verdad.
—Por favor, no hagas esto.
—Debo hacerlo —insistió Alice—. Has estado triste demasiado tiempo. —Se inclinó hacia adelante para hacer lo que poco a poco había reaprendido a hacer: tomar las manos de Maddy entre las suyas—. Te lo ruego, piénsalo, en serio. No tienes que seguir sufriendo.
Maddy casi deseaba que Guy nunca hubiera vuelto. Ella había entendido su propia vida antes de su regreso. No había sido fácil, pero sí sencilla.
Había funcionado.
“Siento que ya no me queda nadie con quien hablar”, escribió a Edie.
“Mamá y Della no dejan pasar un día sin preguntarme cuándo volverá Guy de visita o si me ha revelado sus intenciones (no lo ha hecho y creo que eso me alivia), papá me dice todo el tiempo que no escuche a mamá ni a Della y Peter me aconseja que haga lo que crea que sea correcto, pero ¿cómo puedo saber qué es lo correcto cuando todos tienen opiniones tan estridentes?
Hasta Iris se suma y me pide que pasemos por la casa de Guy para saludarlo de camino a la escuela, ansiosa por saber cuándo regresaremos al Sea Lounge.
Cosa curiosa, Guy es con quien me resulta más fácil estar.
Es el único que no intenta decirme lo que debería hacer.
”Pero no creo amarlo de la manera correcta, Edie. Es un hombre maravilloso, cariñoso y amable, pero mi corazón no se acelera cuando estoy con él. Y las piernas no me tiemblan”.
Edie respondió. “Eso me pasaba con Fitz. Y a tu madre también. Y mira cómo terminó”.
“Ay, no”, se lamentó Maddy, “no empieces tú también”.
Bromeaba, pero no era gracioso. Nada lo parecía.
De alguna manera, ya era casi diciembre y Guy llevaba dos meses frecuentándola y, aunque no había dicho nada, Maddy sabía que era solo cuestión de tiempo.
Las miradas persistentes, las sonrisas lentas y toda la atención que prodigaba a una Iris embelesada eran prueba suficiente.
O debería dar el paso, para el cual no se sentía preparada, o acabaría lastimándolo (otra vez).
No entendía cómo había podido llegar a esa situación.
Echaba toda la culpa a Guy. Le gustaba demasiado como para mantenerlo alejado, pero no podía amarlo lo suficiente como para permitirle que se acercara más.
¿O sí?
¿Debería siquiera plantearse esa pregunta?
—No lo sé —admitió Peter con tristeza—, pero me parece que no.
Y, sin embargo, seguía cuestionándose.
Esperaba con ansias sus vacaciones con Iris.
Pensar en eso sí le producía escalofríos de emoción.
A pocos días de su partida el primero de diciembre, llenó los baúles y dobló los mandiles y los vestidos de invierno que había comprado en los grandes almacenes del ejército y la marina.
Se sentía cada vez más entusiasmada mientras trabajaba y se imaginaba a las dos embarcando en el transatlántico, conociendo el camarote, comiendo tarta en cubierta todos los días, jugando al tejo y nadando en la nueva piscina que la P&O había publicitado.
Las visualizaba atracando en Tilbury y caminando de la mano hacia el muelle donde los padres de Luke y Edie estarían esperándolas.
“Necesito eso”, escribió a Edie, “por muchas razones, entre ellas poder estar tranquila para ordenar mis pensamientos. No dejo de desear que Luke estuviera aquí”.
”Cuando él estaba, nunca tenía que detenerme a pensar en nada”.
Terminó la carta justo después de cerrar los candados de los baúles.
¿Acaso estaba destinada a prepararse para viajes que no podía realizar?
Lo que ocurrió a continuación fue una verdadera estupidez por su parte.
Había advertido una y otra vez a sus alumnos que tuvieran cuidado con las sillas enclenques que todos usaban.
Por qué se subió ella a una a la mañana siguiente para colgar la guirnalda que había comprado como regalo de despedida para los niños, jamás podría entenderlo.
Pero se cayó delante de toda la clase y se rompió el tobillo.
Le dolió. Le sorprendió cuánto le dolió, no pudo evitar llorar de dolor.
La pobrecita Iris corrió tan rápido como le permitieron sus piernas regordetas hasta la casa de Della, que era la más cercana, y volvió con Della y su automóvil.
—Madeline Devereaux —la regañó Della sin aliento mientras la ayudaba a acomodarse en el asiento trasero—, qué tonta eres.
Maddy no necesitaba que se lo dijeran.