Capítulo quince #4
Pero el cinco de septiembre el primer submarino alemán en hundir un buque de guerra aliado atacó y hundió el acorazado británico HMS Pathfinder.
Poco después, mientras la batalla del Marne se libraba en Francia y detenía por fin el avance alemán en el río Aisne, varios otros buques de guerra británicos fueron hundidos en rápida sucesión.
Maddy no necesitaba que Della y su padre le advirtieran que embarcarse en esas circunstancias sería una auténtica locura.
Lo único que le importaba ahora era que Luke llegara sano y salvo a Francia, y también Guy y Peter.
Pero aunque el alivio fue inmenso cuando por fin recibieron telegramas desde algún lugar de Francia que les aseguraban que todos estaban a salvo en tierra firme, era difícil sentirse feliz, ahora que se habían publicado las listas de bajas del Marne.
Más de un muchacho que Maddy había conocido en la universidad figuraba en ellas: muerto en combate, herido, desaparecido y presuntamente muerto...
La idea de que hubieran desaparecido así sin más era devastadora.
Prefería creer que no era real, que se trataba de errores de imprenta y que ellos seguían existiendo en algún lugar, tal como los recordaba —pedaleando por Oxford, con las bufandas al viento y las mejillas encendidas por el sol de verano mientras bebían cerveza tibia en los jardines junto al río—, pero el mundo parecía más vacío, mucho más triste.
Hubo una única noticia que por cierto era buena y que le había comunicado el doctor Tully, un hombre bastante mayor, muy distinguido y caballeroso, que Guy había recomendado a Maddy que consultara.
—Se disculpó antes de examinarme —le contó a Della, fucsia por la vergüenza, cuando regresó a la sala de espera—. Creo que nunca me voy a acostumbrar.
—Pero ¿y…? —aventuró Della.
—Y —repitió Maddy y sus mejillas se alzaron en una sonrisa con una mezcla de incredulidad por tener a esa personita creciendo dentro de ella (la personita de los dos ) y de alegría inmensa y absoluta—.
Voy a tener un bebé, Della —declaró riendo y abrió los brazos para que su amiga la abrazara—. Voy a ser mamá.
Se sentía nerviosa por tener que contárselo a sus padres a pesar de su felicidad.
Su euforia la hacía sentir culpable ahora que sabía todo lo que habían sufrido.
Las piernas le temblaban esa misma tarde mientras caminaba junto a Della hacia el porche donde ambos tomaban un aperitivo a la luz de las lámparas perfumadas de citronela.
El aceite cítrico se le atravesó en la garganta; todavía tenía muchas náuseas (“Apuesto a que es una niña”, había aventurado el doctor Tully, “sin ninguna razón científica salvo que hacen sentir más indispuestas a sus mamás”).
Tuvo que tragar antes de poder hablar y el leve codazo de Della en su costado la obligó a soltar palabras en lugar de vómito.
—Espero que no estéis muy ocupados en marzo.
—¿Y eso por qué? —preguntó Richard.
—Porque… y tú especialmente pareces demasiado joven para eso, mamá, vais a ser abuelos.
Y, luego, sus caras. Sus caras .
Richard soltó una carcajada, una auténtica carcajada. Alice dio un respingo, se llevó las manos a la boca, miró de Maddy a Della, luego a Richard y de nuevo a Maddy.
—¿Un bebé? ¿Aquí?
—Creo que sí —contestó Maddy, que ahora ni soñaba con arriesgarse a los submarinos alemanes y había empezado a aceptar que, por mucho que deseara lo contrario, nada iba a terminar antes de Navidad.
No estaba segura de cómo habría podido soportar esa agonía de no ser por la maravillosa criatura que crecía en su interior.
Y casi valía la pena el dolor de quedarse solo para ver la felicidad de sus padres y las lágrimas en los ojos de su madre. Le alegraba mucho haber podido darles eso. Mucho .
Pero aun así, habría renunciado a todo sin dudarlo con tal de no tener que decir a Luke que iba a ser padre a través de un telegrama.
De ahora en adelante, su sonrisa y su alegría por la noticia solo existirían en la imaginación de Maddy.
El telegrama no le llegó hasta mediados de octubre, después de perseguirlo desde el campamento base en Marsella hasta Orleans, donde su ordenanza, un joven cipayo que había viajado con él y con Peter desde Bombay, se lo entregó en medio de un campo de prácticas de artillería húmedo y azotado por el viento.
Los habitantes locales se agolpaban alrededor de las vallas de alambre, desafiando el mal tiempo para ver una vez más a los cipayos, una novedad que parecía no cansarlos.
Los soldados, que en su mayoría se habían recuperado de la malaria que había vuelto el largo viaje a Francia todavía más penoso de lo que ya era, estaban formados en filas sobre los adoquines, con sus uniformes ligeros empapados por la llovizna y los turbantes goteando; descargaban y recargaban sus fusiles, con manos que se movían con rapidez a pesar del frío, y disparaban a los sacos de arena colgados mientras sus capitanes, entre ellos un Peter aterido de frío, gritaban las órdenes.
Luke observó a Peter mientras se inclinaba para ayudar a uno de sus hombres a desatascar su fusil.
Respiraba hielo al hablar (y sin duda masacraba un poco más el urdu); hacía un frío glacial para ser octubre.
Todos estaban helados, todavía con sus uniformes indios a pesar de las reiteradas peticiones de Luke a los intendentes para que les proporcionaran capotes y ropa de sarga gruesa color caqui.
Echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo brumoso, sintiendo la humedad en su rostro, y frunció el ceño al pensar en las semanas que les esperaban en los campos pantanosos de Ypres.
Se había establecido una especie de línea en el lugar —en parte fuerzas francesas, en parte belgas y británicas— para intentar evitar que los puertos del Canal de la Mancha cayeran en manos alemanas.
En realidad estaba dando bastante poco resultado y, como no había más tropas británicas entrenadas presentes en Francia, había recaído en el ejército indio la tarea de atrincherarse y prestar apoyo.
El coronel Whittaker, que también se encontraba ahora en Orleans, iría con ellos.
Partirían en tren la noche siguiente, rumbo a solo Dios sabía qué carnicería.
Orleans había visto pasar una buena cantidad de soldados recién llegados del frente.
Luke se había estremecido con más de un relato sobre compañías diezmadas por el fuego de las ametralladoras y el poder destructor de los obuses.
Sin embargo, todo eso se borró de su mente cuando su ordenanza llegó corriendo y le entregó el endeble telegrama.
Rompió el papel sabiendo que era de ella, desesperado por sus palabras, cualquier palabra, como un adicto.
Con el ruido de los fusiles y las órdenes en urdu resonando a su alrededor, sus ojos recorrieron el mensaje mecanografiado:
¿VERDAD QUE SOMOS UNOS GENIOS? STOP UN NIÑO O UNA NIÑA SE PREPARA PARA LLEGAR EN PRIMAVERA STOP AHORA TIENES OTRA RAZÓN PARA MANTENERTE A SALVO STOP
Respiró hondo con un jadeo de júbilo que ni siquiera la imaginación de Maddy había logrado anticipar. Un hijo. Un hijo de ambos .
—Dios mío —musitó mientras leía de nuevo el mensaje, sonreía y reía sin poder creerlo.
La imaginó en la oficina de telégrafos de Bombay, con uno de sus vestidos claros, la piel sonrojada con esa clase de calor que tanto lo provocaba, escribiendo, también sonriendo, y, por un segundo, solo un segundo, estuvo allí con ella.
Quería estar con ella. Su cuerpo entero lo necesitaba.
“Otra razón para mantenerte a salvo”, había escrito.
“Otra razón para mantenerme a salvo”, repitió para sus adentros y se sobresaltó cuando una bala perdida silbó demasiado cerca de su rostro.
—Lo siento —gritó Peter—. Sigue atascado.
Luke volvió su atención al terreno, la llovizna y el frío, y los hombres que nunca se quejaban y con quienes mañana marcharía a la batalla por primera vez.
“Otra razón para mantenerme a salvo”.
Tenía que hacerlo. Como fuera tenía que hacerlo y regresar con ella, con ese bebé, con su familia.
Nunca nada había sido tan importante en su vida.