Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciocho #4
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Capítulo dieciocho #4

Fue mientras ella estaba de permiso que la esposa ausente de Ernest apareció en el hospital.

Jones, que había estado en su habitación durante la mayor parte de la visita, ajeno a su presencia, la había visto apenas de pasada cuando él entraba en la sala y ella salía con Poppy al vestíbulo para marcharse.

Jones se volvió y se quedó mirando el cabello negro, el rostro afilado y maquillado y luego frunció el ceño, preguntándose qué le había hecho mirar dos veces.

Pero entonces oyó a Ernest que sollozaba en su silla.

Se dirigió enseguida hacia él, con ese impulso tan familiar de protegerlo y consolarlo.

No prestó atención a la mirada que la mujer de Ernest lanzó a su esposo antes de marcharse.

Estaba demasiado ocupado recogiendo los pedazos que ella había dejado atrás.

—Mi mu-mu-mu… —balbuceó Ernest.

—No hables de muerte—replicó Jones—. No te vas a morir. Ya ha habido suficientes muertes.

Dedujo que la esposa de Ernest le había pedido que firmara unos papeles y que se había enfadado porque él no había sido capaz de hacerlo. A su vez Jones se sintió enfadado con Poppy por permitir que la esposa de Ernest lo abordara sin que Arnold estuviera presente y por no haber intervenido antes.

Más tarde se lo dijo.

—¿En qué estaba pensando? ¿No vio cómo lloraba?

—¿Y dónde estaba usted, oficial Jones? —espetó ella—. ¿Escribiendo otra de sus cartas?

—¿Qué demonios sabe usted de mis cartas?

La voluntaria lo miró con fijeza y no respondió; se mordió el interior de las mejillas, para contener las lágrimas o una sonrisa, él no podía saberlo y, la verdad, le daba igual.

—¿No tiene nada que decir? —agregó.

—No tanto como usted —replicó ella.

¿Era un chiste?

No se lo preguntó.

—Manténgase alejada de mis cosas —soltó y se giró.

No registró el lamentable incidente en su diario. Sabía que lo recordaría demasiado bien.

Al fin y al cabo no era con el presente con el que tenía problemas.

Sino con el pasado. Solo con el pasado.

La extraña misiva de Diana llegó una mañana soleada y ventosa de fines de 1916.

El silencio reinaba en la casa. Richard estaba en la oficina.

Della y Peter se habían mudado a principios de ese año: Della, ahora felizmente casada con Jeff, vivía a unos cientos de metros calle abajo; Peter, que ya caminaba mejor y había recuperado algo de peso, había vuelto al antiguo bungalow del gobierno al pie de la colina.

Sin embargo, seguía visitando la casa casi todas las noches para cenar y hablar de Luke con Madeline y leer cuentos a Iris, en parte porque las quería, por supuesto, pensaba Alice, pero también, creía ella, para expiar la muerte de Luke, ya que jamás aceptaría que no había sido culpa suya.

De la misma manera que Luke siempre se había culpado por lo que le había ocurrido a Ernest.

Ernest, cuya esposa había enviado una carta.

Alice frunció el ceño al reconocer la caligrafía inclinada de Diana en el sobre. Lo tomó con cautela de la bandeja de plata del correo. Hacía más de dos años que no sabía nada de ella. ¿Qué podía querer ahora?

Compasión, al parecer, por su condición de “viuda en todo salvo en el nombre”. Y también aprobación para su aparente plan de divorciarse del pobre Ernest y volver a casarse.

“Igual que Edie y Fitz”, explicaba Diana, “yo también confío en poder empezar una vida nueva. Sé que muchos pueden ser quisquillosos con estas cosas, en especial en el club (yo misma quizás lo he sido en el pasado) pero estoy segura de que, teniendo tú misma una cuñada divorciada, no me juzgarás. Ya sabes, el que esté libre de culpa… Todavía soy joven y tengo toda una vida por delante para compartir. Había pensado en un viejo amigo, pero me hicieron notar que tu hija tiene muchos admiradores”.

Alice apretó los dientes con irritación. ¿Se refería a Guy? ¿Un “viejo amigo”? Guy nunca le había dado ni la hora a Diana, incluso ella debía saberlo.

“Como sea”, continuaba Diana, “he conocido a un hombre encantador en Whitehall, deseoso de probar la vida en el Raj si Richard estuviera dispuesto”.

Ahí estaba el quid de la cuestión. Alice estuvo a punto de dejar la carta a un lado. No tenía ningún interés en ayudar a Diana a regresar a Bombay.

Pero entonces una palabra le llamó la atención. Un nombre: “Luke”, al final de la hoja.

Frunció el entrecejo, más cautelosa que nunca, y siguió leyendo.

“La verdad es que ese hombre era su viva imagen. Es un rostro difícil de olvidar. El parecido era tan marcado que hasta le pregunté a la enfermera voluntaria por él, pero me aseguró que no tenía esposa ni hijos. Más bien me dio la impresión de que había algo entre ellos. Qué suerte la de Poppy Reid, diría yo. Aunque qué curioso, ¿no?”.

A Alice no le pareció nada curioso, apretó el papel en las manos y releyó las palabras a medida que se arrugaban.

“Es un rostro difícil de olvidar”. Con la boca seca, se volvió hacia el jardín donde Della, recién embarazada, estaba con Madeline; ambas aplaudían y exclamaban mientras Iris, de dieciocho meses, señalaba los árboles, las hojas y los pavos reales y los nombraba uno por uno.

Madeline se inclinó, con la falda más corta que tantas mujeres habían empezado a llevar y que dejaba al descubierto sus tobillos enfundados en medias y estrechó a Iris, le hizo cosquillas en la panza y la pequeña echó hacia atrás sus brillantes rizos negros y soltó chillidos de alegría.

—Monita linda —comentó Madeline y se rio también: esa risa hermosa que Iris y solo Iris podía arrancarle y que el resto de ellos aún oían muy poco.

Había sido una tortura verla convertirse en una sombra de sí misma durante el último año y medio.

Alice no recordaba haberse sentido nunca tan impotente, tan dolorosamente incapaz de ayudar a su propia hija.

Había disfrutado de cada segundo de la cercanía que había ido creciendo entre ellas después de que ella abandonara el hospital al comienzo de la guerra: las mañanas en la escuela, las horas decorando la habitación de Iris, los paseos, las charlas, y luego la dicha absoluta del nacimiento de Iris.

Pero era como si hubiera recuperado a su hija solo para volver a perderla.

Todos la habían perdido durante un tiempo.

Y si bien ahora estaba mejor, mucho mejor, Alice no dudaba ni un segundo de que Madeline no había renunciado a Luke.

Veía la expresión esperanzada con que desviaba la mirada hacia los portones cada vez que el chico del telégrafo llegaba con un mensaje para Richard.

No iba a ninguna fiesta ni club; Alice suponía que porque le daba terror divertirse o que otro hombre la invitara a bailar.

Seguía esperando.

Alice sufría por ella. Por mucho que hubiera temido en su momento que Madeline se marchara, le devolvería a Luke en un abrir y cerrar de ojos si pudiera.

Pero Peter lo había visto morir. Habían recibido su chaqueta hecha jirones por las balas, sus cartas, sus papeles y sus cigarrillos.

Estaba muerto. Enterrado por un hombre que Guy, Guy había conocido.

Volvió su atención a la carta arrugada de Diana. Sería demasiado cruel contar a Madeline lo que decía. Alice había desperdiciado demasiados años de su vida lamentándose por pérdidas que no tenían solución, ¿cómo podía animar a su hija a hacer lo mismo?

Guardó la carta despacio en el sobre y, sin querer permitir que la flaqueza la venciera, se sentó a responder a Diana en ese mismo momento.

“Estoy segura de que Richard estará encantado de ayudar a tu amigo”, escribió.

“Solo te pido una cosa. Ese hombre que viste en el hospital de Ernest no podía ser Luke. Es imposible, Diana, y no puedo permitir que Madeline se haga ilusiones. La decepción la mataría. Necesito que me prometas que jamás mencionarás a nadie lo que viste y mucho menos a ella”.

La respuesta de Diana llegó menos de un mes después.

“Por supuesto, querida Alice”, escribió. “Mis labios están sellados, tienes mi palabra”.