Encuéntrame en Bombay Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

—Mujeres y niños también —relató Richard con voz quebrada cuando llegó a la casa con la noticia—. Deberíamos agachar la cabeza de vergüenza.

—Y sin embargo —había interpuesto Peter, que seguía en su antiguo bungalow y todavía se desempeñaba como adjunto de Richard—, los únicos que agachan la cabeza son los que terminan con una soga al cuello.

Maddy era muy consciente de que se merecían toda la animosidad que recibían.

Le sorprendía que no hubiera más hostilidad.

Pero sus alumnos, a los que había vuelto a dar clase cuando Iris había cumplido tres años, se mostraban tan entusiastas como siempre y sus padres igual de sonrientes y agradecidos.

Los tres hijos del jardinero, demasiado mayores ya para perseguir pavos reales, jugaban con Iris como si fuera su hermana menor.

El cocinero, que se había esforzado tanto por ayudar a Maddy con las náuseas matutinas y luego por tentarla a volver a alimentarse bien después de la desaparición de Luke (preparándole los curris y los rollos kathi que Luke había contribuido a que le gustaran tanto), se había convertido, contra todo pronóstico, en un amigo al igual que Ahmed.

Solían beber chai juntos en la cocina mientras discutían en urdu sobre si los libros de Hardy eran deprimentes o hermosos, hablaban de política, de las familias del cocinero y de Ahmed en Goa y Poona, de la dolorosa pérdida del hermano menor del cocinero en Gallipoli...

Sin embargo, las calles estaban llenas de miradas acusadoras y severas como para que Maddy no se sintiera tan cómoda como antes yendo sola a cualquier sitio.

—Deja de hacerlo —le previno Della—, por favor, aunque solo sea por tu salud mental.

No podía. Después de todos esos años seguía pasando horas sentada sola entre las libélulas y los canteros rebosantes de flores de los Jardines Colgantes, en el banco que ella y Luke habían compartido una vez, imaginando el calor de su cuerpo junto al suyo, oyendo su voz (“déjame ver si puedo distraerte”) y contemplando a través del mar la ciudad que él había dejado tan vacía y a la que ella temía, cada vez más y con el corazón roto, que él jamás regresaría.

Algunas noches, incapaz de dormir, se escabullía de la casa de sus padres y bajaba por el bosque húmedo para tomar un rickshaw que la llevara al antiguo departamento de él, donde deslizaba los dedos por los alféizares de las ventanas, espiaba por los postigos el silencio vacío del interior y luego se sentaba en los escalones de entrada, a menudo hasta el amanecer, solo porque él también había tocado esos escalones.

“A mí me pasa lo mismo”, le confesaba Nina, la madre de Luke, que aún le escribía todo el tiempo: cartas largas y afectuosas que de alguna manera la acercaban a él, al menos mientras Maddy las leía.

“Seguro que ya te lo he contado, pero vino a almorzar justo antes de conocerte en la India. Pasamos un día maravilloso, paseamos a Coco por la playa y bebimos demasiado vino junto al fuego. Luke arregló la puerta de un armario roto; yo llevaba semanas pidiéndoselo a su padre. No lo dejó del todo bien, con todo el vino que tomamos y eso, y quedó torcida. A veces me paso una mañana entera de domingo observando esa puerta. Espero que vengas a visitarnos. Nos encantaría conocerte y por fin poder abrazar a la pequeña Iris”.

Viajarían pronto. Edie también había escrito; había cedido por fin y dejado que Fitz le comprara, en un arrebato de culpa, una casa de campo en Sussex. Quería saber si a Maddy y a Iris les gustaría visitarla en Navidad.

—Ya es hora —había dicho Maddy a su madre—. Solo serán unas vacaciones. Sabes que nunca alejaría a Iris de su vida aquí y que yo jamás te dejaría.

—Lo sé —había concedido Alice—. Lo sé. —Había logrado esbozar una sonrisa—. Pareces ilusionada.

Lo estaba: por volver a ver a Edie, dormir en la casa de Luke, respirar el aire de las habitaciones en las que él había crecido, conocer a sus padres, pasear a su perro spaniel Coco por esa playa...

Era la primera vez en mucho tiempo que esperaba algo con ilusión.

Tenía pensado llevar a Iris a ver un espectáculo en el West End y comprarle un juguete en Hamleys.

Y también, por fin, visitaría a Ernest. El pobre Ernest de quien Diana, que regresaría a la India a comienzos del año nuevo, había logrado divorciarse ese mismo mes.

—Me temo que no te va a reconocer —le había advertido Peter.

—No importa —había contestado ella—. Yo lo reconoceré a él.

—Pero faltan varios meses para que viajes —le recordó su padre esa noche calurosa y asfixiante después de que Guy había llegado a puerto.

Maddy, que acababa de bajar después de acostar a Iris (la había dejado dormida bajo el mosquitero cubierto de estrellas y la mirada atenta de su abuela), coincidió con su padre.

Richard se inclinó para tomar sus cigarrillos.

—¿Por qué no canalizas esta nueva energía en divertirte un poco aquí? —sugirió—. Veintinueve años es una edad demasiado temprana para vivir como una ermitaña.

—Tengo casi treinta —saltó Maddy.

—Toda una anciana —replicó él con tono brusco y prendió su encendedor—. Ve al club esta noche, por favor.

—Sí, hazlo —la urgió Della, que había ido con Peter a cenar.

Jeff estaba en camino; había tenido que cumplir un turno tardío en el hospital y había ido hasta su casa a cambiarse y desearles buenas noches a sus dos hijas: Lucy, de tres años, que era el vivo retrato de Della con sus ondas castañas indomables, mejillas y ojos redondos, y Emily, de un año, que había heredado (y Jeff había sido el primero en lamentarlo) los huesos fuertes y la barbilla prominente de su padre.

(“Esperemos que también haya heredado mi carácter alegre”, señaló Jeff, “lo cual, sin duda, lo compensará por demás”).

—Si te aburres, querida Maddy, te traeré a casa enseguida —aseguró Peter.

—No se aburrirá —aseveró Della.

—Porque queréis que vea a Guy —protestó Maddy, a quien la idea la ponía inexplicablemente nerviosa.

Guy le había escrito un par de meses después de la desaparición de Luke para decirle cuánto lo sentía.

Ella le había respondido: le había dado las gracias y le había expresado su deseo de que estuviera bien y a salvo, algo que de verdad había deseado, pero no había admitido cuánto había significado para ella recibir su carta ni le había pedido que le volviera a escribir.

Aunque había estado tentada de buscar consuelo en su amistad, hacerlo le habría parecido una traición hacia todos.

No había vuelto a saber de él desde entonces. Había pasado mucho tiempo. ¿Querría volver a verla ahora que había regresado?

—Que queramos que salgas por una vez no tiene nada que ver con Guy —aclaró Della.

—Además esta noche está trabajando —precisó Richard y exhaló el humo del cigarrillo.

—Oh —exclamó Della y la falta de sorpresa en su voz la traicionó.

—Qué pena —se lamentó Peter—. Me debe una copa. Tengo que hacerle saber que no lo he olvidado.

—Al margen de Guy —interpuso Della—. ¿Cuándo fue la última vez que pusiste un pie en el club después del anochecer, Maddy?

En realidad no era una pregunta y Maddy no la respondió. Todos sabían que no lo había hecho desde hacía años. ¿Por qué lo haría? Solo para acabar mirando por encima del hombro, sin poder evitar el doloroso susurro de esperanza de que él volviera a sorprenderla.

—Es hora de dar el paso de una vez —declaró Della—. Vas a venir y punto.

No fue, así que no estaba allí cuando Peter, Della y Jeff llegaron al bar y descubrieron que Guy había pasado por allí de camino a su casa desde el hospital.

De modo que no vio a Guy levantar la mirada, ver a Peter y sonreír con lentitud ni tampoco sonrió ella misma al observarlo cruzar la sala a zancadas y abrazar a Peter.

(“Lo habrías hecho”, le aseguró Della. “Yo casi lloro”).

No oyó a Guy felicitar a Della y a Jeff por su matrimonio y sus hijas, ni preguntar por ella, Maddy.

No advirtió que él se volvía hacia la puerta como para comprobar si ella iba a entrar.

(“Era tan obvio”, destacó Della). Tampoco vio las arrugas nuevas alrededor de sus ojos, su mandíbula más definida, ni sintió un leve estremecimiento porque se había vuelto aún más atractivo con la edad.

(“Para serte sincera, Maddy, de otro planeta”).

Todo eso ocurrió mientras ella reacomodaba a Iris, que se había despertado de una pesadilla, y se sentía aliviada de estar allí para tranquilizarla.

No vio a Guy hasta la tarde siguiente.

Había dejado a Iris envuelta en un delantal gigante y haciendo galletas de pistacho con el cocinero y había subido despacio la colina para sentarse en su banco habitual en los Jardines Colgantes.

El sol posterior al monzón brillaba con fuerza, castigando los senderos de tierra roja del jardín, el césped verde y las flores rosadas.

Estaba sudando debajo de su sombrero cloche .

El vestido suelto se pegaba a sus medias de seda y a su espalda.

Cerró los ojos y pensó en el diciembre inglés que le esperaba, en lo agradable que sería sentir frío por una vez y escapar un poco de la soledad de ese banco y de los mismos recuerdos de siempre.

Se dijo a sí misma, como siempre lo hacía, que debía ir volviendo a la casa. “Esto no te hace bien”.

Fue entonces cuando oyó su voz, justo detrás de ella.

—Hola, Maddy.

Dio un respingo y se giró, sobresaltada en su ensueño, y un “oh” silencioso se formó en sus labios al ver que era él.

Él le sonrió. Esa sonrisa amable, que dejaba ver esas líneas nuevas que Della había mencionado y que la enternecieron, a pesar de la sorpresa que le produjeron, porque solo podía imaginar qué las había provocado.

Entrecerró los ojos, se llevó una mano al ala del sombrero y lo estudió con lentitud.

No llevaba uniforme sino una chaqueta blanca y pantalones de franela.

Sostenía el sombrero Panamá a un lado. Parecía más delgado y tenía las mejillas hundidas pero seguía siendo el mismo Guy de siempre.

Se notaba en su sonrisa, en sus ojos afectuosos.

Todavía recelosa —casi más que antes, ahora que de repente él estaba allí—, le devolvió la sonrisa.

—Qué sorpresa tan agradable —dijo, por decir algo, pero también porque lo sentía de verdad.

—No es una coincidencia —confesó él.

—¿No?

—No. Peter me dijo que te gusta venir aquí. —La miró largamente—. Me dan ganas de decirte que no deberías andar sola por ahí, pero todavía recuerdo lo que pasó la última vez que lo intenté.

Ella se rio con tristeza y recordó también la vez en que él la había interceptado en aquel bazar abarrotado. Todavía conservaba la seda dorada que Luke le había comprado en el cajón de su mesita de noche.

—Siento haberme enfadado tanto.

—Supongo que me lo merecía. —Y luego—: Me alegro mucho de verte, Maddy.

—Yo también me alegro de verte.

—Y ahora eres madre.

—Sí. Iris tiene cinco años. Cinco y medio te diría ella si estuviera aquí.

Ahora fue él quien rio. Mientras lo hacía dio un paso hacia ella.

—¿Puedo sentarme?

Ella vaciló.

“Es el asiento de Luke”, estuvo a punto de decir.

Pero no lo hizo. Porque era Guy, a quien ya le había hecho suficiente daño. Y porque estaba muy cansada de estar sentada sola y triste.

—Sí —respondió mientras hacía espacio en el banco—. Claro que puedes.