Capítulo dieciocho #2
Maddy alzó la vista hacia el cielo brillante de la India, con el sol en sus mejillas, acunando a Iris, que ya tenía ocho meses, en su regazo.
Sostenía la manita con aire distraído, para impedir que la bebé tirara del cuello de encaje de su vestido y pensaba en Luke, como siempre.
El resplandor de la tarde humedecía sus ojos y trató, de veras trató, de hacer lo que todos le decían que debía hacer: creer que él estaba muerto.
—Se supone que ya debería haberlo aceptado —susurró a su hija—. Pero no sé cómo hacerlo.
Iris, que al parecer encontró un humor incomprensible en sus palabras, soltó una risita.
—Desalmada —la regañó Maddy y luego la besó—. Eres una desalmada.
Era Nochebuena. Mañana sería la primera Navidad de Iris y, a pesar de las promesas de Maddy a sus padres, a Della y a Peter —quien, por suerte, había esquivado los submarinos y regresado sano y salvo en septiembre para reincorporarse a su antiguo empleo e instalarse también en la casa, ya que había espacio de sobra y nadie quería saber nada con que estuviera solo—, ella seguía fantaseando con que llegaría un mensaje de Luke en el que le diría que estaba vivo y en camino a encontrarse con ellas.
O mejor aún, que aparecería en el porche, con las manos en los bolsillos y su hermoso rostro vuelto hacia ellas en el jardín.
“¿De verdad pensaste que me perdería otra Navidad?”.
Maddy se volvió hacia el porche por si acaso...
Pero no. No estaba allí.
Nunca estaba allí.
Las últimas cartas que le había enviado al frente habían sido devueltas; los sobres que contenían las descripciones de cada sonrisa, cada gesto y cada gorjeo de Iris habían sido devueltos sin abrir con la cruel inscripción: “Muerto en acción”.
Las había tirado, odiándolas. Y por fin había dejado de intentar encontrar a alguien que admitiera que Luke podría estar vivo.
No porque creyera que era inútil intentarlo, sino porque se había quedado sin gente a quien escribir.
(“Gracias a Dios”, había oído que su padre decía a su madre antes de cenar una noche y apenas había logrado contenerse para no irrumpir en el vestidor y decirles a ambos cuánto le dolían sus palabras.
“¿Por qué no me dejan creer?”). De todos modos las cartas no la habían llevado a ninguna parte.
El comandante de Luke había sido el primero en hacer trizas sus esperanzas, al responder a sus súplicas de que admitiera que podría haber habido un error con palabras suaves que le aseguraban que no lo había habido en absoluto y con el horrible consejo de que siguiera adelante con su vida.
“No querría que mi esposa desperdiciara la suya esperándome”.
Enfurecida, había tirado la carta a la basura.
Sin embargo, no había podido hacer lo mismo con la respuesta del antiguo contacto de Luke en el Estado Mayor porque nunca le había contestado. Ni tampoco su superior. Ni el superior de su superior.
—¿No puedes mover algunos hilos? —había implorado a su padre.
—Cariño —había respondido él con gentileza—, nadie podrá darte la respuesta que quieres.
Las secretarias de todos los hospitales de base al menos le habían respondido, pero con cartas formales en las que explicaban que había demasiados hombres heridos para que pudieran atender a los familiares caso por caso.
“Por favor, acepte nuestras más sinceras condolencias”.
Lo mismo le ocurrió con las secretarias en Londres.
Si Maddy hubiera estado en Inglaterra habría visitado ella misma los pabellones, pero los submarinos seguían activos y no estaba dispuesta, como nunca lo había estado, a exponer a Iris al peligro.
Edie se había negado de manera rotunda a hacer las averiguaciones por ella (“No quiero darte falsas esperanzas cariño, estoy de acuerdo con tu padre en eso”) y ahora Maddy ya no sabía qué más hacer.
—Déjalo ya, querida Maddy —le había aconsejado Peter cuando había regresado, pálido, callado y demasiado delgado.
Habían salido a caminar por el jardín los dos solos, desafiando las últimas lluvias del monzón.
Della había ido a un almuerzo dominical con Jeff cuyos servicios, por fortuna, no habían sido solicitados por la fuerza expedicionaria —“Los dientes son la menor de sus preocupaciones”, comentó Peter— y los padres de Maddy estaban dentro cuidando a Iris.
—No puedo —había enfatizado Maddy—. Simplemente no puedo.
—Pero tienes que hacerlo —había insistido Peter. Se había detenido, apoyado sobre su pierna protésica bajo el paraguas en una postura torcida y con el rostro pálido y contraído por el dolor—. Está muerto. Lo siento mucho…
—¿Y si le pasó algo parecido a lo de Ernest Aldyce? —lo había interrumpido—. ¿Y si está desorientado y esperando que yo…?
—No está esperando nada —había interpuesto Peter, con una voz tan gentil que había sido casi imposible contener el llanto.
Había continuado, recordándole que había visitado a Ernest a fines de agosto y que Luke no estaba con él—.
Incluso le pregunté a la maldita enfermera si había visto a alguien que se pareciera a él.
Maddy se había aferrado a eso.
—Quiere decir que tú también piensas que podría estar vivo...
—No. No . —Peter había alzado el rostro hacia el cielo lluvioso, con su frágil mandíbula apretada—.
Es solo que... quiero creerlo. Lo extraño.
Todos los días. Y me siento muy culpable por estar aquí y él no.
La enfermera me contó que la gente escribe todo el tiempo, cientos de cartas por mes, preguntando por personas a las que no pueden dejar ir.
—Pero...
—No. —Casi se lo había gritado—. Nada de peros. —Había extendido la mano libre hacia ella. Maddy había intentado apartarse, por miedo a que la tocara y empezara a convencerla. De todos modos, Peter le tomó los dedos—. Estuve ahí, Maddy.
—¿Lo viste muerto? —había preguntado y, con espanto, había comenzado a llorar—. ¿Lo viste con tus propios ojos?
—Lo vi todo —había asegurado Peter, ahora también con lágrimas en los ojos—. No me hagas contarte lo que vi…
—¿Qué? —había presionado ella; las palabras se le habían escapado contra su voluntad—. ¿Qué viste?
—Lo vi morir.
—No —exclamó Maddy y, en ese mismo instante, vio a Luke, no con su uniforme, no en Francia, sino con una chaqueta de lino en el paseo marítimo, con traje de etiqueta en el Club Gymkhana, frente a ella en el restaurante en la azotea, delante de la catedral de St. Thomas, abrazándola en el mar…
—La explosión lo lanzó por los aires —había precisado Peter, interrumpiendo sus recuerdos, con su mano todavía en la de ella—. Tienes que confiar en mí, Maddy.
“Eso no es lo mismo que morir”, había querido responder ella, pero no había podido, porque lloraba demasiado.
—Lo encontraron —había continuado él—, lo enterraron con la fotografía de ti y de Iris en el pecho.
Tiene una tumba. —Y ella había llorado, llorado y llorado, y él había arrojado ambos paraguas al suelo y la había abrazado, empapándose hasta que Alice había bajado corriendo de la casa, empapada también e insistido en que regresaran.
—Así no, esto no les hace bien…
A partir de entonces todos dieron por hecho que había aceptado la muerte de Luke. Ella dejó que lo creyeran, porque al final le resultaba más llevadero que no le recordaran todo el tiempo que tenía que hacerlo.
Ahora lloraba más. Lo hacía casi todas las noches después de acostar a Iris para que no la oyera (no quería que la oyera, le daba pánico que la tristeza pudiera empañar de algún modo la feliz inocencia de su existencia); lloraba porque, aunque todavía no podía creer que él estuviera donde todos decían que estaba, tampoco estaba con ella, y lo extrañaba. Lo extrañaba mucho.
—Lo necesito —murmuró ahora.
Esta vez Iris no se rio. Levantó la mano, soltó el cuello de encaje de Maddy, le apoyó la manita regordeta contra la mejilla, acercó sus labios a los de ella y le dio un beso baboso.
—Oh, qué bonito —expresó Maddy—. Gracias. —Más babas—. Gracias, Iris. ¿No soy muy afortunada de tenerte?
—Tienes más que solo a Iris —le dijo su madre mucho más tarde esa noche, mientras Iris dormía con placidez en su habitación y ellas trabajaban a la luz parpadeante de la lámpara en la sala de estar, envolviendo los sonajeros, los cubos apilables y los animales de peluche nuevos que habían encontrado en las pocas jugueterías de Bombay, listos para ser colocados, a la espera de la mañana, bajo el árbol de Navidad hecho con ramas de plátano.
Della había ido con Jeff a la fiesta de Nochebuena en el Club Gymkhana.
Peter y Richard estaban tomando una copa en el porche—.
No estás sola Madeline —continuó Alice en voz baja.
Dejó la cinta que estaba atando y se volvió hacia su hija, con los ojos azules brillantes bajo la luz de la lámpara—.
Estás rodeada de gente que... te quiere... muchísimo.
—Lo sé —concedió Maddy en un susurro y con los ojos húmedos, porque aunque por supuesto que lo sabía y estaba infinitamente agradecida por eso, aun así significaba mucho oírselo decir a su madre, ver el amor en su rostro; un amor que, después de todo ese tiempo, todavía no podía dar por sentado.
—Quiero que... sonrías esta Navidad —la urgió Alice—. Quiero saber cómo ayudarte a hacerlo.
—Estaré bien.
—Oh, Madeline...
—De veras, estaré bien —repitió—. Lo único que importa es que Iris disfrute.
—No —replicó su madre—. No es lo único.
—Mamá...
—No —insistió Alice. Extendió la mano y tomó la de Maddy—. Tú eres mi Iris —añadió y le apretó los dedos—. Tú también importas.