Capítulo diecisiete #3
—Lo sé —respondió Peter con un nudo en la garganta—. Todos lo sentimos.
Guy no pudo quedarse mucho más tiempo. Tenía que volver al trabajo para el turno de la noche y ya había llegado tarde porque el tren de ida había tenido que detenerse todo el tiempo por el fuego de artillería.
Se quedó lo suficiente para echar un vistazo rápido al muñón de Peter, asegurarse a sí mismo y a Peter de que estaba cicatrizando bien y prometerle que lo invitaría a tomar una copa tan pronto como él también regresara a Bombay.
—Te tomaré la palabra —dijo Peter y le tendió la mano.
Guy se la estrechó y tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar traslucir su sorpresa por la fragilidad del apretón de Peter.
Volvió a hablar con la hermana Owen al salir. La enfermera lo detuvo justo antes de que llegara a las puertas del pabellón y le entregó un papel con la dirección de un puesto de evacuación de heridos, no muy lejos del de Guy.
—¿Qué es esto? —preguntó él.
—Es donde estuvo Peter —precisó ella—. He estado pensando... Bueno —añadió y se sonrojó—, que tal vez podría pasar por allí y preguntar si han ingresado a alguien que coincida con la descripción de Luke Devereaux.
Guy la miró largamente. ¿Hablaba en serio?
La hermana Owen se sonrojó aún más, pero le sostuvo la mirada y parecía que sí, que hablaba en serio.
—Hermana Owen... —comenzó.
—Lo sé, lo sé —lo interrumpió y alzó las manos—. Es probable que sea inútil.
—Más que probable. Está muerto, hermana Owen. Conocí al hombre que lo enterró.
—Peter parece tan seguro a veces...
—No creo que esté para nada seguro.
—Pero ¿qué se puede perder con hacer unas pocas preguntas?
—insistió la enfermera—. Esta misma mañana falleció un sargento que pensábamos que mañana estaría en condiciones de viajar a reunirse con su madre.
Un coágulo que nadie sabía que tenía. —Lo miró con fijeza—.
En medio de tanta atrocidad, ¿no sería bonito pensar que aún pueden quedar algunas sorpresas agradables?
Guy vaciló, flaqueando.
—Tengo entendido que el teniente coronel Devereaux acababa de tener una hija —agregó ella, aprovechando la ventaja—. ¿Lo haría por el la?
Él titubeó un segundo más.
Ella no le apartó la mirada.
—De acuerdo —accedió él resignado, y se guardó la dirección en el bolsillo—. De acuerdo.
Guy tenía toda la intención de cumplir lo que había prometido, por inútil que le pareciera.
Pero cuando regresó esa noche a su propio puesto de evacuación de heridos, se encontró con que había habido un nuevo ataque contra la línea británica; tuvo que abrirse paso entre las filas de ambulancias que avanzaban entre traqueteos, los carros tirados por caballos y las camillas solo para poder ingresar al recinto.
Esa noche no salió del quirófano, durmió unas pocas horas y tampoco salió al día siguiente, ni al otro.
Trabajó sin descanso, compartiendo el quirófano de lona con otros tres cirujanos, con los ojos secos y las piernas entumecidas de tanto estar de pie, y los brazos hundidos entre bazos, hígados destrozados, pulmones e intestinos desgarrados.
Sus manos se movieron sin cesar para reparar desgarros, ligar arterias y hacer todo lo posible antes de que colocaran al siguiente hombre sobre su mesa.
Cuando por fin amainó el aluvión de heridos y tuvo una hora libre para ir hasta el puesto de evacuación de heridos en el que había estado Peter, este ya se había trasladado a Artois, en anticipación de las inevitables bajas de la siguiente ofensiva planeada.
Permaneció en Ypres toda la primavera y el verano.
No hubo grandes combates, pero sí fuego de artillería diario entre las trincheras y un flujo constante de heridas de bala y metralla, hemorragias y amputaciones que lo mantuvieron ocupado de la forma más sombría.
En septiembre, los enviaron a todos a Loos, donde al parecer se preparaba una ofensiva de gran magnitud que sería el principio del fin de la guerra, pero que no fue el fin de nada, salvo de decenas de miles de vidas, muchas de ellas sobre la mesa de operaciones de Guy.
Con la llegada del otoño y los rumores cada vez más insistentes de un motín en ciernes entre las tropas indias —unidades que se negaban a luchar o abandonaban sus posiciones; hombres que por fin se habían hartado de que los llevaran a la muerte, de perder oficiales en los que confiaban y quedar bajo el mando de muchachos que no entendían su idioma ni nada sobre ellos—, los generales decidieron que era demasiado pedir a los cipayos que soportaran otro invierno gélido.
Mucho mejor enviarlos a Gallipoli. Guy también partió hacia el este.
Una mañana helada de noviembre, siete meses exactos después de haber visitado a Peter, embarcó rumbo a Egipto, a un hospital en Alejandría.
Solo que para entonces ya se había olvidado por completo de la hermana Owen.
Sumido en el horror y el agotamiento del verano pasado, había dejado de recordar que alguna vez hubiesen hablado de algo parecido a sorpresas agradables o que ella siquiera le hubiera entregado un papel.