Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Llegó justo antes del almuerzo, en una mañana glacial de noviembre, después de dejar atrás las agonizantes cirugías en Francia y Londres para reparar su cuerpo maltrecho y su cráneo destrozado. Desde el punto de vista físico lo habían dado por recuperado. Ahora solo restaba curar su mente.

—Estas carreteras son imposibles —se quejó la conductora de la ambulancia, con las manos enguantadas aferradas al volante como tenazas y la cara tan pegada al parabrisas helado que su aliento empañaba el cristal.

—Lo está haciendo muy bien —aseguró él.

—¿Sabía que se rumorea que está embrujado? —añadió ella, con la mirada fija en el edificio de arenisca al que se aproximaban—. Solía ser un manicomio.

Él enarcó una ceja.

—Tengo entendido que todavía lo es.

Las mejillas ateridas de la conductora se contrajeron en una mueca burlona.

—Como sea, tiene usted un comité de bienvenida.

—Señaló a través de los semicírculos que dejaban las escobillas del limpiaparabrisas hacia donde una enfermera, rígida de frío, esperaba en la escalinata de entrada del hospital—.

Tiene todo el aspecto de la enfermera perfecta.

Estoy segura de que no tardará en ponerlo a socializar y a jugar al billar.

—Excelente —resopló él y apoyó la cabeza contra la pared de la cabina, cansado, muy cansado...

El vehículo se detuvo.

—Gracias a Dios —exclamó ella y tiró del freno de mano. Se bajó y cruzó unas palabras con la enfermera.

—Nada que un buen chocolate caliente no pueda arreglar —oyó él decir a la enfermera.

“Sin duda alguna, perfecta”, pensó.

—Siento como si se me hubieran caído los dedos de los pies —se quejó la conductora (por cierto, lejos de perfecta).

Se puso de pie cuando la mujer se acercó a la cabina y abrió las puertas de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire helado.

—¿Listo? —le preguntó.

—No lo sé —repuso él.

—Claro —dijo ella—, tampoco sé si yo lo estaría.

Él asintió, agradecido por su franqueza.

—Espero que no esté aquí demasiado tiempo —añadió.

—Yo también lo espero —admitió él y se dispuso a salir del vehículo. Ella le deseó suerte y él le agradeció. Cualquier cosa sumaba si contribuía a que ese lugar funcionara.

Se detuvo en el escalón de la cabina, echó la cabeza hacia atrás y contempló las paredes del hospital cubiertas de polvo de nieve, negándose a considerar la posibilidad de que no funcionara.

No podía permitírselo. Si lo hacía, si daba rienda suelta a su temor de encontrarse un día viejo y solo, todavía persiguiendo sus sueños, esperando en vano que su mente quebrantada lo ayudara a recuperar la vida que había perdido con tanto descuido, temía que el miedo lo destruyera.

Así que se bajó de la ambulancia. Y aunque le resultó extraño que la hermana Lytton lo llamara oficial Jones (no soportaba ese nombre), no dijo nada; era obvio que además de correcta también era amable y no quería hacerla sentir incómoda.

Al fin y al cabo, ¿de qué otra forma podía llamarlo?

Recorrió el hospital con la hermana Lytton, se cruzó con el capitán enmascarado en la sala de estar (“¿Qué le pasó?”, preguntó a la hermana Lytton.

“¿A Ernest?”, contestó ella. “No estoy segura”) y se las ingenió para no reaccionar cuando ella le mostró la sala de billar.

Por último, conoció al doctor Arnold, quien, para su alivio, le cayó muy bien.

Aceptó el diario que Arnold le dio, picoteó algo durante una cena silenciosa, sin siquiera probar el postre de frutas y crema, y luego se fue a la cama con la bolsa de agua caliente adentro y se durmió.

Cuando, en mitad de la noche, despertó en la oscuridad, sudando y jadeando, desesperado por volver con la mujer del vestido amarillo que acababa de dejar, tomó el diario y escribió en él por primera vez (“un hombre desdentado; ruido; ¿un mercado?”), y luego dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada porque no tenía ni idea de qué podía significar todo eso.

Noviembre quedó atrás. Solía escaparse a pasear a los jardines blancos, a veces durante horas, y luego se sentaba junto al fuego y sentía un escozor en la piel fría que lo llenaba de nostalgia, aunque no sabía por qué.

“Paciencia”, insistía Arnold, a quien veía una hora al día, “paciencia”.

No jugaba al billar porque no había olvidado la broma de la conductora, pero sí entabló cierta amistad con el pobre y tartamudo Ernest (para gran satisfacción de la hermana Lytton, que le sujetó las manos en un gesto de alegría).

No era que disfrutara de los saludos diarios tan formales ni de los comentarios de Ernest, pronunciados con agonía y repetidos una y otra vez sobre el ruido del fuego, la dificultad de tomar la sopa con la máscara o sus malditas manos temblorosas.

Pero se sentía obligado a hacerle compañía cada vez que lo veía sentado solo.

—No tiene por qué pasar todo el tiempo con él —comentó Poppy, la asistente voluntaria, una mañana de diciembre cuando se dejó caer junto a ellos en una de las sillas de la sala—.

Puede venir a dar un paseo conmigo —se inclinó hacia él y le susurró en tono confidencial—: prometo ser mucho más divertida que la hermana Lytton.

—Estoy bien —contestó Jones—. Estamos bien.

—¿L-l-la c-c-conozco? —inquirió Ernest.

—¿Qué tal una buena taza de chocolate caliente? —les ofreció la hermana Lytton, que se desplazaba por la sala con paso ligero—. Te traeré una pajita Ernest.

Llegó la Navidad. Nadie cantaba villancicos porque a Ernest le resultarían ensordecedores, pero varios pacientes hicieron guirnaldas de papel en la sala de manualidades para decorar el vestíbulo y la sala.

Jones se rehusó a dejarse seducir por participar en las manualidades festivas de recortar y pegar (sobre el principio de que podía no saber mucho de sí mismo, pero sí sabía que no era un niño) y se colocó el abrigo y las botas para salir con cuatro de los camilleros —todos demasiado viejos o con los pies planos para alistarse— a dar una caminata por los bosques cubiertos de niebla para cortar un abeto.

Salió por el ejercicio, para hacer algo; no esperaba disfrutarlo.

(De hecho, le costaba disfrutar de nada en el Quinto Hospital Militar.

“¿Por qué?”, preguntó Arnold. “Sería como aceptar que voy a quedarme”, respondió él).

Mientras el grupo cruzaba los campos, el camillero más viejo maldijo porque se había olvidado de encargar el pavo de Navidad para su esposa.

Jones se ofreció a anotar un recordatorio en su diario para que pasara por la carnicería, pero el hombre se rio y sugirió: “Hagamos algo mejor; demos un rodeo ahora y ya que estamos pasemos por el Bull a tomar una copa”.

El pub del pueblo estaba abarrotado, con olor a humo y a leña quemándose, cálido y ruidoso, lleno de hombres que tenían hijos en el frente y que, al ver el uniforme azul de Jones, insistieron en invitarle unas cervezas.

Al principio protestó: “No tengo dinero para pagar la siguiente ronda”, pero todos le aseguraron que ya había pagado más que suficiente.

—Acepta la cerveza —le susurró el camillero sin pavo mientras sonreía por la comisura de la boca—, acéptala.

De modo que lo hizo. Y se emborrachó. Todos se emborracharon como cubas y no regresaron al Quinto Hospital Militar hasta el anochecer, arrastrando un abeto que habían talado con torpeza en el camino de vuelta y tropezando unos con otros al entrar en el vestíbulo reverberante del hospital, iluminado por lámparas de aceite.

—Pero qué animados estáis —comentó Poppy mientras bajaba la ancha escalera principal, como si hubiera estado en lo alto vigilando y esperándolos—. Nos avisaron del pub que lo estabais pasando muy bien.

—Que no se repita, por favor —declaró la hermana Lytton, que emergió de la sala de estar y regañó a Jones por lo preocupada que había estado antes de recibir la llamada del dueño del pub. (A lo que él respondió que lo sentía mucho, pero muchísimo ).

—¿Me llevas la próxima vez? —bromeó el doctor Arnold al día siguiente, no como reproche sino contento; consideraba buena señal que Jones se hubiera escapado un rato.

“No sé si es una buena señal”, escribió Jones, no en su diario, sino en una hoja suelta: una de las muchas cartas que llevaba escritas a la mujer que intentaba recordar con tanta desesperación.

“Pero es un alivio haber tenido un día diferente en este lugar donde todo es siempre lo mismo.

Me sentí yo mismo estando afuera. Sentí como si supiera quién era por primera vez desde que subí a esa ambulancia en la carretera de Menin.

”Recuerdo esa carretera. Puedo ver al conductor que me ayudó.

Puedo sentir los baches bajo las ruedas de la ambulancia.

Puedo imaginar el puesto de evacuación de heridos al que me llevaron y sentir el sabor de la sangre en mi boca y el miedo mientras yacía en medio de aquel campo cubierto de camillas, sin saber si iba a morir o a recordar.

Una enfermera se acercó y me puso una etiqueta en la camisa, luego me envió directamente a un tren, al hospital de Dieppe donde fueron amables y, a pesar del cansancio, me extrajeron la metralla del cráneo, del cuerpo y me curaron las costillas rotas.

Sé todo esto porque lo tengo grabado en mi mente.

Sin embargo, no quiero esos recuerdos. No los necesito.

”Te necesito a ti.

”¿Dónde estás esta Navidad? ¿Estás sentada al aire libre, con el calor en tu rostro? Ese rostro que nunca puedo ver. ¿Estás sonriendo? ¿Eres feliz? Quiero pensar que sí.

”¿Me estás esperando, como yo te espero a ti?

”¿Estás pensando en mí en este momento?”.

Dejó el lápiz y hundió su dolorida cabeza entre las manos.

“¿Acaso existes siquiera?”.