Capítulo dieciséis #3
Pero a medida que se acercaban al objetivo, lo suficiente como para oler el café alemán hirviendo y el chisporroteo de la grasa del beicon, Ernest empezó a emitir un sonido extraño, algo entre un balido y un gemido, intercalado con sollozos entrecortados.
Horrorizado, Luke le susurró que se callara. Los otros hombres hicieron lo mismo.
—Por el amor de Dios —murmuró Fraser, con la voz temblando de miedo—, ¿alguien puede hacerlo callar?
—Aldyce —dijo Luke, que ahora empezaba a entrar en pánico—, tienes que parar.
No paró. Empezó a llorar y enterró la cara en la tierra fría, quizás por vergüenza, quizás para ahogar los sollozos.
Era horrendo de ver. Si Luke hubiera podido, lo habría levantado ahí mismo y lo habría llevado de vuelta a la trinchera; le habría disparado en la mano si hubiera sido necesario, cualquier excusa para ponerlo a salvo.
Pero incorporarse sería un suicidio. Así que retrocedió a ras del suelo hasta él y lo tomó del hombro que se sacudía con el llanto.
—Aldyce —repitió—. Vamos.
—No puedo —contestó Ernest contra el suelo—. No puedo, no puedo, no puedo, no puedo...
Cada vez gritaba más fuerte.
—Avancemos —interpuso Peter—, ahogaremos sus gritos con los morteros y mientras tú lo sacas de aquí.
Pero antes de que Luke pudiera asentir, Ernest lo apartó de un empujón con una fuerza sorprendente y se puso de pie, en medio de la tierra de nadie, gritando.
El resto lo observó, paralizados por el espanto, durante lo que pareció una eternidad pero en verdad fueron apenas unos segundos, y entonces los boches abrieron fuego con una ametralladora y todos se pusieron de pie mientras Luke gritaba que se dispersaran, que corrieran.
Uno de los ingenieros lo ignoró, con una valentía que le valdría una medalla al mérito militar, y avanzó hasta la línea enemiga para lanzar los morteros y eliminar al artillero.
Luke tomó a Ernest en ese instante, lo cargó al hombro sin reparar en la flojedad de su cuerpo, y corrió detrás de sus hombres, con los pulmones a punto de estallar, de regreso a la seguridad de la trinchera.
Gracias al ingeniero y a sus morteros, no sufrieron bajas.
Fraser recibió un rasguño de bala en la mejilla que lo apartó de la línea durante un tiempo.
El ingeniero con los morteros recibió varias balas en el hombro.
Escribió a Luke desde el Hospital Indio de Convalecencia en Brighton para comunicarle que lo enviaban a casa con su esposa y sus hijos en Lahore y para agradecerle, para agradecerle de verdad, por ser su teniente coronel.
“Tendrías más motivos para agradecerme si no te hubieran herido”, le señaló Luke.
“Ni siquiera usted puede controlar las balas, sahib ”, respondió él. “No habríamos querido a nadie más que a usted”.
Luke estaba seguro de que Ernest no habría pensado lo mismo.
De no haber sido por Luke jamás habría estado allí, de pie y gritando en tierra de nadie hasta que la metralla le había volado la mitad de la cara.
Luke ni siquiera se había dado cuenta de que estaba herido hasta que vio la sangre que brotaba de él cuando llegaron a la trinchera y por fin registró la flojedad de su cuerpo.
(“No”, había exclamado y se había inclinado para presionar una mano contra lo que quedaba de su mandíbula, “no, no, no…”).
Los camilleros lo habían llevado a un puesto de socorro y de allí a una de las muchas estaciones de evacuación de heridos a lo largo de la línea, luego a Londres, a una unidad de reconstrucción facial y, por fin, a un hospital psiquiátrico en Surrey, el Quinto Hospital Militar.
Luke escribió al hospital, desesperado por saber si estaba bien.
Una de las hermanas le respondió, la hermana Lytton, y le informó con amabilidad que Ernest no estaba nada bien, que no recordaba nada, “ni de su pasado y ni siquiera del día a día, pero sepa usted que lo estamos cuidando lo mejor que podemos. Le encantan sus tazas de chocolate y los fines de semana, sobre todo cuando lo visita su madre”.
Luke se sintió espantosamente cuando leyó esa carta.
Cerró el puño y arrugó el papel, preso de una enorme vergüenza por lo que le había hecho a Ernest. Quedar vivo, funcional, atrapado en tu propio cuerpo así, sin rostro, sin vida, sin memoria…
Peter tenía razón, después de todo, había algo peor que Francia. Peor, casi, que la muerte.
—No fue culpa tuya —le repetía Peter una y otra vez.
Maddy se lo escribió también. “Tienes que entenderlo. Si quieres culpar a alguien, culpa al artillero. O a Ypres. Culpa a Ypres, a los generales, a toda esta guerra horripilante. Pero por favor, no te culpes a ti mismo”.
Pero no podía evitarlo. Febrero dio paso a marzo y los días se alargaron sin que llegara el calor; por el contrario, la humedad se intensificó: el agua anegaba las trincheras y dejaba a los hombres atormentados por pies hinchados y ennegrecidos, además de congelados.
Luke hizo todo lo posible por animarlos con promesas de un permiso de primavera que confiaba en que les concedieran mientras repasaba una y otra vez su decisión de involucrar a Ernest esa madrugada de diciembre, la forma en que él mismo se había quedado allí tendido cuando Ernest se había levantado, sin moverse con la suficiente rapidez para empujarlo de vuelta al suelo.
Fraser Keaton regresó del hospital en la segunda semana de marzo, cientos de soldados más se incorporaron a ese sector de la línea, llegaron municiones y proyectiles de artillería pesada adicionales, y recibieron la orden de abandonar las trincheras para la tan rumoreada ofensiva destinada a recuperar la ciudad de Neuve Chapelle.
Fue otra masacre para ambos bandos, con decenas de miles de bajas: hombres y muchachos abatidos, abandonados en el campo de batalla hasta que cedieron los bombardeos y el fuego de las ametralladoras y los que quedaban pudieron salir corriendo, darles agua e intentar arrastrarlos a un lugar seguro.
Sin embargo, los partes oficiales elogiaron la ofensiva como un éxito.
“Neuve Chapelle volvió a manos británicas y la línea avanzó casi un kilómetro”.
—Casi un kilómetro —destacó Peter, cuando por fin se retiraron y marcharon hacia la ciudad arrasada para alojarse, durante seis días de descanso, en cualquier edificio que quedara en pie—. Casi. Un. Kilómetro. ¿Cuántas bajas serían por metro?
—Cien —respondió Fraser, que había tenido la suerte de sobrevivir a la carnicería y, al parecer, ya había hecho el cálculo sombrío.
—Cien —repitió Luke. Dejó que sus ojos cansados recorrieran la fila ondulante de los que aún seguían en pie, con sus turbantes y uniformes salpicados de barro y sangre, impresionado, como siempre, por cómo se mantenían tan erguidos pese a sus pies de trinchera, el frío y la falta de sueño, de los hombres que habían enterrado y que habían matado y visto morir.
¿Cuánto tiempo más podrían seguir así, acatando esas órdenes implacables?
Algunas de sus cartas se habían vuelto más airadas en los últimos tiempos, cargadas de una furia que Luke entendía y que nunca reportaría.
¿Estarían contados sus días de sumisión?
Decidió que era probable que sí y, como Ernest nunca estaba lejos de sus pensamientos, se preguntó qué pensaría él de todo eso, si aún estuviera en su sano juicio.
¿Acaso estaría él también allí, después de los tres días que acababan de soportar, si Luke le hubiera dado más tiempo para recuperarse?
“Debería haber encontrado una manera de enviarlo a casa”, escribió a Maddy, justo antes de que el batallón se pusiera en marcha otra vez, para su horror, de regreso a Ypres, donde se comentaba que se libraría otra batalla por los puertos del canal. “No puedo parar de pensar en él en ese hospital”.
“Te deben estar por dar permiso para volver a casa”, escribió ella en la respuesta. “Ve a visitarlo al hospital allí”.
“Lo haré”, dijo él, “necesito hacerlo”.
Sin embargo, la idea de poner un pie en ese hospital lo aterrorizaba.
Si Maddy estuviera en Inglaterra, iría en lugar de él.
Visitaría el hospital todas las veces que fueran necesarias si eso pudiera ayudarlo a sentirse mejor.
Iría y vendría del Quinto Hospital Militar, donde se sentaría con Ernest, le tomaría la mano y le hablaría de todas las cosas que podrían refrescarle la memoria: el Club Gymkhana, el polo sobre la hierba polvorienta, los gin-tonics al atardecer.
Luego escribiría a Luke para tranquilizarlo y asegurarle que Ernest había tenido compañía ese día y que lo estaban cuidando. “Hiciste todo lo que pudiste por él”.
Maddy había intentado ponerse en contacto con Diana, que seguía varada en Dorking.
Le había escrito en enero para decirle lo mucho que lamentaba haberse enterado de las heridas de Ernest. Diana no le había respondido.
Ya era casi abril y Maddy, recostada sobre almohadas en su dormitorio, con los postigos abiertos en un intento inútil por dejar entrar algo de brisa en la habitación sofocante, había desistido ya de recibir una respuesta. Quizás estaba demasiado afectada.
—O demasiado ocupada compadeciéndose de sí misma —resaltó Della, que ese día no estaba lavando orinales en el hospital ni compartiendo tiffin con Jeff sino que estaba sentada junto a Maddy y contemplaba con adoración a la pequeñita en sus brazos—.
Olvídalo, Maddy. Tienes otras cosas en las que pensar.