Encuéntrame en Bombay Capítulo dieciséis
49%

Capítulo dieciséis

Los alemanes no llegaron a los puertos del Canal de la Mancha ese invierno.

Día tras día, los proyectiles zumbaban y las balas llovían, pero a pesar de los ataques y contraataques implacables de ambos bandos a través de las llanuras anegadas e intransitables de Ypres, la línea apenas se movió y el único resultado fue la devastación.

En los raros momentos de tregua durante los combates, Luke rogaba a los hombres que depusieran las bayonetas y descansaran; todavía con sus uniformes tropicales, se acurrucaban para protegerse debajo de los árboles destrozados e intentaban dormir en el barro helado y olvidar los cadáveres que yacían por todas partes, los cañones pesados que en cualquier momento podían apuntarles y hacer con ellos lo mismo que les habían hecho a sus hermanos, a sus amigos, y los francotiradores invisibles, siempre al acecho.

“Esto no es una guerra”, escribió un sargento indio en una de las cartas a casa que Luke censuraba cada noche, encorvado en un cráter de explosión y con el impermeable levantado para proteger el papel de la lluvia, “es el fin del mundo”.

Los hombres morían día tras día, de formas que Luke nunca habría creído posibles si no hubiera estado allí, gritándoles que se movieran apenas una fracción de segundo demasiado tarde, sosteniéndolos mientras morían.

—Es la mirada en sus ojos —comentó Peter una noche de tormenta, con un cigarrillo apretado entre los dedos y, por una vez, sin esa fachada despreocupada que solía usar como escudo—.

La forma en que te miran. —Y entonces se volvió hacia Luke exactamente de ese modo, con una desesperación absoluta que hizo que Luke extendiera la mano y le apretara el brazo empapado, como si eso pudiera servir de algo—.

No quiero que esto sea lo último que vea —concluyó Peter.

—Entonces, por el amor de Dios, no dejemos que lo sea —contestó Luke.

—¿Tienes un plan? —preguntó Peter.

—Estoy en eso —aseguró, lo cual, por supuesto, no era así. A esas alturas, estaba convencido de que sobrevivir a ese horror absurdo se reducía a un juego de azar macabro.

Peter dio una calada a su cigarrillo; él también lo sabía.

—Mantenme al tanto —replicó de todos modos y esbozó una sonrisa forzada, porque era Peter y eso era lo que hacía.

Los días transcurrían con una lentitud insoportable, cada uno peor que el anterior.

Era casi imposible entender cómo se las ingeniaban para seguir adelante y Luke, que se sentía muy mal por el rol que había desempeñado en arrastrar a todos hasta allí y que lo único que quería era enviarlos a casa (incluido él mismo), recibía órdenes de desplazar sus compañías donde la Fuerza Expedicionaria Británica necesitara más apoyo, lo que significaba que se movían sin cesar por todo el saliente, arrastrados de una batalla a otra.

Rara vez dormían; siempre tenían frío, siempre tenían hambre y sobrevivían a base de latas de carne fría.

El propio comandante de Luke sufrió una quemadura grave por la explosión de un proyectil y fue enviado a uno de los nuevos cirujanos plásticos en Inglaterra.

(“Cirujano plástico”, murmuró con los labios quemados cuando Luke se despidió de él en el abarrotado hospital de campaña.

“Suena a tortura”). Los oficiales al mando, los hombres con los que Luke y Peter habían viajado desde Karachi, los hombres que habían instruido y mantenido a las tropas en pie, hombres con sus propias familias, vidas y esperanzas, desaparecían.

“Me han ascendido a teniente coronel”, escribió a Maddy, “no queda nadie más para ocupar el puesto. Peter ahora es mayor. Los ascensos son rápidos en el frente occidental. Todavía no entiendo cómo los dos seguimos vivos. Empiezo a creer que somos el amuleto de la suerte el uno del otro. Casi todos los capitanes que vinieron con nosotros han muerto, es desolador. Nos han asignado suboficiales británicos nuevos pero hablan urdu peor que Peter. Lo intentan pero nadie les entiende y también los estamos perdiendo. Maddy, la mayoría de ellos estaba en la escuela el año pasado, son poco más que niños. Los francotiradores nos tienen en la mira todo el tiempo. Saben que los oficiales llevan gorras con visera, no turbantes”.

“Por el amor de Dios”, respondió ella a finales de octubre, “empieza a usar turbante”.

Era, por supuesto, una excelente idea.

—De hecho, es un plan —destacó Peter—. Bien hecho, Maddy.

Todos los oficiales de Luke reemplazaron sus gorras antes de emprender el siguiente ataque y avanzaron al amanecer a través del terreno arrasado de los Bosques de Nuns o Nonneboche; otro avance frenético en medio del humo, esta vez para hacer retroceder a los alemanes en su intento de apoderarse de la carretera de Menin.

A Whittaker no le gustó el cambio de uniforme y se negó a usar turbante.

“¡Esto es el ejército ahora!”. De todos modos, el coronel también murió, abatido por un francotirador en ese mismo ataque: aunque no estaba previsto que participara, había insistido en prestar su apoyo, alegando que los hombres tenían derecho a oír la orden de cargar en su propio idioma, maldita sea.

Le dispararon antes de que tuvieran siquiera la oportunidad de llegar a la posición alemana y tomar prisioneros a los soldados hipotérmicos que se encontraban allí.

(“ Danke ”, balbucearon los hombres. “ Danke ”).

Más tarde ese día, Luke escribió a la esposa de Whittaker mientras él y el resto de los hombres ilesos se desplomaban entre las ruinas de piedra de una capilla, bajo el resplandor fantasmal de los reflectores sobre sus cabezas.

Su pluma se movió sobre el papel húmedo en tanto repetía las mismas frases trilladas e inútiles sobre la valentía y los finales rápidos que había escrito tantas veces.

Maddy también escribía con asiduidad: cartas diarias que llegaban en paquetes que siempre tardaban demasiado y lo alejaban del horror con historias de la vida que él tanto anhelaba y que ella relataba como si estuvieran uno al lado del otro, en la playa, en un restaurante, en la cama, como si ella también imaginara que estaban allí.

Le describía los movimientos del hijo en su vientre…

“todavía me parece increíble”… y le contaba, como él le había pedido, cada cita con el doctor Tully (“él sigue hablando del bebé, que al parecer está creciendo muy bien, como si fuera una tarta del cocinero. A propósito, el cocinero no solo me ha vuelto a dirigir la palabra sino que lo hace en urdu. ¡En urdu! Estoy segura de que debe estar dándose aires porque sus chutneys me ayudaron mucho con las náuseas”) y que había empezado a enseñar en la escuela local a la que asistían los hijos de su jardinero, donde no existían reglas ridículas contra las maestras casadas (ni relacionadas con personas divorciadas).

“Me alegra tanto que estés haciendo eso”, escribió él. “¿Te gusta?”.

“Muchísimo”, respondió ella, “debería haber empezado hace tiempo. Mamá me acompaña a veces”.

“¿Cómo está tu madre?”.

“Muy diferente, no sabría cómo explicártelo. Está mucho mejor, pero callada como siempre (papá dice que cree que ha olvidado cómo no serlo), aunque más gentil, menos... esquiva, así que es agradable estar con ella y mucho más fácil hablar con ella, hasta Della piensa lo mismo, en especial sobre cualquier cosa relacionada con el bebé. Le está bordando un mosquitero nuevo con unas estrellas y lunas maravillosas. ¡Ahora sé quién cosió todos esos monos en el mío! Por supuesto, le cuesta creer que yo lo recuerde. Empiezo a darme cuenta de lo mucho que adora a los niños y me da mucha pena que no tuviera más hijos. Cuando viene a la escuela dice que es solo para asegurarse de que yo no me canse con la caminata, pero en cuanto entra en el aula y los niños le piden que pinte con ellos, accede enseguida, como si nunca hubiera pensado en quedarse…”.

“¿Y los niños saben que estás esperando un bebé?”.

“Sí. Les gusta sentir cómo se mueve y patea”.

“¿Qué diría Diana Aldyce?”.

“¿Qué no diría?”.

“Estoy celoso”, respondió mientras la lluvia rebotaba en sus hombros y resbalaba por su cuello. “Quiero sentir esas patadas”.

Empezó a hacer más frío. La madre de Luke le envió un abrigo grueso.

“Cuídalo bien, por favor. Nada de roturas. Ni agujeros. Estamos contigo a cada segundo. No olvides nunca que también tienes nuestras vidas en tus manos. Eres todo lo que tenemos”.

Luke le prestó el abrigo a su ordenanza, que antes de ese infierno nunca había conocido una temperatura más baja que la de una noche en Bombay.

El ordenanza le preguntó si le daba permiso para que su hermano, un soldado raso, un naik , de la compañía de Peter, también lo usara y, después de eso, todos los hombres se turnaban para disfrutar de un instante de calor.

No fue hasta finales de noviembre, cuando la batalla de Ypres, que ya llevaba un año, se acercaba a un desenlace gradual e inconcluso y el saliente quedó inmerso en una calma apenas rota por los ecos del combate, que, con el paisaje arrasado ya cubierto de nieve, por fin llegaron los uniformes de invierno de sarga gruesa.

Eran demasiados. Casi la mitad de los hombres para quienes se habían pedido habían muerto, enterrados bajo el suelo helado, y ya nunca regresarían al calor de la India que tanto habían añorado.

“No he olvidado ese calor”, escribió Luke a Maddy. “A veces lo siento en mis sueños. Pero nunca puedo verte. ¿Podrías sacarte una foto, por favor? Necesito mucho ver tu rostro”.