Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

Maddy lo hizo y le envió un retrato en sepia que Richard le había tomado en la veranda.

Luke lo recibió en una posición más avanzada en la línea, cerca de la ciudad de Neuve Chapelle, en manos de los alemanes, donde su nuevo comandante, un agobiado coronel de Ipswich, le había ordenado marchar con los restos maltrechos de su división para atrincherarse durante el invierno.

Era un sector más tranquilo, aunque se rumoreaba sobre una ofensiva en primavera.

Y también más habitable (todo era relativo), con trincheras profundas construidas por los ingenieros, pasarelas de madera para mantener los pies fuera de los charcos helados y pequeños lujos, como sacos de arena para proteger la cabeza del fuego de los francotiradores.

También había refugios donde podían dormir a resguardo de la lluvia y el viento.

Luke se acostó en su litera para abrir la carta de Maddy.

Sobre él, el techo goteaba tierra a causa de los bombardeos diarios que intercambiaban con los boches (solo para recordar a todos, como si pudieran olvidarlo, por qué estaban allí).

En un rincón del refugio de tierra un grupo de naiks , incluido su propio ordenanza, jugaban a los dados.

En la mesa, Peter y un par de otros suboficiales repartían una partida de rummy y discutían sobre si las carreras de ratas serían o no un deporte apto para levantar la moral de las tropas.

—El solo hecho de que estén discutiendo eso —comentó Luke mientras abría el sobre— demuestra que llevamos demasiado tiempo aquí.

Sacó el contenido del sobre; sus dedos tocaron el papel que ella había tocado y tomó la fotografía entre sus manos agrietadas y cubiertas de barro.

“Papá ha comprado una cámara Brownie de caja”, había escrito ella, “así que enviaremos fotos del bebé en cuanto nazca. Tus padres también han pedido algunas y Edie está ansiosa”.

Se quedó mirando la imagen, con los ojos empañados por el esfuerzo de absorber hasta el último detalle.

Maddy llevaba un vestido claro, sin sombrero.

Varios mechones sueltos de su cabello rizado le rozaban la piel tersa del cuello.

Miraba hacia la cámara, sonriendo directamente a él.

Luke distinguió la curva perfecta de su vientre y apretó la mandíbula con dolor, el dolor insoportable de no estar donde ella estaba.

Sobre la mesa junto a ella había un vaso de agua a medio beber y un plato con fruta cortada.

La imaginó bebiendo el agua y dejando el vaso sobre la mesa.

Oyó su voz. “De acuerdo, adelante, estoy lista. No, espera... ¿Debo sonreír? ¿Se puede sonreír en las fotografías?”.

“Gracias”, le escribió a modo de respuesta. “No puedo expresar lo que ha significado para mí recibir esto”.

“Ahora una vuestra por favor”, le pidió ella.

Luke le envió una foto que su ordenanza les había tomado a él y a Peter con una cámara que les había prestado el dueño de una tabaquería local durante una semana de permiso en una aldea cercana, ambos de pie en la calle empedrada, con las pieles de oveja que le habían comprado a un granjero local sobre el uniforme caqui.

“Muy elegantes”, escribió ella, “os quedan bien. Por si te sirve, te mando también calcetines y guantes. Los niños de mi clase me ayudaron a tejerlos (felices de librarse un rato de las matemáticas). Algunos tienen hermanos mayores y padres en el frente, así que ahora dedicamos una hora todos los días a eso. Es una clase muy trabajadora. Todos estamos ocupados. ¿Te contó Peter que Della ya no está en la cantina y que ahora es voluntaria en el antiguo hospital de Guy? Conoció allí a un cirujano dental muy simpático, Jeffrey, pero me asegura que esa no es la única razón por la que va al hospital. Estos días falta personal en todas partes y ninguna de las dos soportamos quedarnos sentadas esperando en casa. No dejo de pensar en que, por estas fechas el año pasado, estaba a punto de verte por primera vez en el Club Náutico. No he vuelto desde que te fuiste. No puedo. Este Año Nuevo no habrá fiesta. No estaría bien y lo último que quiere nadie es bailar. Tampoco es que yo esté en demasiadas condiciones de bailar. Gracias al cocinero (que nos ha asegurado que no habrá pavo al curri esta Navidad), este bebé será sin duda un bebé hermoso y saludable”.

“Yo bailaría contigo”, respondió él. “Si estuviera allí, te llevaría a nuestra playa y bailaría contigo en la arena...”.

“Qué bonita idea”, escribió ella.

A mediados de diciembre llegaron nuevos hombres para reponer las bajas, entre ellos algunos oficiales que hablaban urdu y que tanta falta hacían.

Fraser Keaton, recién llegado de Bombay, estaba entre ellos.

“Vigílalo, ¿quieres?”, escribió Richard a Luke.

“No quiso saber nada con quedarse pero me parece demasiado joven para ir al frente”. También llegó Ernest Aldyce.

—Oh, Dios —exclamó Peter mientras quemaba los piojos de las costuras de su camisa—, siempre se puede estar peor.

Sin embargo, era un Ernest más callado. Consumido.

Había estado también en Ypres, con la Fuerza Expedicionaria Británica, ya que se encontraba de permiso en Inglaterra cuando los habían movilizado, y era uno de los pocos de su compañía que habían sobrevivido.

Si es que se podía llamar sobrevivir. Físicamente todo en él se había afinado: su cabello, su cuerpo, hasta su piel cerúlea colgaba fina y casi transparente sobre los rasgos imprecisos de su rostro.

Ya no sostenía la cabeza derecha sino ladeada, con la barbilla hacia el hombro huesudo y los ojos que se movían sin parar, como si le diera miedo fijarlos en un solo lugar.

Era un hombre muy distinto del oficial del Ejército de la India seguro de sí mismo que solía agotar a Luke con sus charlas y preguntas interminables en Bombay.

Luke no estaba seguro de que lo hubiera reconocido si no hubiera visto sus papeles.

—No quería venir —recordó Luke a Peter—. ¿Te acuerdas de cómo insistía en que debía quedarse en Bombay?

—Más listo de lo que yo creía —señaló Peter esta vez con cierta empatía.

Todos estaban impactados por el cambio en Ernest. Y asustados, aunque nadie lo admitía; ese terror indescriptible de que lo que le había sucedido pudiera ocurrirles a ellos.

—Estoy empezando a pensar que debería haberme quedado en Bombay —soltó Fraser mientras se estremecía por las vibraciones del fuego de artillería lejano durante su primera noche en las trincheras.

—¿Y ahora se te ocurre? —replicó Luke con un suspiro.

Mantuvo a ambos hombres cerca de él; colocó a Fraser directamente bajo su mando y ubicó a Ernest en el tramo de trinchera entre él y Peter.

Eso le dio la posibilidad de observar cuánto tiempo pasaba Ernest sentado en el suelo de la trinchera, con los ojos en la pirotecnia en el cielo y retorciéndose las manos.

Sus cipayos también lo vieron. Acudieron a Luke para pedirle que los reasignara.

—A mí me vendrían bien —comentó Peter—. Muy bien. Son buenos hombres...

Lo eran. Luke deseaba poder ponerlos bajo el mando de Peter. Sin embargo, respondió con cansancio:

—No puedo. Tendría que informarlo si lo hiciera. —Sabía demasiado bien qué pasaría con Ernest entonces. Todos habían oído las historias. Como no tenía heridas visibles, sería juzgado por un tribunal militar por cobardía y probablemente fusilado.

Luke decidió hacer todo lo posible por él: lo llevaría en algunas operaciones menores para ayudarlo a recuperarse y que recobrara algo de resiliencia antes de exigirle que participara en un combate más serio.

Tenían una incursión prevista para el treinta de diciembre, la última de 1914.

Se trataba de una pequeña ofensiva para destruir una serie de puestos de observación en la posición alemana opuesta.

Ni siquiera figuraría en los partes oficiales. Lo llevaría con él.

—Llevemos también a Keaton —sugirió Peter—. Me aterra lo novato que es...

Salieron temprano, mucho antes de que amaneciera. Luke, que había liderado innumerables ataques como ese, apenas sintió el sudor de la adrenalina cuando subió la escalera de asalto e hizo señas a los demás para que lo siguieran.

No esperaba ningún problema. Habían tenido una especie de tregua en Navidad, nada tan cordial como los partidos de fútbol de los que había oído hablar en otros sectores, ni cantos de Noche de paz a través de la tierra de nadie devastada, pero sí el silencio de los cañones, una calma suficiente para que todos pudieran dormir un poco, escribir más cartas a casa y para que Luke pudiera contemplar el cielo invernal y rezar a un Dios que parecía haber perdido el juicio para que esa fuera la primera y última Navidad que pasaría en Francia.

(“Esa es la oración equivocada”, lo había regañado Peter con un puñetazo.

“Podrías acabar en un lugar peor”. “¿Qué puede ser peor?”, había preguntado Luke.

“Estoy seguro de que 1915 trae algo bajo la manga”, había aseverado Peter).

Ambos bandos habían vivido y dejado vivir, y los boches no estarían anticipando un ataque esa mañana.

Estaba completamente oscuro; mientras se mantuvieran pegados al suelo ningún centinela de guardia los vería acercarse.

Si todo salía bien lanzarían los morteros, inutilizarían los puestos de observación y se largarían de allí sin ninguna baja.

Eran quince en total. Cuatro oficiales —él mismo, Peter, Ernest y Fraser—, un puñado de ingenieros de combate curtidos y varios naiks que habían sobrevivido a Ypres; todos sabían muy bien lo que hacían.

Luke no necesitó pedirles que guardaran silencio mientras avanzaban a rastras por el suelo helado y salpicado de cráteres hacia la trinchera de los boches.

Ni siquiera se le pasó por la cabeza advertir a Ernest, que siempre estaba tan callado, que mantuviera la boca cerrada.