Encuéntrame en Bombay Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Guy no se quedó mucho tiempo con Maddy en el banco de los Jardines Colgantes.

Había percibido su reserva cuando le había preguntado si podía sentarse con ella y aun si Peter no le hubiera advertido que seguía consumida por la pena, se habría dado cuenta por la tristeza que parecía cubrir sus hombros delgados como un velo y la mirada perdida con la que la había sorprendido contemplando el mar.

Antes incluso de saludarla, había sabido que sería un tonto si intentaba apresurarla.

No podía apresurarla… a nada. Así que, después de hablar unos minutos sobre lo que se sentía volver a Bombay (“Extraño”, admitió, “maravilloso”.

“Estás aquí”, quiso añadir) y luego sobre la pequeña Iris, de quien supo que tenía el cabello oscuro y rizado y le encantaba dibujar, hacer pícnics en la playa “y las tartas, todo tipos de tartas”, se obligó a decirle que no la molestaría más, que se marchaba.

—No tienes que hacerlo —señaló ella.

Él insistió, esperando no haber imaginado el destello de pesar en los ojos azul oscuro.

A partir de entonces, actuó con delicadeza, mucha delicadeza.

Rechazó dos veces la invitación de Alice a cenar y, en cambio, los llevó a ella y a Richard al Taj: dos veladas muy agradables en las que cenaron en el comedor iluminado por candelabros y se pusieron al día como los viejos amigos que eran; Guy habló lo menos posible de Francia y Egipto, porque, de verdad, ¿qué sentido tenía detenerse en todo eso?

y conversaron sobre el creciente movimiento hacia la independencia en la India, sobre si realmente podría suceder alguna vez (“Yo hubiera dicho que no”, confesó Guy, “pero en los últimos seis años he visto suceder demasiadas cosas que creía imposibles”), y cómo Richard, con ya más de sesenta años (Guy tenía cuarenta y ocho; ¿en qué momento había ocurrido?) empezaba a pensar en jubilarse y en mudarse a una zona más tranquila en el sur.

Un único tema parecía ser totalmente tabú.

Guy, muy consciente de su sospecha de que Richard nunca había aprobado su interés por su hija, se abstuvo de mencionar a Maddy.

Para su consternación, aunque no para su sorpresa, Richard tampoco la mencionó.

Alice, tan cautelosa como el mismo Guy, también guardó silencio en lo relativo a su hija.

A fuerza de voluntad, Guy se mantuvo alejado de la casa durante la semana siguiente.

No fue a los Jardines Colgantes, ni pasó por la pequeña escuela rodeada de selva en la que había oído que ella daba clases, para abrirse paso entre los árboles, espiar por las ventanas destartaladas y verla rodeada de niños, recitando las tablas de multiplicar.

Y cuando Alice lo invitó a cenar de nuevo, volvió a rechazar la invitación.

—¿Me estás evitando? —le preguntó Maddy cuando por fin él acudió a misa y se permitió encontrarse con ella a la salida del servicio matutino en la catedral de St. Thomas, diez días después de haberse sentado con ella en los jardines.

Sus padres, que conversaban con algunos empleados de Richard, todavía estaban en el interior.

Maddy bajó los escalones y se detuvo a pocos centímetros de Guy, bajo la luz del sol, lo bastante cerca para que él pudiera ver el brillo del calor en su clavícula y el contorno sugestivo de su silueta debajo del vestido azul a media pierna.

A su lado, tomada de la mano, había una pequeña que solo podía ser Iris: la niña a la que Guy había estado ansioso por conocer y que lo miró con curiosidad desde debajo de su sombrero de paja, tan bonita como llamativo había sido su padre, la viva imagen de Luke, en realidad, pero con los ojos de su madre.

—Por supuesto que no te estoy evitando —respondió, aliviado de sonar tan relajado.

—Guy. —Alice se sumó a ellos—. ¿Tienes planes para el almuerzo?

—Pensaba trabajar —explicó con bastante sinceridad. Tenía una pila de papeles que revisar: solicitudes de becas de investigación de algunos de los cirujanos sénior, órdenes de compra y una propuesta que estaba elaborando para modernizar los quirófanos.

—Ven con nosotros —lo instó Alice, ya sin tantos miramientos—. Es domingo. No puedes trabajar un domingo.

—Ahmed trabaja los domingos —mencionó Iris, con toda su buena voluntad—. Y el cocinero también. Todos en realidad...

Guy no pudo evitarlo y se rio.

—Iris —la regañó Alice con suavidad.

—Los niños siempre dicen la verdad —precisó Maddy.

—Ya no soy una niña —se quejó Iris y luego abrió y cerró los labios como un pececito, como si no supiera qué más decir.

Guy sonrió de nuevo. Era imposible no hacerlo.

Iris le devolvió una sonrisa pícara y eso lo alegró todavía más.

—Convéncelo, ¿quieres? —pidió Alice a Maddy.

—De verdad —insistió él—. Está todo bien.

Maddy lo miró desde debajo del sombrero. Guy no podía saber si su expresión era afectuosa, preocupada o cautelosa. Tal vez una mezcla de las tres.

—No te quedes solo todo el día —dijo por fin—. Ven con nosotros.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—Sí —contestó ella, aunque hizo otra pausa que no lo convenció.

Sin embargo cedió, incapaz de resistirse ahora que había vuelto a estar frente a ella, y se dirigió a la casa en la que tanto le había dolido dejarla en 1914.

Infló las mejillas con un suspiro nervioso y giró el coche para ingresar en el sendero de entrada en dirección a los imponentes muros con balcones.

Aunque sabía que Alice lo recibiría de buena gana y sí, también la encantadora y simpática Iris (parecía haber conectado con él enseguida; eso lo llenaba de orgullo), seguía sin estar seguro de si estaría haciendo lo correcto.

No era solo la reticencia de Maddy lo que le preocupaba.

Richard tampoco iba a estar muy feliz de verlo. ¿Sería un encuentro tenso?

Para su alivio Della, Jeff y sus hijas ya estaban en el porche cuando Ahmed lo hizo pasar; Peter estaba con ellos.

—¡Miren quién está aquí! —lo saludó Della y su sonrisa ancha aflojó la tensión.

—Guy —se sumó Jeff y se acercó para estrecharle la mano, ayudando también.

—¿Vino? —le ofreció Peter—. Está estupendo, bien templado.

Comieron en el porche con los niños, bebieron y conversaron hasta el atardecer.

Guy, que se había ido relajando con cada plato, hizo muecas divertidas a Iris, se rio de los gestos cada vez más creativos que ella le devolvió, charló con Jeff sobre los colegas del hospital y le preguntó a Della si había disfrutado de su breve incursión en la enfermería (“No tanto como había imaginado”, confesó Della.

“Los orinales no tienen nada de romántico”.

“No”, coincidió Guy, “no lo tienen”). Le alivió oír que Peter sonaba casi como el de siempre, verlo sonreír, y sonrió él también a Maddy, sentada frente a él, cada vez que tenía la suerte de cruzar su mirada con la de ella.

Sin embargo ella permaneció callada, mucho más callada de lo que él la recordaba, y habló sobre todo con Richard y la dulce Iris, que estaban sentados a ambos lados de ella.

Cuando retiraron los platos del postre, Guy esperó que ella se levantara y se sentara junto a él.

Pero fue Iris quien lo hizo; dio la vuelta a la mesa con su delantal de encaje y sus rizos negros que acompañaban su paso ligero.

—¿En serio eres médico? —quiso saber y apoyó su manita tibia sobre la de él con una familiaridad tan natural que Guy se conmovió de una forma casi absurda. La había conocido apenas hacía unas horas, pero ya se sentía fascinado por la niña.

—Sí, lo soy —respondió y, esta vez, se esforzó por no sonreír, porque ella estaba muy seria.

—¿Entonces puedes coser a las personas?

—Hago lo mejor que puedo.

—Mi muñeca tiene la barriga rota.

—Vaya, qué pena —contestó él.

—Fue por culpa de Suya —explicó la pequeña con aire acusador.

Guy asintió como si entendiera, a pesar de que no tenía ni idea de quién era Suya. (“La hija menor de nuestro jardinero”, le aclaró Alice después).

—¿Puedo traerla para que la veas? —agregó.

—Por supuesto. Y tráeme también aguja e hilo.

Le llevó menos de un minuto coser la tela rasgada de la muñeca.

Iris se quedó a su lado mientras trabajaba, observando cada movimiento que hacía: Guy no recordaba haber hecho una operación más gratificante en mucho tiempo.

Alice se acercó, se sentó junto a ellos y pasó un brazo alrededor de la cintura de Iris.

Guy tiró del hilo y la observó besar la cabeza de su nieta; se sintió muy contento por ella.

Había estado sola durante demasiado tiempo, había sufrido demasiado; era maravilloso verla rodeada de su familia de nuevo.

Se parecía bastante a la mujer que él recordaba persiguiendo a Maddy por el jardín.

(Y no era que le gustara pensar en Maddy como una niña).

—Gracias por venir hoy —le murmuró Alice—. Por favor, no tardes tanto en volver la próxima vez.

Guy se volvió hacia Maddy, que sostenía la copa de vino y lo observaba, a él y a Iris, al parecer perdida en sus pensamientos, y supo que no lo haría. Paró de coser, inmovilizado un instante por la atención de ella, por su increíble cercanía.

Había intentado olvidarla durante todos esos años.

Se había esforzado mucho por hacerlo; había bailado con otras mujeres en los clubes de Alejandría y hasta había estado a punto de dejarse llevar y proponer matrimonio a una enfermera que había conocido.

Una parte de él quería olvidar a Maddy ahora: la parte lógica y honesta que le recordaba con brutalidad que ella ya había tenido su historia de amor.

Pero mientras la veía llevarse la copa a los labios con aire distraído, casi pudo sentir el roce con los suyos y supo que no podía olvidar nada.

Ella era su historia de amor. Era inú-til negarlo.

Y era demasiado imposible no tener esperanza.