Capítulo veinte
La hermana Lytton había ido a buscarlo hasta la ambulancia.
Lo había visitado con rigurosidad durante todo el tiempo en que él había estado fuera: cada dos semanas en su día libre se había presentado con un termo de chocolate caliente en el bolso.
Con el paso del tiempo también había empezado a llevar los anuncios de personas desaparecidas, cada vez más numerosos.
Juntos, ella y Jones los habían examinado a fondo, los ruegos desgarradores de padres y esposas que buscaban a sus seres queridos, esperando que un nombre saltara a la vista: el suyo.
Pero había demasiados miles para revisar repartidos en diferentes periódicos; había sido imposible abarcarlos a todos.
Lo único que habían encontrado en esas páginas fue tristeza.
Los viajes que Arnold había recomendado a Jones y a la hermana Lytton que hicieran, siempre que Jones no estuviera recuperándose de algún tratamiento, habían sido más felices.
Habían tomado trenes a Londres, a diferentes partes del país o a la costa, con la esperanza de encontrarse con una imagen, un sonido o un olor que despertara su memoria.
Hacía poco, él había sentido algo… en Windsor.
Habían paseado junto al río, por las orillas cubiertas de hierba y los sauces bañados por el sol del verano; él había contemplado los equipos de ocho que cortaban el agua con sus remos y había experimentado una cálida sensación de pertenencia.
—¿Sí? —había preguntado la hermana Lytton con entusiasmo, su rostro rosado expectante debajo del sombrero de paja—. ¿Algo más?
Él había deseado que lo hubiera, casi tanto por ella como por él mismo.
Pero no lo había.
Y ahora allí estaba, de nuevo en el Quinto Hospital Militar.
Esperando.
Arnold aún no había comunicado la noticia del cierre del hospital a todos los pacientes. Cuando se lo contó a Jones, una tarde lluviosa en que estaban sentados en su despacho, le pidió que guardara el secreto para no generar una alarma innecesaria.
—Todos estarán bien atendidos —aseveró Arnold y se movió con un crujido en el sillón para alcanzar su taza de té—.
Tenemos todavía un año por delante antes de que suceda y nadie quedará en la calle.
Muchos hospitales permanecerán abiertos.
Yo me marcharé a Swansea —precisó y miró a Jones por encima de la taza— y espero no tener que llevarte conmigo.
Jones también lo esperaba.
—¿Qué pasará con las enfermeras? —preguntó.
No pensaba en Poppy (que al final había desistido de él poco antes de que él se marchara en 1918 y que luego había sido despedida cuando la habían sorprendido in fraganti con un capitán de caballería que podía haber olvidado cómo montar a caballo, pero no todo lo demás), sino solo en la enfermera Lytton, de quien ahora sabía que no tenía padres, ni hermano, ni prometido, solo una pensión en su ciudad natal de Norfolk, donde había confesado que pasaba sus licencias solitarias.
—Les encontraremos trabajo —aseguró Arnold—. Y la hermana Lytton no es responsabilidad tuya.
—Pero lo siento así —admitió Jones. No era solo por todo lo que ella había hecho por él en los últimos años (aunque le estaba muy agradecido); no, era la idea de por qué lo había hecho.
“Me ha comentado que le recuerdas a su hermano menor”, le había mencionado una vez Arnold.
Jones nunca lo había olvidado. Y cuanto mejor había llegado a conocer a la hermana Lytton, más había llegado a detestar que estuviera tan sola.
No podía soportar la idea de que tuviera que abandonar el hospital y se viera obligada a empezar de nuevo en otro lugar, alejada de ese sitio que era lo más parecido a un hogar que tenía.
Ella, con sus tazas de chocolate caliente, su buen corazón, sus madrugones para ayudar al pobre Ernest —sus cortas licencias cuando no podía soportar la tristeza de más muertes—, se merecía mucho más.
Ojalá él pudiera dárselo. Ella casi le había confesado que también lo deseaba, en el tren de regreso de ese viaje a Windsor.
Jones había permanecido callado en el asiento tapizado del vagón, todavía esforzándose por comprender qué le había impactado tanto de ese río y ella lo había observado desde el asiento de enfrente con el ceño fruncido, las manos agrietadas entrelazadas, tragando saliva, frunciendo el ceño, tragando de vuelta, hasta que por fin él le había preguntado qué le pasaba y ella había hablado, de una manera atropellada que había delatado sus nervios, y le había dicho que no quería que se enfadara, para nada, y que quería que él recuperara la memoria, claro que sí, por supuesto que sí, pero ¿alguna vez había contemplado la posibilidad de poder llegar a ser tan feliz, o al menos lo bastante feliz, si empezara de nuevo?
—¿Si empezara de nuevo? —repitió él.
—Es usted muy joven —había continuado ella con una mirada intensa y cargada de compasión—. Sé lo que significa… perder a... —Se llevó las manos al pecho—. Pero no puedo soportar que sufra otra pérdida.
—Hermana Lytton…
—Podría buscar un trabajo —lo había interrumpido, como si no pudiera detenerse ahora que había empezado—. Yo lo ayudaría. Tengo dinero, podría comprar una... casita de campo, o lo que usted quisiera. Podríamos ser… compañeros. Nada más. Solo… amigos queridos.
Jones había esperado antes de responder, y había elegido las palabras con cuidado.
—No puedo hacer eso —había murmurado—. No puedo rendirme. Su prometido no lo habría hecho, estoy seguro.
—Está muerto, oficial Jones.
—Y lo siento muchísimo —había respondido él—, de verdad lo siento, mucho. Pero yo no lo estoy. Tengo gente… gente que está esperando que recupere la memoria.
—Sí —había convenido ella y se había apurado a sacudir la cabeza y luego había tragado de nuevo—. Sí, sí, claro. Qué tontería la mía.
—No ha dicho usted ninguna tontería, hermana Lytton.
Ella había tomado una respiración temblorosa, al parecer por vergüenza o desilusión, y Jones había sentido una pena enorme.
—Tiene gente —había repetido ella con estoicismo—, gente a la que pertenece. —Había asentido con firmeza—. Debemos asegurarnos de que regrese con ellos.
No mucho después, los sueños de Jones habían comenzado a cambiar.
Gibbon se había atribuido el mérito, achacándolo a la última cirugía que le había practicado.
Arnold había deslizado que podía ser, pero que era igual de probable que se debiera a que los años que Jones había pasado con él antes en Surrey estuvieran dando resultado por fin.
Jones no sabía quién tenía razón. No le importaba mucho.
Lo único que le importaba era que los sueños eran ahora mucho más frecuentes y más largos.
Siempre plagados de ella.
Se había visto a sí mismo en un altar, con la hermosa figura de ella sin rostro y vestida de encaje blanco a su lado.
Casi había llorado de alegría y tristeza cuando había despertado.
Ella era su esposa. Tenía una esposa. Una a la que adoraba, que contemplaba los fuegos artificiales con vestidos de noche negros con lentejuelas, bebía champán en los alféizares de las ventanas y lo besaba sin cesar en el mar.
Una esposa que posaba para una fotografía acunando a un bebé en sus brazos sepia, con las sombras de las palmeras que jugaban entre sus manos, los piececitos perfectos y diminutos del bebé.
Los piececitos de su hija.
También tenía una hija.
Su corazón se aceleraba con pánico cada vez que pensaba en ella: en lo mucho que ya se había perdido y en todo lo que se estaba perdiendo.
Los días tenían ahora un costo adicional, porque cada uno que transcurría sin verla era otro día que ella crecía sin él.
Si tan solo Diana Aldyce se pusiera en contacto.
Jones había recordado el nombre de Diana gracias a los papeles de divorcio de Ernest. El abogado de Diana los había llevado al hospital el mes anterior, la semana después de que Jones había regresado al Quinto Hospital Militar.
La anciana madre de Ernest, que podría haberse acercado al hospital para acompañar a su hijo con el trámite, había fallecido de forma trágica en la epidemia de gripe al final de la guerra.
Jones había reparado con tristeza en que Ernest, que no recordaba nada, seguía volviéndose expectante hacia la puerta de la sala cada vez que entraba un visitante.
Desesperado por hacer todo lo posible por ayudar a su amigo, se había arrodillado junto a él cuando había llegado el abogado, le había sujetado la mano temblorosa y lo había convencido de que no debía llorar; no había nada de qué avergonzarse y tampoco debía tener miedo; se sentiría mucho mejor cuando todo eso hubiera terminado.
El abogado, que había tenido la delicadeza de mostrarse mortificado por la angustia de Ernest, se había disculpado y le había entregado los papeles a Jones.
Jones los había tomado y había visto el nombre “Diana” allí escrito, en blanco y negro.
Se había erguido de modo involuntario y su mente había volado a sus diarios en su habitación arriba, al nombre que había anotado el primer verano después de llegar al Quinto Hospital Militar, el único nombre que había recordado.
“Diana se está dando un festín”. Se había quedado mirando la tinta en el papel de Ernest, reviviendo la única vez que Diana había visitado el hospital, repitiendo toda la situación en su mente una y otra vez.
Después de ayudar a Ernest con la firma, echó a correr hacia el despacho de Arnold.
—La reconocí —exclamó, sin aliento por la urgencia—. Por eso la miré dos veces y ella me devolvió la mirada. Pensé que estaba mirando a Ernest, pero era a mí. Estoy seguro de que ella también me reconoció.
—Habría dicho algo, seguro —había aventurado Arnold.
—Creo que lo hizo —había replicado Jones, los músculos tensos por la adrenalina y la furia, recordando cómo Poppy había acompañado a Diana hasta la salida; la forma en que ella también se había girado a mirarlo y su extraño comportamiento posterior.
(“¿No tiene nada que decir?”, le había preguntado él.
“No tanto como usted”, había contestado ella).
La hermana Lytton, en su infinita bondad, se había tomado la molestia durante esas últimas semanas de intentar localizar a Poppy, a quien por fin había encontrado trabajando de camarera en una cafetería en Kingston.
La había convencido de que admitiera que Diana había mencionado que Jones se parecía a alguien que ella había conocido en un tiempo, alguien con esposa e hija.
—“Pero el oficial Jones no está casado”, había argumentado Poppy, al parecer fingiendo estupidez. “No podía ser él”.
—Qué chica egoísta —había protestado la hermana Lytton cuando había regresado al Quinto Hospital Militar—. Egoísta y desconsiderada.
Arnold había escrito a Diana. También había llamado por teléfono a la casa de su nuevo esposo. Pero, para profunda frustración de Jones, no había habido respuesta, ni esa vez ni las otras veinte que Arnold había intentado.
Suponían que debían de estar de luna de miel.
Por muy tortuoso que fuera, lo único que podían hacer ahora era esperar a que ella regresara.