Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciocho #3
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Capítulo dieciocho #3

Entristecida por las palabras de su madre y su preocupación, Maddy intentó sonreír más esa Navidad.

Lo hizo por todos. Conmovida por el esfuerzo que todos hicieron para que el día fuera alegre —el calcetín que sus padres escondieron al pie de su cama, lleno de libros, sales de baño y chocolates Cadbury importados (no tan derretidos); la alegría bulliciosa con la que Peter, Della y Jeff llenaron cada hora, cómo mimaron a Iris, se apretujaron en el coche para ir a la iglesia y comieron el banquete (vegetariano) del cocinero en el porche con los sombreros de papel de Richard en la cabeza—, se esforzó al máximo por seguirles la corriente.

Era muy consciente de que no era la única que había sufrido ese año (el pobre Peter, Fraser, Ernest...), y no quería actuar como si lo fuera.

Si Peter, después de haber perdido una pierna y con todo el dolor que cargaba podía entregarse a las celebraciones, sin duda ella podía esbozar alguna que otra sonrisa.

Pero era tan tan difícil. Por más que intentó permanecer presente durante el día, sus pensamientos habían seguido divagando: hacia los fríos pabellones europeos; a un auténtico abeto navideño en un hospital desconocido; a la cama en la que él yacía, esperando que ella lo encontrara, y con demasiada frecuencia de repente se daba cuenta de que no había respondido a la pregunta de alguien o no había reaccionado a un chiste o no había hecho estallar un petardo.

Aunque se sumaba a las exclamaciones colectivas cuando Iris gateaba hasta el árbol de ramas de plátano y tiraba de él, haciendo que los adornos rodaran por el suelo por lo que parecía la centésima vez ese año (“Oh, Iris ”, coreaban todos), en lo único en lo que podía pensar mientras abrazaba a Iris era en cuánto disfrutaría Luke viendo el caos causado por su pequeña aventurera y en todo lo que se estaba perdiendo de la vida de su hija.

Cuando sentó a Iris en sus rodillas para abrir el regalo que le habían enviado sus desconsolados abuelos paternos, Nina y Theo (Nina y Theo, que habían escrito todas las semanas desde que Maddy se había visto obligada a enviarles esa carta desgarradora y casi imposible de redactar sobre la supuesta muerte de su hijo), sacó el medallón de oro rosado grabado que habían empaquetado con tanto cuidado, “para nuestra querida nieta”, y ni siquiera pudo esbozar una sonrisa.

Fue todo lo que pudo hacer para no derrumbarse.

—Hicimos lo mejor que pudimos —concluyó Della, una vez que el sol se había puesto por fin después de ese día agotador y mientras volvían de acostar a Iris en su dormitorio—. Pero ya que nadie más puede verte ahora, ¿no te vendría bien llorar un poco antes de que Jeff insista en que juguemos a algo?

Maddy se sintió más capaz de afrontar el resto de la velada después de haber llorado. Y, fortalecida por el generoso brandi que Jeff le sirvió (“reconfortante”), incluso se las ingenió para representar La tienda de antigüedades para que Peter lo adivinara en el juego de mímica.

—En realidad ya lo había adivinado después de “tienda”, pero no quise decir nada porque fue demasiado divertido verte representar “antigüedades”.

Aun así, exhaló un largo suspiro de alivio cuando, mucho antes de las diez, su padre sugirió que dieran por terminada la noche.

Por el asentimiento casi unánime de todos los demás, sospechó que sí, que se estaba haciendo tarde y que no era la única que se alegraba de que la fiesta hubiera terminado.

No fue al baile de Año Nuevo que la oficina de su padre organizó en el Taj a beneficio del esfuerzo bélico.

Más allá de la causa benéfica habría sido demasiado difícil, demasiado demasiado difícil, estar con otras personas en esa noche tan especial.

No estaba segura de que podría soportar oír y mucho menos ver los fuegos artificiales.

De modo que aunque Della y Jeff asistieron, al igual que sus padres, que no podían no hacerlo, Maddy se quedó en la casa.

Peter también lo hizo con la aprobación de Richard.

—Peter ha pasado por bastante este año —mencionó Richard a Maddy—. Pueden hacerse compañía mutua. Y será una tranquilidad para tu madre y para mí.

No tenían otro plan más que cenar en el porche y tomar una o dos copas obligatorias de champán.

Eso fue exactamente lo que hicieron durante gran parte de la noche.

Hablaron de Luke sin parar. Con el chirrido de las cigarras y el susurro de los árboles, Peter contó historias de mucho antes de que Maddy lo conociera: anécdotas sobre partidos de polo, regatas, noches de borrachera y audiencias disciplinarias por haberse quedado fuera del acantonamiento, que ella nunca se cansaba de escuchar.

Maddy, a su vez, habló de las cartas de Luke desde el frente: sobre cuánto había mencionado a Peter y dependido de él.

—Era mutuo —aseguró Peter—, créeme.

Mientras la botella de champán se iba vaciando y la noche sofocante se prolongaba, revivieron la fiesta en el Club Náutico dos años antes y se rieron al recordar la indignación de Della porque Peter no había ido a recogerla a su casa (“qué desgraciado”) y la búsqueda inútil de Maddy por encontrar las cerillas.

—¿Todavía las tienes?

—Por supuesto que sí.

Quizás fuera el champán o toda la charla sobre el Club Náutico pero, al acercarse la medianoche, Maddy se dio cuenta de que, después de todo, tenía ganas de ver los fuegos artificiales.

—¿Estás segura? —preguntó Peter.

—Sí —afirmó ella—, creo que sí.

Después de detenerse para chequear a Iris con su aya y buscar otra botella de champán, bajaron la colina con lentitud a causa de la pierna de Peter, hasta la playa rodeada de selva que Maddy había visitado tantas veces con Luke y en la que no había vuelto a poner un pie desde que él se había marchado.

Se detuvo al llegar y vaciló entre las palmeras, paralizada por la avalancha de recuerdos.

La arena iluminada por la luz de la luna era tal como la recordaba.

La costa negra y ondulada, desgarradoramente igual.

—Si prefieres podemos volver —susurró Peter con expresión preocupada en su rostro pálido y tenso bajo la luz plateada—. No tenemos que quedarnos.

—Quiero hacerlo —admitió ella con toda sinceridad—. Quiero estar aquí.

Casi podía sentir que Luke estaba allí también.

¿Cómo podía alejarse de eso? ¿De él?

Faltaba muy poco para la medianoche. Apenas tuvieron tiempo de llenar las copas cuando los fuegos artificiales estallaron sobre el horizonte distante de la ciudad. Tomados de la mano, observaron en silencio.

Luego, alzaron sus copas.

—Por Luke —musitó Peter y echó la cabeza hacia atrás con la mirada fija en la oscuridad más allá de las estrellas.

Maddy no siguió su mirada. Mantuvo los ojos clavados en la ciudad, en la tierra viva y palpitante, aferrada a su silenciosa creencia de que él todavía estaba allí. Despierto, confiaba.

No muy herido, esperaba.

En algún lugar seguro, en algún lugar tibio. En algún lugar respirando.

En algún lugar allí .

Casi la mitad de los pacientes del Quinto Hospital Militar se quedaron despiertos para recibir el año 1916 pero no Ernest, por lo que se podía encender el gramófono y las enfermeras podían cantar.

Cuando empezaron a entonar Auld Lang Syne , algunos de los hombres se sumaron —los que habían empezado a recuperar peso, a hablar más, a sobresaltarse menos y a los que Arnold había dicho que pronto no tendría más remedio que declarar aptos para el servicio activo otra vez— pero Jones guardó silencio, no porque no supiera la letra sobre si “deberían olvidarse los viejos amigos” sino porque sí la sabía.

Las palabras lo atravesaron y cada una de sus terminaciones nerviosas se estremeció.

Las imágenes se agolparon en su mente. No oyó a Poppy que le ofreció una copa de vino de flor de saúco ni advirtió la sonrisa de extrañeza que le dirigió la hermana Lytton.

Pensando solo en su diario se giró, subió corriendo las escaleras de dos en dos y escribió todo.

La letra de la canción, la sensación de calor que lo había impactado, la imagen de sí mismo inclinado sobre un suelo de mosaico (“¿una estación de tren?”, escribió), y una mano elegante y enguantada que se estiraba y tocaba el respaldo de una silla en una terraza.

—Esto es bueno —celebró después Arnold a la mañana siguiente—. Muy bueno. Este podría ser nuestro año.

Pero no lo fue.

Enero dio paso a febrero. El invierno se convirtió en primavera.

La primavera se convirtió en verano. Los cañones pesados seguían atronando en el Somme y Jones se desesperaba por los hombres que aún estaban en las trincheras.

A pesar del cansancio luchaba contra el insomnio y sus sueños fragmentados e incoherentes y, cuando una mañana de septiembre, Poppy vino a hacerle la cama —aunque él siempre la hacía solo—, soltó una risita tonta y comentó que un día de esos le daría un buen regaño “y ¿qué le parecería eso, oficial Jones?”, él estalló y gritó que Jones no era su maldito nombre y que ella podía regañarlo todo lo que le diera la gana.

Se arrepintió de su mal genio al instante.

Siempre había detestado la idea de convertirse en ese tipo de paciente y se giró dispuesto a disculparse.

Pero cuando volvió a mirar a Poppy, ella no parecía para nada amedrentada, solo visiblemente sonrojada de manera desconcertante.

De modo que decidió que sería mejor no insistir en el tema y optó por permanecer en silencio.

A finales de ese mes, para horror de todos, dos oficiales se suicidaron en rápida sucesión. Uno estaba a punto de abandonar el hospital para regresar a las trincheras.

—La hermana Lytton se culpa a sí misma —comentó Arnold mientras limpiaba sus gafas innecesariamente—, pero siento que soy yo quien tiene su sangre en las manos.

—No es su culpa —argumentó Jones y tuvo la sensación certera de que alguien le había dicho algo similar antes.

—Sí, lo es —insistió Arnold con un suspiro hondo—. De todos modos le he dado unos días de permiso a la hermana Lytton.