Capítulo dieciséis #5
Luke lo ignoró. Ignoró todo. No respiró y se quedó mirando con fijeza.
Porque allí estaba ella. Su hija. Su hija .
Una maravilla en tonos sepia, acurrucada en los brazos de Maddy, con las hojas de palmera que proyectaban sombras sobre los párpados semicerrados de Maddy, sus pómulos y los ojos perfectos, perfectos de Iris, sus labios diminutos, el piececito que sobresalía de la manta, su cabecita de cabello oscuro y suave.
No podía creer que se hubiera reprimido para no verla.
¿Cómo había podido pensar que sería mala suerte mirarla, mirarlas a las dos?
Apretó la imagen contra sus labios y, por primera vez en meses, se sintió lleno de esperanza y fuerza. Se sintió invencible.
—No lo eres —le gritó Peter por encima del estruendo—. Así que, aunque sea tan hermosa como era obvio que iba a ser, más vale que tengas cuidado porque querrá un papá.
—Lo tiene —replicó él con un último vistazo a la foto y recuperando su silbato—. No pienso ir a ninguna parte.
—Salvo fuera de esta trinchera —retrucó Peter y alzó la bayoneta.
—Salvo eso. —Y sopló el silbato.
Durante un rato, casi un minuto entero, el avance fue de libro de texto.
Treparon fuera de las trincheras en orden y avanzaron con lentitud y en tramos largos hacia los árboles, protegidos por el fuego de artillería que no cesaría hasta que llegaran al bosque.
El enemigo no respondió. Nadie cayó ni gritó y entonces ya casi estaban allí, en la línea de árboles.
Luke miró de reojo a Peter y advirtió que Peter le devolvía la mirada. “¿Podía ser tan fácil?”.
Fue entonces cuando los proyectiles comenzaron a llover desde el cielo azul y despejado. Caían en silencio sobre la hierba y liberaban un vapor amarillo ardiente que enturbiaba la luz del sol y les llenaba los ojos, la nariz, los pulmones...
Asfixiado, Luke se arrancó la chaqueta y se la presionó contra la boca; en el proceso, su placa de identificación salió volando.
Vio que Fraser Keaton se inclinaba y se ponía a tantear el suelo para recogerla y le gritó que no se preocupara, por el amor de Dios, pero su voz se perdió porque los cañones seguían tronando y los alemanes se sumaron ahora, castigando el campo con obuses y ráfagas de ametralladoras desde el costado del bosque y no desde el interior como habían pensado, segando la hierba y a los hombres, derribándolos y forzándolos a correr a ciegas, al azar, hacia los proyectiles que explotaban, la lluvia de tierra y sangre, incapaces de ver o respirar.
Luke se encorvó y se dejó caer debajo del gas que se elevaba, con las manos en la garganta, jadeando.
A menos de veinte pasos de distancia, vio que su ordenanza luchaba por quitarle la chaqueta a su hermano, que se estaba asfixiando, y medio corrió, medio se arrastró hasta ellos, le arrancó la chaqueta, la apretó contra la cara del muchacho y les gritó que se mantuvieran inclinados y corrieran a refugiarse, ya .
Mientras ambos desaparecían entre la neblina de humo y gas, distinguió a Peter, que caminaba cojeando con un brazo sobre la boca y la nariz; estaba herido.
—Peter —gritó—. ¡Al suelo, Peter…!
Su amigo miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, sin fijarlos en nada. De repente, Luke recordó las palabras de Peter el invierno previo. “No quiero que esto sea lo último que vea”.
—¡Al suelo! —volvió a gritar y tosió por el esfuerzo.
—¿Luke? —gritó Peter a su vez—. ¿Luke?
—¡Al suelo ! —bramó por última vez y luego maldijo, porque la sangre brotaba a borbotones de la pierna de Peter y era obvio que no estaba en condiciones de hacer nada.
Los hombres se desplomaban por todas partes; todos iban a morir en ese lugar.
En ese lugar . Algunos, como el ordenanza de Luke y su hermano, corrían en dirección a los árboles, pero Peter no se movía.
De pronto, se sacudió y cayó, alcanzado de nuevo.
—¡ Peter ! —gritó Luke.
Aun luchando por respirar y con los ojos llorosos, se puso de pie y corrió hacia él, esquivando los proyectiles.
Mientras avanzaba, Fraser apareció justo delante de él, como salido de la nada, sin chaqueta, con la camisa hecha jirones y sus rasgos juveniles reducidos a una masa irreconocible.
Había perdido la chapa alrededor de su cuello, que estaba tan destrozado como su rostro, pero todavía llevaba aferrada en su mano, en un acto casi perverso, la chapa de Luke.
Fue lo único que le permitió a Luke reconocerlo.
Espantado, se acercó a él y lo sujetó de la cintura mientras Fraser se deslizaba hasta el suelo.
Luke se inclinó, lo cubrió con su chaqueta para darle calor hasta que pudiera volver por él y, más ahogado que nunca, corrió hacia Peter, que yacía inconsciente y apenas respiraba.
Lo cargó en su espalda y corrió, sin aliento, hacia los árboles.
Estaba a punto de llegar cuando cayó el proyectil.
No lo oyó. Pero sintió una quietud repentina y un presagio nauseabundo le heló la sangre antes de que un muro de calor lo golpeara de lleno, estrellándose contra su cara, su cabeza, su columna y su sangre.
Voló por los aires, cada vez más alto, hacia el cielo de Ypres.
Lo último de lo que fue consciente fue de Peter, tendido en la hierba, que abrió los ojos un instante para mirarlo y una expresión de horror cubrió su rostro pálido.
En lo último en lo que pensó fue en el amor que sentía por su hija y por Maddy y en la fotografía de ellas que había quedado en su chaqueta sobre el cuerpo sin rostro de Fraser.
Y en lo contento que se sentía por haberla mirado.