Capítulo diecisiete
Cuando volvió en sí, estaba cojeando sobre un suelo cubierto de hojas, encorvado, sujetándose el brazo y rodeado de árboles.
Levantó la vista para observar el movimiento de las ramas y no oyó ningún murmullo de hojas, solo un zumbido en sus oídos.
El suelo vibraba bajo sus pies descalzos y lastimados. No estaba seguro de qué lo provocaba.
Iba vestido con pantalones y un chaleco roto. “Debería tener una chaqueta”, pensó, y le pareció importante pero no sabía por qué, ni dónde podía estar su chaqueta. Cuando se tocó la cabeza, que le dolía mucho, casi tanto como el brazo, las costillas y los pies, su mano se manchó de rojo.
“Sangre”, pensó. “Estoy sangrando”.
De nuevo no entendía por qué le pasaba eso.
Ni por qué le costaba tanto respirar.
El brazo no le colgaba del hombro como debiera.
Tenía que sostenerlo para que no se cayera.
Sus manos estaban llenas de cortes profundos.
Podía sentir el sabor de la sangre en la boca.
El chaleco está cubierto de sangre. “Necesito hallar a alguien que me ayude”, pensó y siguió avanzando con dificultad, sin saber durante cuánto tiempo, hasta que cayó la noche y llegó a una carretera silenciosa y repleta de otros hombres sangrantes y tambaleantes y de vehículos con cruces rojas, de uno de los cuales saltó una mujer de aspecto cansado que lo miró a los ojos, lo atrapó cuando se desplomó hacia adelante y gritó para pedir una camilla.
“Me está ayudando”, pensó. “Bien. Eso es bueno”.
“¿Dónde estoy?”.
—¿Cómo se llama? —le preguntó la mujer. Él observó cómo los labios de ella formaban las palabras.
Se quedó mirándola.
Ella le preguntó otra vez.
Él sacudió la cabeza al darse cuenta de algo terrible.
No sabía su nombre.
Para su horror, no tenía ni la menor idea de quién era.
Los telegramas llegaron de inmediato a Bombay, justo cuando toda la familia se disponía a almorzar en la veranda, incluida la pequeña Iris, que dormía en su cochecito.
Reinaba un clima de abatimiento. Richard se había enterado, apenas una hora antes, de que el dulce, entusiasta y servicial Fraser Keaton había sido declarado desaparecido en combate, presuntamente muerto.
Por mucho que todos intentaban tranquilizarlo, aduciendo que todavía había esperanza (“si no han encontrado el cuerpo, ¿cómo pueden saber?”), él no lograba sentirla y se reprochaba no haber podido convencer a Fraser de que no se alistara.
A pesar de la tristeza por el pobre Fraser, Maddy no sospechó nada cuando el chico de la oficina de telégrafos llegó a la casa.
Después de todo, solía visitarlos con telegramas para su padre y para ella de parte de Luke, por lo que no se inquietó demasiado cuando Ahmed lo acompañó hasta las puertas del salón, salvo por un leve estremecimiento de anticipación, una esperanza tonta de que Luke le hubiera vuelto a escribir.
Pero el chico preguntó por Della, no por ella. Della, que estaba esperando que Jeff se sumara al almuerzo en cualquier momento, nunca recibía telegramas, pero su madre le había asegurado por carta que le enviaría uno en cuanto tuviera noticias de Peter.
Della se puso de pie con cautela, echó la silla hacia atrás y tomó el papel que le tendió el muchacho. Maddy observó cada uno de sus movimientos; un escalofrío de miedo lento le recorrió la espalda. Sus padres permanecían muy quietos.
Della abrió el telegrama con torpeza. Lo miró y lo leyó.
—Oh —musitó, con lágrimas incipientes en sus ojos muy abiertos—. Dios mío…
—¿Qué pasa? —preguntó Alice—. ¿Qué ha ocurrido?
—Ha perdido una pierna —explicó Della—. Está en un hospital en Francia.
—No —exclamó Richard—. Oh, Peter...
Della continuó con voz temblorosa y agregó que todo iba bien, que estaba vivo, mejorando y que pronto volvería a Inglaterra.
—Al menos se encuentra fuera de peligro —precisó Richard—. Eso es algo...
Maddy sabía que debía hablar, acercarse a su amiga, abrazarla, decirle lo mucho que lamentaba lo de Peter, porque lo lamentaba, lo lamentaba de verdad , pero el chico del telégrafo se había vuelto hacia ella y tenía otro papel en la mano, solo que este era de un color distinto y procedía directamente del ejército.
—No lo quiero —se oyó decir. Su voz sonó distinta, como si proviniera de otra persona—. Llévatelo. Por favor.
Percibió con vaguedad que sus padres se volvían, igual que Della, y la miraban a ella y luego al chico con ojos llorosos.
— Memsahib —interpuso el muchacho—, debe leerlo. —Lo apoyó sobre la mesa, hizo una mueca de disculpa y retrocedió agradecido.
Maddy se quedó mirando el telegrama. Todos lo miraban. Un trozo de papel tan pequeño.
Iris se agitó, empujó la manta, parpadeó y abrió los ojos, como si hubiera percibido el temor repentino que se respiraba en el aire. Maddy se acercó y, cuando la levantó en brazos, se dio cuenta de lo mucho que le temblaban. Luego se giró y miró el telegrama de nuevo.
—¿Quieres que lo abra? —se ofreció su padre.
—Yo puedo hacerlo —añadió Alice.
Aturdida, Maddy sacudió la cabeza. Estudió el papel unos segundos más y deseó con todas sus fuerzas que dijera cualquier cosa menos lo que más temía.
Entonces, sabiendo que por mucho que esperara no cambiaría lo que ya estaba escrito y que el chico tenía razón, que debía leerlo, le pasó a Iris a su madre y, con los dedos temblando más que nunca, rasgó el papel.
No se movió. No respiró. Solo leyó las palabras, una y otra vez, pero no le parecían reales.
Desde algún lugar, llegaron las voces ansiosas de sus padres, y también la de Della, haciendo preguntas.
En el jardín, uno de los pavos reales graznó y, en la planta superior, una puerta se cerró de golpe.
Todo sucedía en otro mundo, un mundo en el que él, al parecer, ya no estaba.
“Muerto en combate”, decía. No “desaparecido” como Fraser.
No “en tratamiento por heridas”. Sino “Muerto”.
No lo creía.
No podía creerlo. No podía estar muerto. No podía ser. Ella lo habría sabido, lo habría intuido...
Dejó caer el papel al suelo y se volvió hacia su madre para tomar de nuevo a Iris en sus brazos, que ya no temblaban.
—¿Madeline? —aventuró Alice—. ¿Qué ha pasado?
—Tengo que escribir al comandante de Luke —contestó Maddy—. Ha habido un terrible error.
Guy visitó a Peter en el hospital de base de Quai d’Escale, una estación de tren reconvertida en Le Havre, en la primera oportunidad que tuvo, que fue casi un mes después de que Peter resultara herido.
Se había enterado de lo que les había pasado a él y a Luke por un naik de la compañía de Peter.
El soldado indio, que había sido ingresado en el puesto de evacuación de heridos —un hospital con salas y quirófanos en tiendas de campaña en un campo justo detrás de la línea de Ypres— por heridas de metralla en el pecho e inhalación de gas, había comentado, para pesar de Guy, que los camilleros habían trasladado el cuerpo cubierto del teniente coronel y lo habían arrojado al suelo para ser enterrado y que el mayor había recibido un disparo en la pierna.
El naik había intentado quitarse la máscara de la anestesia cuando intentaban sedarlo para la cirugía y había desatado su furia sobre la camilla por esa guerra, las armas, la hija de la que el teniente coronel acababa de recibir noticias y por la que estaba tan feliz.
“Tenía la fotografía con él, la llevaba encima…”.
Guy había intentado consolarlo, aunque él mismo estaba muy afectado.
En su mente había imaginado a Luke y a Peter como habían sido en Bombay, no en tiempos recientes, sino años atrás, cuando Luke había vivido allí por primera vez y tanto él como Peter se habían reído y hecho tonterías en el Club Gymkhana o competido en el campo de polo.
Toda esa felicidad, desaparecida. Desaparecida .
Al final, le había pedido a otro cirujano que realizara la operación por él, ya que no confiaba en sus propias manos.
La profunda conmoción le había resultado casi un alivio: en medio de sus celos terribles, había sentido un dolor muy profundo por la muerte de Luke y una desolación total por Maddy, la pobre Maddy.
Había querido enviarle sus condolencias por insignificantes que pudieran ser. Transmitirle también su cariño a la pequeña Iris, que ahora nunca conocería a su papá. Pero Alice se había puesto en contacto con él primero.
“Odio molestarte”, le había escrito, “sobre todo con esto… no me quiero ni imaginar con lo que estarás lidiando allí, pero estoy demasiado preocupada para no hacerlo. Verás, Madeline no acepta que Luke haya muerto. No llora ni guarda luto y no ha hecho más que escribir cartas, primero al comandante de Luke y luego al Estado Mayor, para decirles que tienen que encontrarlo. Incluso ha pedido a su tía Edie que vaya a Londres y visite todos los hospitales, algo que Richard ya le ha advertido que no servirá de nada y que la ha enfadado como nunca la había visto antes. Esto no parece normal, Guy. ¿Deberíamos llevarla a ver a alguien? ¿Necesita ayuda? Después de todo, acaba de tener a Iris y me da miedo que todo haya sido demasiado...”.
Guy le había respondido de inmediato, diciéndole lo agradecido que estaba de que lo hubiera molestado, que jamás debía preocuparse por hacerlo, y que temía decirle que no había ninguna posibilidad de que Maddy estuviera en lo cierto: él mismo había hablado con uno de los soldados que habían estado en el funeral de Luke.
“Por favor, no se apuren en llevar a Maddy a ningún lado”, le había pedido, reacio a la idea de que abordaran la situación por esa vía.
“Déjenla tranquila un tiempo más. Estoy seguro de que se trata de un proceso bastante natural. ¿Cómo está con Iris?”.
“Embelesada”, había respondido Alice, “todos lo estamos. Esa niña es la única persona que puede hacer sonreír a su mamá”.