Capítulo quince #2
Nunca había podido volver a subir a un barco y lo había intentado muchas veces.
En esos primeros años había pedido a Richard que le reservara un pasaje tras otro, pero en cuanto ponía un pie en la pasarela y sentía el balanceo de las tablas bajo sus pies, el empujón de los demás pasajeros, olía el vapor y la sal, volvía a estar en el quirófano gritando de nuevo, pensando en aquel cuerpecito sepultado en el mar.
Entonces retrocedía, daba la vuelta y se dirigía al costado del muelle, respirando pero sin respirar, casi sin poder ver, empapada en sudor.
Con el tiempo había cedido a su propio terror y había renunciado por completo a ir al muelle.
Para entonces, se había perdido tantos años de la vida de Madeline que, en cierto modo, era más fácil creer que ya no tenía sentido seguir con sus intentos desesperados por llegar a ella.
De modo que había dejado de hacerlo y así Maddy se había alejado cada vez más de ella con cada cumpleaños y cada Navidad, hasta convertirse poco a poco en alguien tan distante como sus hermanos y hermanas.
Hasta que había regresado.
Y ahora estaba allí y ya no hablaba con Della; estaba sentada de nuevo y le sostenía la mano.
“Cuéntaselo”. Richard se lo había repetido a Alice hasta el cansancio. “Seguirá culpándote hasta que lo hagas”.
¿Podría hacerlo? ¿Contárselo?
Se había convencido a sí misma de que, durante todo ese tiempo con su silencio, estaba protegiendo a Madeline de la tristeza.
Ahora se daba cuenta de que, en realidad, se había estado protegiendo a sí misma.
De su vergüenza.
Se recuperó muy despacio. Muy despacio. El siete de agosto todavía deliraba de fiebre y Maddy, rígida y agotada después de otra noche sin dormir en la silla, apenas pensó en el transatlántico que se alejaba del puerto de Bombay y adquiría velocidad para adentrarse en el mar.
Observaba a Alice con los ojos irritados y secos, petrificada por la sensación de que su madre parecía haber abandonado su cuerpo ardiente, tratando de no contemplar la posibilidad muy real de que se estuviera muriendo.
Le costaba encontrar consuelo en las palabras tranquilizadoras de Guy en cuanto a que ya había visto eso muchas veces antes, que siempre empeoraba antes de mejorar; ahora que parecía que de verdad podía perder a su madre, en lo único en lo que podía pensar era en el sonido de su risa y en que no le había dado suficientes motivos para reírse. Quería volver a oírla reír.
—Todos queremos eso —coincidió Richard.
Alice no se rio al día siguiente, pero no tuvo tanta fiebre y estuvo lo bastante lúcida para abrir los ojos y mirar a Maddy. (“Estás aquí, Madeline”, quiso decirle. “Estoy tan feliz de que estés aquí”. No estaba segura de por qué, lo que salió de su boca fue: “Te vendría bien un baño”).
Maddy sonrió a pesar de su tristeza.
—Hola, mamá.
Su temperatura había vuelto a la normalidad al día siguiente y la hinchazón alrededor de la cicatriz había disminuido.
Guy, que llevó a Maddy y a Richard al pasillo para advertirles de la posibilidad de infecciones secundarias, les explicó que quería que Alice permaneciera en el hospital al menos otras dos semanas, hasta que la cicatriz terminara de cerrarse.
—Pero el peligro ya pasó, ¿no? —quiso saber Richard.
—Por ahora —concedió Guy y sonó casi tan aliviado como Maddy.
—Gracias —exclamó ella y en un impulso extendió los brazos para abrazarlo, pero se apartó con la misma velocidad cuando él se puso tenso.
—La verdad es que no hice nada —replicó Guy, con el rostro bronceado de un color que ella nunca le había visto antes.
—Hiciste mucho —replicó Richard.
Maddy regresó a la casa por primera vez esa tarde, se dio el baño que tanto necesitaba y se cambió de ropa, que, gracias a Della, ya se había sacado de los baúles y se había guardado en su sitio.
Permaneció de pie frente al armario, exhausta, consciente de la realidad de estar de vuelta en la habitación que había abandonado tan felizmente apenas unas mañanas antes, y dejó que sus pensamientos, liberados en parte del miedo que sentía por su madre, se desviaran hacia Luke y cuánto lo echaba de menos.
Todavía estaba en la casa cuando llegó el telegrama; era casi como si Luke hubiera intuido lo mucho que necesitaba saber de él.
Le decía que él y Peter habían llegado sanos y salvos a Karachi y le daba la dirección del hotel en el que se estaban alojando mientras esperaban a las tropas de Lahore, que estaban viajando por tierra a través de zonas inundadas por el monzón:
ESCRÍBEME, POR FAVOR, ESCRÍBEME STOP NO VAMOS A NINGUNA PARTE TODAVÍA STOP
Lo hizo en ese mismo momento y le contó todo lo que había pasado desde que él se había marchado y, sobre todo, lo mucho que lo extrañaba:
VIAJARÉ TAN PRONTO COMO PUEDA.
La temperatura de Alice continuaba estable al día siguiente y Richard volvió a la oficina; faltaba personal, ya que muchos se habían ausentado por el verano y varios otros, como Peter y Luke ya habían sido reclutados, pero la presidencia de Bombay tenía que seguir funcionando.
Había que aprobar contratos comerciales, revisar licencias de mercancías y licitaciones de obras, resolver conflictos salariales, problemas de escasez de agua y reparaciones ferroviarias.
—A veces no puedo evitar preguntarme si lo único que hemos traído a la India es burocracia —se quejó con cansancio cuando regresó al hospital esa tarde—. Ya echo de menos a Peter.
—Sospecho que él también te echa de menos —contestó Della con una sonrisa más valiente que divertida—. No me lo puedo imaginar como soldado.
—Pues sí —pronunció Alice.
Todos se miraron, como si quisieran asegurarse de que los demás también habían oído, demasiado cautos para creer que Alice volviera a sonar de verdad como ella misma.
Esa noche fue la primera noche que la dejaron sola y Maddy durmió en su antigua habitación.
Esta vez no se detuvo a pensar en la tristeza de estar allí de nuevo; ni siquiera cerró el mosquitero después de desplomarse sobre las sábanas suaves.
Miró el telegrama de Luke junto a ella sobre la almohada, escuchó un segundo los movimientos de Della en la habitación de al lado, cerró los ojos y se durmió.
Durmió y durmió y durmió. No recordaba la última vez que había dormido con un sueño tan pesado ni durante tanto tiempo.
Lo mismo ocurrió durante las noches siguientes.
Había creído que, con tanta ansiedad, le costaría conciliar el sueño, pero le sucedió todo lo contrario: no podía mantener los ojos abiertos.
Se escapaba a la cama cada vez más temprano, a menudo (para contrariedad de Della) en cuanto regresaba del hospital.
A veces ni siquiera aguantaba tanto y se quedaba dormida al lado de su madre, con la cabeza apoyada sobre los brazos doblados.
—Descansa —la instaba Alice, que nunca la despertaba—. Es evidente que lo necesitas.
No siempre dormía cuando estaba en el hospital.
También hablaba, al igual que su madre, ambas muy conscientes de lo cerca que habían estado de no poder volver a hacerlo y decididas a no desperdiciar esa segunda oportunidad.
(“Gracias a Dios”, escribió Luke, “ojalá pudiera estar allí para ver lo aliviadas que deben sentirse las dos. Ojalá pudiera estar allí por muchas razones”).
Quizás en parte gracias a los opioides, pero sin que Maddy se lo pidiera, Alice sacó el tema de su internación anterior en el hospital y la cirugía en el mar.
—Estuve aquí antes, ¿sabías? —dijo el primer día después de que le hubo bajado la fiebre. No apartó su mirada azul de Maddy mientras hablaba. Era obvio que se estaba obligando a hacerlo.
—¿Sí? —murmuró Maddy, sin querer arriesgarse a decir nada que pudiera hacerla callar.
—Sí —afirmó Alice y, a continuación, hizo una pausa tan larga que Maddy temió que fuera a dejarlo ahí.
La animó a continuar.
—Papá mencionó que estuviste indispuesta durante el viaje de regreso de Inglaterra.
—¿Indispuesta? —repitió Alice y sus mejillas se contrajeron con dolor—. No, Madeline, no estuve indispuesta.
No le contó todo de una vez, no hubo un único desahogo de las muchas cosas que Maddy habría querido saber desde hacía tanto tiempo.
Más bien, después de la primera revelación entre lágrimas de que Maddy había estado a punto de tener un hermanito (“Oh”, sollozó.
“Oh, mamá, lo siento muchísimo”), Alice lo fue desvelando poco a poco, a lo largo de varios días, como si cada secreto revelado desbloqueara el siguiente.
El pequeño bebé, sepultado en el mar , y las largas semanas que Alice había pasado después en el hospital.
“El cirujano del barco no tenía... experiencia. Después de eso nunca pude… tener la esperanza de volver a quedarme embarazada”.
El hecho de que Fitz y Edie no habían podido tener hijos pero la habían tenido a ella, a Maddy.
—Si lo hubiera sabido… —comenzó Maddy, sin saber cómo continuar ni qué podría haber hecho, solo que deseaba con desesperación que hubiera habido algo.
—Eras demasiado pequeña —la tranquilizó Alice.
—No sabes cuánto me alegra que eligieras a papá y no te quedaras con Fitz —declaró.
—En realidad él me eligió a mí —confesó Alice—. Pero a mí también me alegra.
Luego los otros bebés: ocho en total que no habían vivido; uno el mismo verano en que Maddy había viajado por primera vez a Inglaterra.
(“Deberías habérmelo dicho”, protestó. Con el corazón encogido por fin comprendía la razón por la que su madre no había viajado con ella.
Era imposible . Parecía imposible . “No sabía cómo hacerlo”, reconoció Alice).
Los largos años en que Alice había intentado con todas sus fuerzas marcharse de Bombay, sin conseguirlo nunca.
—Tus cartas —interpuso Maddy—. Siempre eran... —Se interrumpió y se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Parecía que no te importaba…
—Oh, Madeline. —Los ojos azules de Alice se llenaron de lágrimas—. Lo siento tanto.