Encuéntrame en Bombay Capítulo quince #3
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Capítulo quince #3

No todo cambió como por arte de magia entre ellas.

Habían pasado tanto tiempo atrapadas en la incomodidad que era un hábito difícil de romper.

Y Maddy, conmovida por todo lo que Alice había pasado, no podía permitirse relajarse, descuidarse ni decir nada que pudiera herirla más, mucho menos mencionar que seguía decidida a regresar a Inglaterra, a casa , para empezar allí su vida con Luke.

Pero leían juntas, comían el tiffin que el cocinero les enviaba al hospital con los dabbah-wallahs , resolvían crucigramas, hablaban de Luke, de cuánto lo extrañaba Maddy, de cuánto la asustaba que entrara en combate y, luego, a veces, se limitaban a quedarse sentadas en un silencio que poco a poco dejó de ser atemorizante.

Los días transcurrieron y Maddy fue testigo de cómo su madre recuperaba parte del peso que había perdido y su horrible palidez empezaba a disiparse.

Guy les aseguró que, si seguía así, estaría lista para volver a casa a fin de mes.

—Gracias a Dios —exclamó Alice.

“Gracias a Dios”, pensó Maddy.

Las noticias llegaban con cuentagotas desde Europa: batallas entre fuerzas francesas, alemanas y belgas en la frontera franco-alemana, luego los avances alemanes y el desembarco de la Fuerza Expedicionaria Británica que, según todos, pondría fin a la guerra en cuestión de días…

solo que los alemanes seguían venciéndolos también a ellos y los estaban obligando a replegarse hacia el sur, desde Mons hacia París, kilómetros y kilómetros de territorio francés que caían en manos alemanas.

“Las tropas ya están todas aquí en Karachi”, escribió Luke, “aunque la mitad de los soldados están enfermos de malaria y no tenemos uniformes de invierno. Embarcamos mañana y odio navegar en dirección opuesta a donde estás tú. Maddy, lo siento muchísimo, pero no iremos a Inglaterra. No puedo decirte dónde estaremos, solo que será en algún lugar de Francia”.

“Algún lugar de Francia”, respondió Maddy, desolada. “No puedo explicarte cuánto me aterra eso”.

—A mí también me aterra —convino Della y ni siquiera intentó sonreír ante la idea de Peter como soldado, no después de todas las derrotas en Francia.

Él mismo había escrito y bromeado sobre que llegarían a Europa vestidos con uniforme tropical, a pesar de que sería casi octubre cuando desembarcaran, pero no tenía ninguna gracia—.

Tengo un mal presentimiento, Maddy —añadió.

—Yo también —reconoció Maddy, que sentía una necesidad cada vez más imperiosa de ignorar las ganas de quedarse con su madre y viajar a Inglaterra lo antes posible.

Aun cuando Luke estuviera en Francia, estaba segura de que se sentiría mejor una vez que regresara.

No era solo la idea de llegar a la casa en Richmond.

Ni siquiera era lo más importante. Sentía que era crucial que ella estuviera ahí.

—Espera a que tu madre salga del hospital —le pidió su padre.

—Yo me iré contigo —le aseguró Della.

Los periódicos traían noticias nuevas todos los días de la retirada británica de Mons: un repliegue hacia el mar del que nadie quería hablar porque era inconcebible que los británicos se vieran obligados a retroceder.

Las tropas llegaban en trenes repletos a Bombay, listas para embarcar y prestar apoyo a la defensa.

El hotel Taj Mahal estaba abarrotado de oficiales, todos con el mismo uniforme que ahora llevaría Luke, solo que ninguno de ellos era él.

Maddy, que solía ir a tomar el té al Sea Lounge con Della, un respiro bienvenido después de las largas jornadas en las sillas incómodas del hospital, se sorprendió a sí misma enderezándose de pronto en la tumbona de mimbre un par de veces con la sensación de haber vislumbrado, por una fracción de segundo, el cabello oscuro o un esbozo del perfil de Luke al doblar una esquina o entrar en el hotel, para luego dejarse caer otra vez porque, por supuesto, no había sido así.

Era insoportable. Observaba a los oficiales que fumaban y reían en el vestíbulo y afuera, en la veranda cubierta del salón, y se preguntaba si tanto entusiasmo no sería fingido.

—De ninguna manera —aclaró uno de los muchos que les ofrecían a ella y a Della algo más fuerte que té (una idea que a Maddy le provocaba cada vez más náuseas)—. Como les digo a mis hombres, esto es una gran aventura. Esperemos que no haya terminado para cuando lleguemos.

—Pues yo voy a esperar todo lo contrario —replicó ella.

En el puerto se habían montado largas filas de tiendas de campaña para alojar a los residentes temporales de Bombay.

Maddy no podía mirar ese poblado de lona, tan gris y lúgubre bajo la lluvia, sin pensar que Luke debía haber tenido algo que ver en su planificación o tal vez en su aprobación.

Los que no dormían en las tiendas se hospedaban en los depósitos del puerto o en los camarotes de los barcos pesados que aguardaban en el mar tranquilo bajo el cielo monzónico.

Cada día, de camino al hospital, Maddy veía a los cipayos realizando visitas turísticas improvisadas por la ciudad, cientos de ellos tomados de la mano mientras observaban con asombro los tranvías y el tráfico, y pensaba que si no hubiera estado tan cansada (y no fuera mujer), podría haberse ofrecido como voluntaria.

Della, que era voluntaria (en un puesto que aceptaban mujeres, en una de las cantinas del puerto), la hizo sonreír con la historia de unos soldados gurkhas que nunca habían visto el mar y habían intentado lavarse en él.

—Al parecer no entendían por qué el jabón no hacía espuma —relató Maddy ahora— ni por qué el agua les daba más sed.

—De hecho atendimos a un par de ellos aquí —precisó Guy, que estaba en la habitación de Alice revisando la historia clínica cuando Maddy contó la anécdota—. El agua salada no solo da sed.

Maddy frunció los labios al imaginar el sabor.

—Bueno, Alice —añadió Guy y levantó la vista de la historia clínica—. Creo que ya estás lista para irte a casa.

—¿En serio? —Alice se incorporó sobre la almohada con el cabello rubio suelto sobre los hombros, lo que la hacía parecer mucho más joven—. Gracias, Guy.

—De nada. Me alegra verte mejor antes de irme.

Maddy no le preguntó cuándo se iba. Tampoco le dijo que lo iba a extrañar aunque lo haría.

Alguien en el hospital había empezado a cocinar arroz: el olor la golpeó de repente y acabó por desbordarla, rematando el malestar que le había provocado la idea de beber agua de mar.

Apenas logró llegar al lavabo esmaltado de la habitación antes de que la necesidad de vomitar la sobrepasara.

Se tomó del lavabo con ambas manos y vomitó todo el yogur y el mango del desayuno de manera tan desagradable que le dio una arcada y luego otra, y entonces se puso a llorar porque siempre lloraba cuando estaba enferma y además se sentía avergonzada de que Guy y su madre estuvieran allí mirándola, y ella quería a Luke. Quería a Luke.

—Madeline —oyó que la llamó su madre desde la cama—, Madeline...

—Dios mío —susurró ella y se limpió la boca.

—Madeline —repitió su madre.

Sabiendo que tarde o temprano tendría que hacerlo, se volvió con lentitud.

—¿Has comido algo? —preguntó Alice.

—No lo sé —contestó Maddy, lo cual no era del todo cierto, pero no estaba lista para expresar sus sospechas, al menos no todavía. Eran demasiado valiosas, demasiado maravillosas. “No lo arruines”.

Guy, sin embargo, la observaba de forma muy extraña. Ya no sonreía. En cuanto se dio cuenta de que ella lo estaba mirando, se movió y anunció que iría a buscarle agua, pero no antes de que Maddy quedara impactada por su quietud y su expresión tensa.

Era como si algo se hubiera roto dentro de él.

Guy partió hacia Europa tres días después para tristeza de Maddy, en el primer convoy desde el puerto de Bombay junto con casi todos los hombres que habían bebido champán en el Taj y también los que habían dormido en el poblado de lona.

La sensación repentina de vacío no duraría mucho; la siguiente oleada de hombres ya había abordado los trenes en distintos puntos de la India, preparados para llegar a Bombay y embarcar.

Guy pasó por la casa a despedirse antes de marcharse.

También se dirigía a Francia, con la misión de montar uno de los puestos de evacuación de heridos que se estaban estableciendo a lo largo de la línea del frente.

Todos le rogaron que se cuidara, que tuviera cuidado, y Maddy sintió una gran pena porque no podía imaginar lo que le esperaba y porque de verdad estaba muy solo.

Lo acompañó hasta el porche. Él le dio una tarjeta en la puerta: los datos de un médico.

—Es el mejor —aseveró—. No consultes a nadie más.

—Guy... —comenzó ella.

—Por favor —la interrumpió antes de que ella les hiciera pasar a ambos el momento incómodo de disculparse por algo que ninguno de los dos quería reconocer—, no viajes. No si no es necesario. Puede que las lluvias hayan parado pero el mar seguirá agitado.

—Espero que tú tengas un buen viaje —concluyó ella sin comprometerse a nada y pensando, como siempre, en Luke; en cómo él y Peter se las estarían arreglando con sus hombres ya enfermos en esos mares embravecidos.

—Estoy hecho de madera dura —replicó él y ella supo que no se refería a las olas.

Maddy se puso de puntillas y le dio un beso ligero en la mejilla.

—Te voy a extrañar —dijo.

Guy no respondió que él también la extrañaría.

Hizo una pausa para dedicarle una última y breve sonrisa, luego se giró y se apresuró a cruzar el porche hacia su automóvil. El coche que había transportado todas esas botellas de agua hervida.

Maddy todavía tenía intención de viajar.

Aunque no se había animado a sacar el tema con su madre, le había dicho a su padre que tenía que estar en Inglaterra para cuando Luke recibiera su primer permiso para volver a casa; se quedaría hasta fin de mes con Alice y luego zarparía; regresaría a visitarlos tan pronto como pudiera.