Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciséis #4
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Capítulo dieciséis #4

Maddy, que a duras penas había apartado los ojos del pequeño ser humano perfecto que tenía en brazos, no necesitaba que se lo dijeran.

Su hija y la de Luke había nacido por fin la noche anterior, más de una semana después de que el doctor Tully les comunicara que, al igual que el hermanito fallecido de Maddy, podría presentarse de nalgas.

El doctor Tully, que había confirmado a Maddy que la bebé venía de nalgas y había asentido con empatía cuando ella se había puesto pálida y Alice había expresado su horror ante la noticia, les había dado a todos su palabra solemne de que no habría que practicar una cesárea: había asistido muchos partos de nalgas normales y no estaba en absoluto preocupado, así que ellos tampoco debían estarlo.

Maddy había tenido sus momentos durante esa noche de sudor y agonía.

Imaginaba que su padre, que había estado paseándose por la casa y golpeando a la puerta cada media hora para pedir noticias, también los había tenido.

Y estaba segura de que su madre angustiada e incluso Della —que no se habían separado de su lado sino que se habían arrodillado junto a la cama sin dejar de repetir que todo iba a salir bien, por supuesto, y que ellas también deseaban que Luke estuviera allí, claro que sí, pero que tenía que seguir empujando— habían tenido varios.

El doctor Tully, por su parte, había cumplido su palabra, sin mostrar ni una sola vez indicios de pánico, alentándola con calma a respirar, luego a empujar, luego a relajarse y a empujar de nuevo, y a respirar, y así sucesivamente hasta que allí estaba la pequeña Iris, con sus rizos negros brillantes y sus enormes ojos azul oscuro, tibia y suave en sus brazos temblorosos.

—Gracias —había pronunciado Maddy con la voz entrecortada por lágrimas de alegría y gratitud, y agradeciendo en silencio también a Guy, que no se había equivocado al recomendarle al doctor Tully.

—Es la viva imagen de Luke —declaró Della ahora—. Salvo por los ojos, nadie diría que eres su madre, Maddy —agregó.

—No me importa —respondió Maddy, que lo único que quería era que Luke conociera a esa hija preciosa de ambos.

Su madre ya había ido a la oficina de telégrafos para enviarles un telegrama a él y a sus padres.

Alice estaba tan eufórica (y aliviada) que hasta se había ofrecido a enviarle un telegrama a Edie.

—Puedo hacerlo yo si prefieres —había sugerido Richard.

—No. —Alice se había inclinado para depositar otro beso en la suave cabecita de Iris cubierta de pelusa—. Puedo hacerlo yo misma.

Maddy deseaba poder saber dónde estaría Luke cuando recibiera la noticia.

“Que sea en un lugar a salvo, por favor”.

Luke había enviado varios telegramas en las últimas dos semanas desde algún lugar de Francia o Flandes, sin poder revelar nunca, para dolorosa frustración de Maddy, su ubicación exacta, pero asegurándole que pensaba en ella todo el tiempo y aguardaba noticias.

“PETER TAMBIÉN LOCO DE IMPACIENCIA STOP ”.

Maddy estaba igual de impaciente, a la espera de la noticia de que ambos habían sido enviados de permiso a Inglaterra.

Entusiasmada con la idea de sorprender a Luke cuando llegara, se había sentido tentada de viajar ella también a pesar de los submarinos.

Incluso había ofrecido pagar a Ahmed para que fuera a la oficina de la P la mera idea de haber siquiera contemplado la posibilidad de ponerla en esa clase de peligro la horrorizó.

Solo pensar en sacarla a las calles de Bombay le daba escalofríos.

Por imposible y doloroso que fuera, tendría que esperar para estar con Luke.

Ambos tendrían que hacerlo.

Della se inclinó hacia ella y le tomó la mano, como si supiera lo que estaba pensando.

—Tendrá la fotografía.

Maddy asintió. La tomarían esa tarde, en el jardín; una foto que tendría que bastar hasta que Luke pudiera acunar a Iris en sus brazos, esos brazos que Maddy no había sentido a su alrededor desde hacía demasiados meses y que extrañaba con desesperación.

—Luke estará bien —añadió Della con amabilidad—. No va a dejar que lo maten allí. Ninguno de los dos lo hará.

—Lo sé —respondió Maddy, aunque no estaba segura de por qué.

Por supuesto, ninguna de las dos podía saber eso.

Luke no estaba bien. Se encontraba en Ypres, un infierno que el largo invierno no había hecho sino empeorar y que resultaba más sombrío bajo el sol de abril que empapado por las lluvias de noviembre.

—Muy poético —comentó Peter a su lado, en la trinchera excavada deprisa en la que ellos, Fraser y varios cientos más estaban apiñados, con las bayonetas caladas, esperando para lanzarse al ataque por segunda vez ese día.

—Lo pondré en una postal —respondió Luke. Consultó su reloj y se llevó el silbato a la boca para dar la señal de avanzar.

Los proyectiles surcaron el aire sobre sus cabezas rumbo a lo que todos rezaban que fuera la posición alemana contra la que estaban a punto de cargar, aunque para el caso también podía ser un bosque vacío.

Llevaban dos días combatiendo; ambos lados disparaban sin descanso, retrocedían, avanzaban, retrocedían de nuevo, hasta que nadie sabía dónde estaba nadie.

Los oficiales que habían ido a reconocer el terreno antes del ataque no habían regresado y los obuses disparaban a ciegas.

Luke solo podía adivinar en qué dirección se suponía que debían avanzar.

Había conocido a la mitad de los hombres bajo su mando hacía apenas una hora.

Los batallones se habían mezclado sin remedio: británicos e indios, despavoridos en medio del caos del combate, huían del gas que los alemanes habían empezado a utilizar por primera vez y se atrincheraban dondequiera que se encontraban.

Ninguno llevaba máscara antigás. La única estrategia para sobrevivir a las nubes era mantenerse por debajo de ellas o, mejor aún, alejarse lo más rápido posible.

—Ese es el plan —les había dicho Luke a todos.

Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sintió el crujido de la carta de Maddy en su interior.

La había recibido la mañana anterior. A pesar de la ansiedad con que la había estado esperando, desde que había recibido el telegrama de Alice durante un breve descanso en Poperinghe que lo había hecho gritar y dar puñetazos al aire de alegría —“LA HERMOSA IRIS YA ESTÁ AQUÍ STOP FOTO EN CAMINO STOP MADELINE SE PORTÓ DE MARAVILLAS STOP TU FAMILIA TE ESTÁ ESPERANDO STOP CUÍDATE MUCHO STOP ”— no había abierto el sobre para mirar adentro.

Había preferido no hacerlo mientras estuviera allí, en Ypres, para tener algo por lo que seguir adelante.

Pero ahora, ahora... Dejó caer el silbato, tragó saliva, se acomodó contra la pared de tierra blanquecina y, entre la cacofonía de los disparos y la artillería, escudriñó a través del humo en dirección a los árboles lejanos, hacia lo que fuera que les esperaba allí, y sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

Sin conciencia de lo que estaba haciendo pero con la certeza de que solo le quedaban unos segundos para hacer algo, metió la mano en el bolsillo, tomó el sobre y lo abrió.

—No —exclamó Peter al darse cuenta de lo que estaba haciendo—, no lo hagas ahora, todavía no…