Encuéntrame en Bombay Capítulo diecisiete #2
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Capítulo diecisiete #2

“Entonces creo que no hay motivo para preocuparse”, había afirmado él, con el corazón encogido al imaginar a Maddy con su hija.

“Mi consejo es que pase todo el tiempo que pueda con la bebé. Ya aceptará todo lo demás cuando esté lista. Por favor, dile a Della que mañana iré a visitar a su hermano. Le enviaré su cariño”.

Ahora estaba en el pabellón de Peter, que todavía conservaba los relojes y los enormes ventanales de la sala de espera de la antigua estación, pero que ahora estaba llena de pacientes en lugar de pasajeros, con hileras de camas rodeadas de biombos.

Peter se encontraba al final de los cubículos, en la esquina más alejada.

A pesar de las miles de amputaciones que Guy había practicado, se estremeció con dolor al ver el espacio liso y limpio donde debería haber estado la pierna izquierda de Peter.

No pudo evitar el recuerdo de él bromeando en el campo de polo...

—¿Cómo está? —preguntó a la enfermera a cargo, la hermana Owen. (“Muy bonita”, había señalado Peter con tristeza cuando Guy había llegado. “Demasiado bonita para estar en un lugar como este”).

—Destruido —admitió la hermana Owen—. Habla todo el tiempo de un tal Luke.

—Eran amigos —explicó Guy—. Muy amigos. Estuvieron juntos aquí desde el principio.

—¿Y está muerto de verdad? —inquirió la enfermera.

—Sí —contestó Guy con cansancio y pensó de nuevo en las palabras de aquel naik y en Maddy, en todas sus cartas—. ¿Por qué lo pregunta?

La enfermera se volvió hacia la cama de Peter.

—No para de decir que cree que lo ha visto.

A Guy no le sorprendió. Pero tampoco le dio importancia; había conocido a demasiados hombres en el hospital que imaginaban a hermanos y primos en las camas contiguas. Le partía el corazón que los fantasmas nunca fueran reales.

—Parecía tan real —comentó Peter unos minutos después, con Guy sentado a su lado.

Alguien le había lavado el cabello rubio y se lo había peinado con una raya al costado.

Llevaba un pijama a rayas elegante, que era probable que le hubieran enviado desde casa.

Le quedaba demasiado grande; había perdido una cantidad preocupante de peso—.

Lo mataron frente a mis ojos —continuó—.

Los hombres lo enterraron con la foto de Maddy e Iris, pero yo lo vi subirse a la ambulancia en la maldita carretera de Menin.

—¿Cuánta sangre habías perdido para entonces? —preguntó Guy.

—No lo sé.

—Bastante supongo.

—Luke me salvó la vida, Guy. —Una lágrima resbaló por la mejilla demacrada de Peter y luego otra—. No tenía que morir.

—Lo siento muchísimo —dijo Guy, deseando poder decir algo más, algo mejor.

El rostro de Peter se contrajo. Guy no se inmutó ante sus lágrimas ni le dijo que fuera fuerte, como habrían hecho otros médicos. Hizo lo único que podía hacer: se quedó allí sentado a su lado, haciéndole saber que no estaba solo y esperó a que se desahogara por completo.

Cuando lo hizo, Guy le preguntó qué iba a hacer ahora.

—Cualquier cosa menos volver a casa para que mi madre tenga que cuidarme —replicó Peter y sus labios se torcieron en una macabra aproximación a su antigua sonrisa.

A pesar de que no tenía nada de ganas de reírse, Guy se dio cuenta de que eso era lo que Peter necesitaba y se las ingenió para emitir una risita.

—¿Y entonces?

—Primero iré a un hospital de rehabilitación en Londres —precisó—, una vez que estén seguros de que no voy a desangrarme en el barco. Visitaré a Ernest Aldyce en cuanto aprenda a caminar con una pierna de madera. Luke querría eso.

—Sí. —Guy sabía todo sobre Ernest. Diana le había escrito para preguntarle si su condición era tan desesperante como le habían dicho.

“Querido Guy, ¿hay algo que puedas hacer para ayudar? Me siento muy sola. Como una viuda. Y no dejo de pensar en ti, completamente solo en algún lugar de Francia. Quizás podríamos vernos cuando vuelvas de permiso y podrías darme tus maravillosos consejos”.

Había leído la carta durante una pausa de un día particularmente malo en el quirófano y había sido bastante seco en su respuesta.

“Considérate afortunada de no ser viuda”, había contestado.

“No puedo aconsejarte, me temo que no es mi área de especialización. Pero el doctor Arnold tiene una excelente reputación. Por favor, da mis mejores deseos a tu esposo”.

Diana no había vuelto a escribir. Estaba claro que no era la respuesta que había esperado.

—Della sigue en Bombay —prosiguió Peter— y no se moverá de allí si ese tal Jeff tiene un poco de sentido común.

—Lo tiene —aseveró Guy—. Alice me habló de él y de Della. No lo conozco bien, llegó justo cuando yo me marchaba, pero me gustó lo que vi.

Peter asintió, al menos eso era una buena noticia.

—Richard me ha asegurado que mi trabajo me está esperando —señaló—. Quizá me arriesgue a los submarinos alemanes y regrese para dar a la pequeña Iris lo que su padre habría querido y para acompañar a la pobre Maddy.

—No se lo dirás, ¿verdad? —inquirió Guy—. Lo de que creíste ver a Luke. —Era lo último que ella necesitaba.

—No —aseveró Peter—, no haría eso. —Se volvió, la almohada crujió debajo de él y alzó la vista al techo—. Della me ha contado lo de las cartas que ha enviado.

Guy asintió despacio.

—Maddy se alegrará de que vuelvas. —Esta vez, fue su voz la que tembló. Pobre iluso, no podía evitar desear ser él quien regresara a verla—. Puedes hablar con ella. Ayudarla... a creer.

—Sí —contestó Peter y su rostro amenazó con quebrarse de nuevo.

—Dile lo mucho que lo siento, ¿quieres? —le pidió Guy—. Lo siento mucho, Peter.